¿Quieres dejar de sufrir? Simple... mata el deseo.
Según el Buda, la vida es sufrimiento. Bueno... mas o menos. No es que el Buda haya dicho exactamente que la vida es sufrimiento. Parte de la vida esta llena de grandes cosas, de personas que amamos y de actividades que disfrutamos. Lo que realmente dijo, tomando en cuenta lo anterior, es que la vida también contiene “dukkha”, una gran palabra que aparece en el poema de la Primera Noble Verdad, comúnmente traducida como sufrimiento y que seria, tal vez, mas apropiado traducirla como insatisfacción... Pues bien... “Esta es la noble verdad de dukkha. El nacimiento es dukkha, el envejecimiento es dukkha, es dukkha la enfermedad. Es dukkha la muerte, es dukkha la unión con lo desagradable, es dukkha la separación de lo que es agradable, es dukkha no conseguir lo que uno quiere, en breve, el apego es dukkha”... Un montón de dukkha... ¿cierto? Y de ninguna de ellas podemos escapar. Son cuestiones realmente inevitables y la cosa es que, además, no siempre vamos a conseguir lo que queremos, ya sean mas cosas, mejor trabajo, éxito, mas dinero, etc. Siempre estamos deseando lo que no tenemos y cuando no lo conseguimos, sufrimos. De ahí que la ultima parte del documento, la que se refiere al apego, sea la mas interesante. Tendemos a aferrarnos a las cosas, a desearlas, a querer que persistan aquellas que disfrutamos o a reaccionar en contra de las que sentimos aversión. Un interminable proceso de anhelo, gratificación y frustración. La razón, entonces, de que la vida sea sufrimiento o aparezca insatisfactoria es porque no siempre, o nunca, logramos realmente lo que deseamos. Y es este anhelo o “sed” de las cosas lo que alimenta el sufrimiento. La Tercera Noble Verdad es la Verdad de la Cesación del Sufrimiento que radica en la retirada del deseo, en el desapego y renuncia del anhelo. La posibilidad de extinguir el deseo es la pasibilidad de abolir el sufrimiento. En buenas cuentas, mata el deseo.
Pero... ¿es esto realmente posible? Para Lacan, el obscuro sicoanalista francés, la cosa es algo diferente. Si recordamos, el deseo según Freud gira en torno a la perdida. Si quieres algo es porque lo haz perdido. Y la perdida original es la separación de la madre, el objeto primario, con la que el niño desea reunirse nuevamente. Lacan toma la respuesta de Freud y, como siempre, la radicaliza. El deseo, dice, no gira en torno a la perdida, en torno a un objeto, sino en torno a la falta, es decir, en torno a algo que es causa del deseo. Piensa por ejemplo en un coleccionista. Tan pronto adquiere lo que busca, lo agrega a la colección y pasa a buscar el próximo objeto y cuando completa la colección, la guarda o la vende, porque ya no le da mucha alegría. Es aquí donde podemos distinguir la diferencia entre perdida y falta, entre deseo e impulso. La perdida gira en torno al objeto del deseo. Quiero esto porque no puedo tenerlo. Pero tan pronto lo tengo pierdo mi deseo. La adquisición del objeto simplemente conduce a otra adquisición. En otras palabras, esta gira en torno, no a la perdida del objeto, como en Freud, sino a la falta como factor constitutivo del deseo en si mismo. En términos sicoanalíticos, es la transición del deseo al impulso. De hecho, no es este objeto en particular lo que realmente se busca, sino el objeto imposible, que es la verdadera causa del impulso y lo que últimamente sostiene el deseo... ¿difícil de entender? Piensa solo en cual es la forma mas fácil de perder el interés en algo o alguien. En la idealización del amor, por ejemplo, el sujeto pone a la amada en un pedestal tan alto que es imposible alcanzar, a diferencia, por ejemplo, de Don Juan Tenorio, inmortalizado en la obra literaria de José Zorrilla o Sam Malone, su versión popular en el programa televisivo “Cheers”, que tienen múltiples parejas todos los días y cada vez que tienen una pareja agregan su nombre a una lista escrita en una libreta de tapas negra. Aquí vemos nuevamente la transición del deseo al impulso. En la idealización del amor el objeto funciona al nivel del deseo... la amo, porque no puedo tenerla. Don Juan en cambio, o Sam, duermen con cualquiera y el verdadero objeto de su afecto no es la pareja romántica, sino la lista para la cual están trabajando. Al igual que un coleccionista de estampillas, ellos coleccionan amor. Nuevamente aquí vemos la transición del deseo al impulso. El deseo gira entorno a una perdida. El impulso, en cambio, transcribe la perdida en una búsqueda constitutiva, en un fin en si mismo. La búsqueda elevada a objeto del deseo. La perdida o ausencia del objeto, no como algo que hay que superar, sino como algo que hay que mantener o poner en escena constantemente, y es esta repetición la que produce disfrute. En uno de los capítulos de “Frasier”, la serie televisiva de los 90’s, Frasier no puede vencer a su padre en el juego de ajedrez y pierde una y otra vez, lo que intensifica su interés en el juego, que luego se transforma en una verdadera obsesión acompañada de un cierto “disfrute excedente”, a pesar del malestar que le causa la derrota. Es aquí donde podemos notar la diferencia entre una meta y un objetivo. La meta es el resultado o la intención de la conducta, la razón de porque hago lo que hago, en tanto que el objetivo es el secreto subyacente, la verdad de por que lo hago. La meta es vencer a su padre para ganar el juego. Pero el objetivo secreto es no ganarlo para seguir disfrutando el juego. Finalmente, cuando derrota al padre, el interés desaparece. La forma mas fácil de perder el deseo es precisamente lograrlo. Tan pronto como lo tienes ya no es deseable. Si la ausencia o separación del objeto es lo que constituye el deseo y su logro es lo que lo elimina, entonces, para sostener el deseo hay que aumentar y prolongar la brecha. Y es esta brecha, lo que Lacan llama “Object Petit a”, el objeto inalcanzable, la causa del deseo que lo pone en movimiento, no para lograr el objeto, sino para girar en torno a el. Un vacío que repite la demanda y permanece en las sombras fuera del escenario, funcionando como la condición transcendental invisible de posibilidad para el desfile visible de los objetos deseados. Si el deseo persiste incluso cuando las necesidades han sido satisfechas, es porque no es causada por el anhelo de poseer el objeto, sino por la “menesterosidad ontológica” del sujeto.
