Sunday, March 30, 2025

Mata el deseo

 

 ¿Quieres dejar de sufrir? Simple... mata el deseo.

  

Según el Buda, la vida es sufrimiento. Bueno... mas o menos. No es que el Buda haya dicho exactamente  que la vida es sufrimiento. Parte de la vida esta llena de grandes cosas, de personas que amamos y de actividades que disfrutamos. Lo que realmente dijo, tomando en cuenta lo anterior, es que la vida también contiene “dukkha”, una gran palabra que aparece en el poema de la Primera Noble Verdad, comúnmente  traducida como sufrimiento y que seria, tal vez, mas apropiado traducirla como insatisfacción... Pues bien... “Esta es la noble verdad de dukkha. El nacimiento es dukkha, el envejecimiento es dukkha, es dukkha la enfermedad. Es dukkha la muerte, es dukkha la unión con lo desagradable, es dukkha la separación de lo que es agradable, es dukkha no conseguir lo que uno quiere, en breve, el apego es dukkha”... Un montón de dukkha... ¿cierto? Y de ninguna de ellas podemos escapar. Son cuestiones realmente inevitables y la cosa es que, además, no siempre vamos a conseguir lo que queremos, ya sean mas cosas, mejor trabajo, éxito, mas dinero, etc. Siempre estamos deseando lo que no tenemos y cuando no lo conseguimos, sufrimos. De ahí que la ultima parte del documento, la que se refiere al apego, sea la mas interesante. Tendemos a aferrarnos a las cosas, a desearlas, a querer que persistan aquellas que disfrutamos o a reaccionar en contra de las que sentimos aversión. Un interminable proceso de anhelo, gratificación y frustración. La razón, entonces, de que la vida sea sufrimiento o aparezca insatisfactoria es porque  no siempre, o nunca, logramos realmente lo que deseamos. Y es este anhelo o “sed” de las cosas lo que alimenta el sufrimiento. La Tercera Noble Verdad es la Verdad de la Cesación del Sufrimiento que radica en la retirada del deseo, en el desapego y renuncia del anhelo. La posibilidad de extinguir el deseo es la pasibilidad de abolir el sufrimiento. En buenas cuentas, mata el deseo.

 

Pero... ¿es esto realmente posible? Para Lacan, el obscuro sicoanalista francés, la cosa es algo diferente. Si recordamos, el deseo según Freud gira en torno a la perdida. Si quieres algo es porque lo haz perdido. Y la perdida original es la separación de la madre, el objeto primario, con la que el niño desea reunirse nuevamente. Lacan toma la respuesta de Freud y, como siempre, la radicaliza. El deseo, dice, no gira en torno a la perdida, en torno a un objeto, sino en torno a la falta, es decir, en torno a  algo que es causa del deseo. Piensa por ejemplo en un coleccionista. Tan pronto adquiere lo que busca, lo agrega a la colección y pasa a buscar el próximo objeto y cuando completa la colección, la guarda o la vende, porque ya no le da mucha alegría. Es aquí donde podemos distinguir la diferencia entre perdida y falta, entre deseo e impulso. La perdida gira en torno al objeto del deseo. Quiero esto porque no puedo tenerlo. Pero tan pronto lo tengo pierdo mi deseo. La adquisición del objeto simplemente conduce a otra adquisición. En otras palabras, esta gira en torno, no a la perdida del objeto, como en Freud, sino a la falta como factor constitutivo del deseo en si mismo. En términos sicoanalíticos, es la transición del deseo al impulso. De hecho, no es este objeto en particular lo que realmente se busca, sino el objeto imposible, que es la verdadera causa del impulso y lo que últimamente sostiene el deseo...  ¿difícil de entender? Piensa solo en cual es la forma mas fácil de perder el interés en algo o alguien. En la idealización del amor, por ejemplo, el sujeto pone a la amada en un pedestal tan alto que es imposible alcanzar, a diferencia, por ejemplo, de Don Juan Tenorio, inmortalizado en la obra literaria de José Zorrilla o Sam Malone, su versión popular en el programa televisivo “Cheers”, que tienen múltiples parejas todos los días y cada vez que tienen una pareja agregan su nombre a una lista escrita en una libreta de tapas negra. Aquí vemos nuevamente la transición del deseo al impulso. En la idealización del amor el objeto funciona al nivel del deseo...  la amo, porque no puedo tenerla. Don Juan en cambio, o Sam, duermen con cualquiera y el verdadero objeto de su afecto no es la pareja romántica, sino la lista para la cual están trabajando. Al igual que un coleccionista de estampillas, ellos coleccionan amor. Nuevamente aquí vemos la transición del deseo al impulso. El deseo gira entorno a una perdida. El impulso, en cambio, transcribe la perdida en una búsqueda constitutiva, en un fin en si mismo. La búsqueda elevada a objeto del deseo. La perdida o ausencia del objeto, no como algo que hay que superar, sino como algo que hay que mantener o poner en escena constantemente, y es esta repetición la que  produce  disfrute. En uno de los capítulos de “Frasier”, la serie televisiva  de los 90’s, Frasier no puede vencer a su padre en el juego de ajedrez y pierde una y otra vez, lo que intensifica su interés en el juego, que luego se transforma en una verdadera obsesión acompañada de un cierto “disfrute excedente”, a pesar del malestar que le causa la derrota. Es aquí donde podemos notar la diferencia entre una meta y un objetivo. La meta es el resultado o la intención de la conducta, la razón de porque hago lo que hago, en tanto que el objetivo es el secreto subyacente, la verdad de por que lo hago. La meta es vencer a su padre para ganar el juego. Pero el objetivo secreto es no ganarlo para seguir disfrutando el juego.  Finalmente, cuando derrota al padre, el interés desaparece. La forma mas fácil de perder el deseo es precisamente lograrlo. Tan pronto como lo tienes ya no es deseable. Si la ausencia o separación del objeto es lo que constituye el deseo y su logro es lo que lo elimina, entonces, para sostener el deseo hay que aumentar y prolongar la brecha. Y es esta brecha, lo que Lacan llama “Object Petit a”, el objeto inalcanzable, la causa del deseo que lo pone en movimiento, no para lograr el objeto, sino para girar en torno a el. Un vacío que repite la demanda y permanece en las sombras fuera del escenario, funcionando como la condición transcendental invisible de posibilidad para el desfile visible de los objetos deseados. Si el deseo persiste incluso cuando las necesidades han sido satisfechas, es porque no es causada por el anhelo de poseer el objeto, sino por la “menesterosidad ontológica” del sujeto.  

 

Clásicamente el deseo ha sido definido en términos negativos. Es la carencia o falta de algo lo que origina el deseo. En la antigüedad Sócrates, en el ‘Simposium”, afirmaba que el amor solo existe en relación a un objeto ausente. Y esta creencia, expresada en una difícil terminología, continúa en Lacan. Pero Kant, en la Critica de la Razón Practica publicada en 1788, se desvía de esta tradición y curiosamente define el deseo como una facultad que, por medio de sus representaciones, es la causa de la actualidad de los objetos. En su forma inferior, dice, los productos del deseo son fantasías y supersticiones, pero en su forma superior los productos del deseo son actos de libertad irreducibles a la causalidad mecanicista. Deleuze sigue este modelo del deseo y lo modifica fundamentalmente. Si el deseo es productivo o causal, entonces su producto es en si mismo real y no solo ilusorio o mental, como en Kant. Todo el campo sociopolítico, por tanto, debe ser visto como el producto históricamente determinado del deseo. Y, siguiendo a Nietzsche, Freud y Lacan, conceptualiza el deseo en términos de deseos inconscientes.