Clásicamente el deseo ha sido definido en términos negativos. Es la carencia o falta de algo lo que origina el deseo. En la antigüedad Sócrates, en el ‘Simposium”, afirmaba que el amor solo existe en relación a un objeto ausente. Y esta creencia, expresada en una difícil terminología, continúa en Lacan. Pero Kant, en la Critica de la Razón Practica publicada en 1788, se desvía de esta tradición y curiosamente define el deseo como una facultad que, por medio de sus representaciones, es la causa de la actualidad de los objetos. En su forma inferior, dice, los productos del deseo son fantasías y supersticiones, pero en su forma superior los productos del deseo son actos de libertad irreducibles a la causalidad mecanicista. Deleuze sigue este modelo del deseo y lo modifica fundamentalmente. Si el deseo es productivo o causal, entonces su producto es en si mismo real y no solo ilusorio o mental, como en Kant. Todo el campo sociopolítico, por tanto, debe ser visto como el producto históricamente determinado del deseo. Y, siguiendo a Nietzsche, Freud y Lacan, conceptualiza el deseo en términos de deseos inconscientes.
Cada uno de nosotros, dice Nietzsche, contiene una vasta confusión de impulsos contradictorios que están en constante lucha entre si, tratando de imponerse sobre los otros. Casi automáticamente tomamos el impulso predominante y lo convertimos en el ego completo, alejando los mas débiles. Cuando hablamos del yo, simplemente estamos indicando que impulso, en el momento, es soberano. Cuando queremos algo hay un impulso que manda y otros que obedecen. Y todos ellos, en gran medida, siguen siendo desconocidos para el intelecto consciente. Por mucho que tratemos de conocernos a nosotros mismo, siempre termínanos con una imagen incompleta de los impulsos que constituyen nuestro ser. Por tanto, no hay una Razón “pura”, dice Deleuze, sino una multitud de percepciones e inclinaciones, una pluralidad de procesos heterogéneos de racionalidad. Siguiendo a Nietzsche, afirma igualmente que el deseo no es otra cosa que el estado de los impulsos y pulsaciones, pero agrega que estos nunca son meramente individuales, sino siempre están reunidos por formaciones sociales que los organizan de diferentes maneras. La “economía política” de Marx y la “economía libidinal” de Freud, que operan bajo fuerzas e impulsos inconscientes, ya sea “la consciencia de clase” o “los deseos inconsciente”, no son dos economía paralelas como se cree, sino una y la misma economía. Es decir, tanto los afectos como los impulsos, incluso los inconscientes, forman parte de lo que Marx llama infraestructura. Con esta extraordinaria afirmación Deleuze y Guattari intentan responder al problema que planteo Spinoza... ¿por qué la gente lucha por su servidumbre con tanta obstinación como si fuera su salvación? Como agentes racionales obviamente actuamos en beneficio de nuestros intereses. Pero, nuestros impulsos y afectos, a diferencia de nuestros intereses, no son nuestros, sino que, como en la actual formación capitalista, por ejemplo, son efectos de la manipulación de la publicidad y el marketing. La diferencia entre interés y deseo es paralela a la diferencia entre lo racional y lo irracional. Una vez que los intereses se han definido dentro de los confines de una sociedad lo racional es la forma en que las personas persiguen esos intereses e intentan hacerlos realidad. Pero por debajo de eso se encuentran las inversiones del deseo, “un enorme flujo libidinal inconsciente que constituye el delirio de esta sociedad”, que no debe confundirse con las inversiones de los intereses. La razón social es siempre una región excavada de lo irracional y de ningún modo esta protegida de lo irracional, sino atravesada por el y definida por un cierto tipo de relación entre factores irracionales. Todo acerca del capitalismo, por ejemplo, es racional, excepto el capital. Un mercado de valores es un mecanismo perfectamente racional, se puede entender, aprender como funciona y como utilizarlo y, sin embargo, es completamente delirante.
Cuando la energía de los impulsos que funciona por debajo de los intereses no logra ser domesticada por la maquina consumerista, la podemos encontrar como una fuerza marginal asociada con los excluidos. Y es este lado del deseo, concebido como flujo que escapa a los aparatos comerciales de captura al que el sistema tanto le teme porque pone en peligro su existencia misma.
Kant solía decir que nunca podemos ir mas allá de nuestras representaciones del mundo. Nietzsche supone, a pesar del Buda, que nunca podemos ir mas allá de la realidad de los impulsos.
Nieves y Miro Fuenzalida.