 

Cada uno de nosotros, dice Nietzsche, contiene una vasta confusión de impulsos contradictorios que están en constante lucha entre si, tratando de imponerse sobre los otros. Casi automáticamente tomamos el impulso predominante y lo convertimos en el ego completo, alejando los mas débiles. Cuando hablamos del yo, simplemente estamos indicando que impulso, en el momento, es soberano. Cuando queremos algo hay un impulso que manda y otros que obedecen. Y todos ellos, en gran medida,  siguen siendo desconocidos para el intelecto consciente. Por mucho que tratemos de conocernos a nosotros mismo, siempre  termínanos con una imagen incompleta de los impulsos que constituyen nuestro ser. Por tanto, no hay una Razón “pura”, dice Deleuze, sino una multitud de  percepciones e inclinaciones, una pluralidad  de procesos heterogéneos de racionalidad. Siguiendo a Nietzsche, afirma igualmente que el deseo no es otra cosa que el estado de los impulsos y pulsaciones, pero agrega  que estos nunca son meramente individuales, sino siempre están reunidos por formaciones sociales que los organizan de diferentes maneras. La “economía política” de Marx y la “economía libidinal” de Freud, que operan bajo fuerzas e impulsos  inconscientes, ya sea “la consciencia de clase” o “los deseos inconsciente”, no son dos economía paralelas como se cree, sino una y la misma economía. Es decir, tanto los afectos como los impulsos, incluso los inconscientes, forman parte de lo que Marx llama infraestructura. Con esta extraordinaria afirmación Deleuze y Guattari intentan responder al problema que planteo Spinoza... ¿por qué la gente lucha por su servidumbre con tanta obstinación como si fuera su salvación? Como agentes racionales obviamente  actuamos en beneficio de nuestros intereses. Pero, nuestros impulsos y afectos, a diferencia de nuestros intereses, no son nuestros, sino que, como en la actual formación capitalista, por ejemplo, son efectos de la manipulación  de la publicidad y el marketing. La diferencia entre interés y deseo es paralela a la diferencia entre lo racional y lo irracional. Una vez que los intereses se han definido dentro de los confines de una sociedad lo racional es la forma en que las personas persiguen esos intereses e intentan hacerlos realidad. Pero por debajo de eso se encuentran las inversiones del deseo, “un enorme flujo libidinal inconsciente que constituye el delirio de esta sociedad”, que no debe confundirse con las inversiones de los intereses. La razón social  es siempre una región excavada de lo irracional y de ningún modo esta protegida de lo irracional, sino atravesada por el y definida por un cierto tipo de relación entre factores irracionales. Todo acerca del capitalismo, por ejemplo, es racional, excepto el capital. Un mercado de valores es un mecanismo perfectamente racional, se puede entender, aprender como funciona y como utilizarlo y, sin embargo, es completamente delirante.

 

Cuando la energía de los impulsos que funciona por debajo de los intereses no logra ser domesticada por la maquina consumerista, la podemos encontrar como una fuerza marginal asociada con los excluidos. Y es este lado del deseo, concebido como flujo que escapa a los aparatos comerciales de captura al que el sistema tanto le teme porque pone en peligro su existencia misma.

 

Kant solía decir que nunca podemos ir mas allá de nuestras representaciones del mundo. Nietzsche supone, a pesar del Buda, que nunca podemos ir mas allá de la realidad de los impulsos.

 

Nieves y Miro Fuenzalida.

Sunday, March 23, 2025

Las manos del libro


Encontre

Una margarita

En

Las manos

De

Un

Libro

Que

Me

Trajo

Tu sonrisa

Perfumada

De

Un ayer. 

 

Nieves.


Sunday, March 16, 2025

La Ultima Fantasía

 

Estoy bien, solo mirando sombras en la muralla.  Digamos, como en la muralla de la caverna platónica.

 

Por si no recuerdas bien, en la alegoría platónico los prisioneros de la cueva están encadenados por el cuello, las manos y las piernas desde su nacimiento y no tienen concepción de otra forma de vida. Las sombras de figuras que pasan ante la luz del fuego que esta detrás de los prisioneros se reflejan en la pared como si fueran un espectáculo de marionetas. Los prisioneros no saben que son prisioneros y no sospechan que existe otra realidad. Un día, sin embargo, uno de los prisioneros se libera de sus cadenas y sale al mundo exterior y, a la luz del sol ve la verdad y contempla las cosas como realmente son. Y, en lugar de permanecer egoístamente en el mundo exterior, regresa, como el Bodhisattva, para contárselo a los demás, quienes responden a su bondad con burlas y resistencia, creyendo que se ha vuelto loco.

 

El mito, según la intención de Platón, es una invitación a abrirnos a un nivel superior de realidad... las Formas o Ideas. Todo lo que realmente experimentamos en el nivel de la realidad disponible a través de nuestros cinco sentidos son malas imitaciones de un nivel superior de la realidad. Podemos experimentar hermosas puestas de sol, acciones justas y una buena taza de café, pero todas estas cosas son meras imitaciones de las Formas que son perfectas. Si construyo una mesa, por ejemplo, lo hago en base a un modelo mental que tengo en mi cabeza... ¿cierto? Pero, lo que construyo es solo una copia, siempre imperfecta, de ese modelo ideal. Y eso es lo que siempre vemos. No el original, sino su copia. No la Realidad, sino su imagen.

 

Quien sale de la caverna es el filosofo que descubre la verdad, las formas ideales o la esencia de las cosas en su forma pura. En lenguaje contemporáneo es la creencia de que la ideología es una especie de ilusión de la que tenemos que despertar para ver el mundo tal como es. En si mismo. En la película “The Matrix”, la versión tecnológica del mito platónico, Neo sale de la Matriz al igual que el prisionero de la caverna y, en lugar de descubrir un reino bendito de Formas puras y resplandecientes de belleza, encuentra una realidad fea y traumática, un mundo desgastado por la guerra en donde la vida se vive en una constante amenaza  de muerte. Un desierto sombrío que su compañero Cypher, después de algún tiempo, prefiere abandonar para retornar a la confortable ilusión de la Matriz.  

 

La creencia realista que comúnmente nos guía es la de que hay una distinción binaria entre la realidad, por un lado, y la fantasía por el otro. Si leemos libros de fantasías, por ejemplo, es porque queremos escapar, a lo menos por un rato, del mundo real que es tan difícil de manejar. Para Lacan la cosa es al revés. Accedemos a la realidad  justamente a través de la fantasía. La realidad orgánica material en si misma es inaccesible. Es caótica, horrible, brutal. Es carne y huesos, polvo y carbón. Pero si le imponemos un marco de fantasía, entonces tenemos una razón para existir, una razón para vivir. 

 

De ahí que, de acuerdo con el cuestionamiento posmoderno, la ilusión fundamental no es el hecho de que despertamos a la verdadera realidad, sino al hecho de que salimos de una fantasía para caer en otra. La fantasía no es un escape de la realidad sino precisamente una forma de acceder o enmarcar la realidad. La verdad reside en la estructura coordinadora del marco fantasmático que esencialmente completa como uno ve la realidad. La fantasía, dice Zizek, “es lo que subyace a los textos ideológicos públicos como su apoyo no reconocido, al mismo tiempo que sirve como pantalla contra la intrusión de lo real”. En la tradición de la ilustración, la ideología representa la noción borrosa o falsa de la realidad causada por diversos intereses “patológicos”, como el miedo a la muerte, a las fuerzas naturales o a los intereses de poder. Para el análisis discursivo, que va un paso mas allá, la noción misma de un acceso a la realidad no sesgado por ningún dispositivo discursivo o conjunción con el poder es ideológica. El nivel cero de la ideología consiste en percibir erróneamente una formación discursiva como un hecho extra discursivo. En buenas cuentas, no hay un contenido neutro. Cada descripción es ya un momento de algún esquema argumentativo. Una de las estrategias fundamentales de la ideología es la referencia a la auto evidencia... “Mira, tu puedes ver por ti mismo como las cosas son” o “Dejemos que los hechos hablen por si mismos”. El problema es que los hechos nunca hablan por si mismos, sino que siempre se les hace hablar mediante una red de dispositivos discursivos. Cuando el racista en la pequeña ciudad de Springfield  del estado de Ohio dice, por ejemplo... “hay muchos haitianos en nuestras  calles” ¿como, desde que lugar, “ve” esto? es decir ¿como se estructura su espacio simbólico de modo que pueda percibir el hecho de que un haitiano pasee por una calle de nuestra ciudad como un excedente o amenaza inquietante? Cada percepción siempre implica un universo simbólico. La ecología, por ejemplo, nunca es “ecología como tal”, sino que siempre es parte de una serie especifica de equivalencias. Puede ser conservadora y abogar por el retorno a comunidades rurales y formas de vida tradicionales. Estatista, en donde  solo las regulaciones pueden salvarnos de la catástrofe inminente. Socialista, en donde la causa ultima de los problemas ecológicos reside en la explotación capitalista de los recursos naturales orientada por el lucro. Para las feministas, la explotación de la naturaleza se desprende de la actitud masculina de dominación y, los anarquistas por su parte, sugieren que la humanidad puede sobrevivir solo si se reorganiza en pequeñas comunidades autosuficientes que vivan en equilibrio con la naturaleza. Y, así por el estilo. Lo que experimentamos como realidad, dice Lacan, no es la “cosa en si”, sino que siempre, eso que llamamos realidad,  esta simbolizada, constituida, estructurada por mecanismos simbólicos y el problema reside en el hecho de que la ficción  simbólica siempre fracasa, nunca logra cubrir  completamente lo real. La realidad, como la verdad, por definición nunca es “total”. En la versión de la Escuela de Frankfurt, tampoco se trata simplemente de ver las cosas como “son en realidad”, o de quitarse los anteojos distorsionadores de la ideología, sino que el punto principal es ver como la realidad no puede reproducirse sin esta llamada mistificación ideológica. La mascara de la fantasía no encubre simplemente el estado real de las cosas, sino que la distorsión esta inscrita en su esencia misma. Lacan igualmente se distancia del gesto liberador de decir finalmente que “el emperador esta desnudo”. La cuestión es que, en verdad, el emperador esta desnudo solo debajo de su vestimenta. Algo como cuando en el conocido chiste alguien señala a una mujer y profiere un grito de horror... “Mírala, que vergüenza, debajo de sus vestidos esta totalmente desnuda”.    

 

Para volver a Zizek, en el momento en que vemos el ser “ como es en realidad” el ser se disuelve en la nada o, mas exactamente, cambia y pasa a ser otra clase de realidad, razón por la cual hay que eludir las metáforas simples de desenmascaramiento, de correr los velos que se supone ocultan la desnuda realidad.      

 

¿Es, entonces, inherentemente imposible aislar una realidad cuya consistencia no se mantenga mediante mecanismos fantasmáticos, una realidad que no se desintegre en el momento en que le quitamos su componente ideológico? ¿No hay realmente salida de la prisión del lenguaje? ¿Condenados a vivir en las sombras de la caverna? O dicho de otra manera... ¿Que es lo que nos hace distinguir entre lo real y lo irreal, entre cerebros, maquinas, cuerpos humanos, disco duro y señales eléctricas, por un lado y simulaciones, imágenes, entidades digitales, sueños y apariencias, por otro? La existencia de la caverna presenta un mundo cuya ultima naturaleza esta compuesta de dos cosas incompatibles... ¿Pero, que pasa si postulamos un mundo compuesto  últimamente de una sola sustancia? ¿Un mundo que fusione la Esencia y la Apariencia? ¿El Original y la Imagen?¿El Fenómeno y el Noúmeno? En buenas cuentas... ¿Las Sombras de la Caverna y la Realidad Luminosa?

 

Cada filosofía, desde Aristóteles adelante se ha caracterizado por el intento de invertir el Platonismo. El ultimo es el de Deleuze. La Idea, dice, fue la respuesta de Platón para distinguir lo verdadero de lo falso, el criterio que distingue lo puro de lo impuro. Platón no crea la Idea para oponerla al mundo de las imágenes, sino para seleccionar las imágenes o copias  verdaderas de las falsas, vale decir, de los simulacros. Pero, con ello, inventa un tipo de trascendencia que se sitúa dentro del campo mismo de la inmanencia. Las cosas, a diferencia de las ideas, son siempre algo distinto de lo que son y en el mejor de los casos, son solo poseedoras de segunda mano de la Idea. Y este es el don envenenado del platonismo que ha continuado marcando a la filosofía hasta hoy. Deleuze intenta restaurar la inmanencia y rechazar el retorno de cualquier tipo de  trascendencia. En esta nueva visión de las cosas, las Ideas  son inmanentes y diferenciales a la experiencia. Los disfraces, las variaciones, los trajes  y las mascaras no son algo añadido secundariamente al original sino que son sus constituyentes internos. En breve, el Ser es univoco... la creencia de que todos los seres expresan su ser con una sola voz, un solo Océano para todas las gotas, un solo clamor del Ser para todos los seres. Un sentido univoco, cuyo sentido, paradójicamente, es la diferencia, que no es sustancia ni sujeto, capaz de disolver y destruir individuos que constituye temporalmente. La percepción del color verde, por ejemplo, se actualiza cuando ciertos elementos virtuales, como el amarillo y el azul, entran en una relación diferencial para producir una singularidad. El amarillo y el azul permanecen oscuros o no actualizados en la percepción  y solo pueden ser aprehendidos por el pensamiento, en una Idea, que no indica ningún tipo de realidad metafísica mas allá de los sentidos. Las cosas ya no imitan a las Ideas. Son las Ideas las que imitan a las cosas.    

 

Así, entonces, en la ontología deleuziana las cosas ya no “simulan” nada, sino que “actualizan” Ideas inmanentes, virtuales y reales a la experiencia. Una ontología en la que no hay nada mas allá o fuera o superior al Ser. Y cada  momento, cada evento, cada individuo y cada pensamiento es singular porque el Ser es diferencia, la producción constante de lo heterogéneo. Por esta razón, una dialéctica puramente inmanente plantea preguntas como  ¿quién? ¿desde dónde? ¿cuando? ¿como? ¿cuánto? ¿en que casos? en lugar de ¿qué es...?  que es la pregunta socrática  de la esencia, la cosa en si, que, como mostro Kant, no tiene solución.

 

La ultima fantasía es la de desenmascarar algo o alguien, la ilusión de presumir un rostro detrás de la mascara, un modelo originario detrás de la copia, un mundo verdadero mas allá del mundo aparente. La cosa es que detrás de la mascara no hay nada, fuera de la diferencia.

 

Nieves y Miro Fuenzalida.

Sunday, March 9, 2025

Un guiño del sol

 

El sol

Se

Colgó

En

Las hojas

Naranjas

De

Mi Otoño

Y

Me

Guiño

Su calor. 

 

Nieves.


Sunday, March 2, 2025

El toque inesperado

 

La larga y oscura sombra de la desgracia tarde o temprano nos cubre. Todos encaramos la perdida y el sufrimiento inevitable de una u otra manera. Y cuando llega el momento... ¿como lo soportamos? ¿como lo integramos en nuestra vida? ¿como podemos seguir viviendo? La incertidumbre de lo que pueda pasar es algo que no podemos evitar y a primera vista, a pesar de lo obvio, la fuente de mayor vulnerabilidad es la perdida de la vida. Lo ignoremos o no, sigue siendo la piedra angular de nuestra vida. La idea de no estar aquí es, en mayor o menor medida, la que genera la angustia. Y esto simplemente porque, en ultima instancia, no somos creaturas del momento sino seres para quienes el futuro importa ya que los compromisos mas importantes de nuestra existencia son proyectos que orientan y le dan sentido a nuestras acciones. La muerte corta nuestra relación con quienes llenan nuestra vida y aniquila los proyectos que la definen. Y es la consciencia de esta vulnerabilidad la que nunca nos abandona... ¿como, entonces, copamos con el acecho de esta larga y siniestra sombra?      

 

Los sabios de la antigüedad han ofrecido guías que supuestamente nos hacen invulnerables al dolor y la tragedia de la vida.

 

En la visión budista, por ejemplo, todo cambia, se disuelve y se convierte en otra cosa. No hay permanencia, solo su apariencia y lo único que existe es el constante  flujo cósmico. Las cosas que nos rodean, como la mesa y la silla en la que ahora me siento, pueden  a primera vista aparecer como una realidad permanente. Pero una mirada mas cuidadosa revela algo bien diferente. La mesa y la silla no siempre existieron. Antes de ellas había madera y antes de eso había tierra y nutrientes. Además no siempre estarán aquí. Con el tiempo se romperán y se convertirán en otra cosa. Lo que llamamos mesa y silla es solo un momento en un proceso mas grande de cambio. Y esta es la verdad de todas las cosas. Y lo inquietante es que lo que vale para ellas también vale para nosotros. No siempre hemos estado aquí y no siempre estaremos. Somos como la onda en el mar. Mientras la ola se levanta, parezco tener una existencia independiente. Sin embargo, soy solo un movimiento del mar y mi muerte no es nada mas que un choque de agua contra el agua del mar. Mi verdad es que soy del mar y como ola parezco independiente de el solo por un momento. En ultima  instancia lo que existe es solo el devenir, lo que el budismo llama Uno o el Vacío, del cual somos parte. Cuando fallamos en ver el Vacío, creemos ser seres independientes, algo que existe fuera del flujo que es el Uno y nos apegamos a cosas que en realidad son solo momentos pasajeros y es su desaparición lo que nos lleva al sufrimiento y desesperación. Si sufrimos es porque anhelamos. Si acabamos con el anhelo y apego a las cosas acabaremos con el sufrimiento. Quien mantiene la doctrina de la vacuidad no se siente atraído por las cosas de este mundo porque ellas no tienen base e, incluso, la muerte no le molesta ya que es solo parte del proceso del Ser, del Uno o del Vacío. El Nirvana define el momento en que logramos la invulnerabilidad al sufrimiento y la vía para lograrlo es la meditación. Y, al igual que el budismo, el Taoismo proclama que todas las criaturas surgen de misteriosos procesos del universo para luego volver a ellos. Todo lo que hay son manifestaciones temporales que salen y retornan a lo que les dan origen y este proceso es el Dao, o El Camino, que de alguna manera da origen a todo lo que existe. En una versión mas contemporánea podemos pensar en el Dao en términos del medio ambiente. Nazco y tengo mi existencia en esta Tierra. Finalmente moriré y regresare a la Tierra. De una u otra forma desapareceré y me convertiré en parte del proceso de cambio que caracteriza nuestro planeta. Y este es el Dao y su comprensión nos permite aceptar el universo como el proceso que es. Le decimos que si a todo sin perseguir las ilusiones de permanencia que las trampas ideológicas nos llevan a creer. Cuando desconectamos nuestros engranajes emocionales de los engranajes del mundo pasamos finalmente del sufrimiento a un lugar de imperturbabilidad.

 

Cuando Anaxágoras se entero de la muerte de su hijo reacciono diciendo que “siempre supe que mi hijo era un mortal”. Una imagen que resume lo que creemos que es el Estoicismo. Aunque esta creencia es coherente con el estoicismo, la resignación frente a un cosmos indiferente, o incluso cruel, es errónea. Para los estoicos el universo es completamente racional. Nada sucede que no pueda suceder. La reacción de Anaxágoras, lejos de ser un ejemplo de resignación, fue un modelo de aceptación e incluso de afirmación de un universo racional. Una idea que para nosotros es, en el mejor de los casos, ajena. No hay nada racional en donde reina el mal, ya sea natural o humano. Hay por todos lados tragedias, accidentes, injusticias, guerras, explotaciones y crueldades sin sentido. Creer en un universo racional a esta altura de la historia se nos aparece como un acto de ignorancia en lugar de una sabiduría filosófica. El estoicismo, sin embargo, aborda este problema desde otro ángulo. En lugar de enfocarse en el mal, se dirige al problema de la vida... ¿como podemos vivir en un mundo de dolor y sufrimiento? Si el universo es racional, entonces no nos pondrá ante tareas que no podamos superar para vivir una buena vida. Y si es así... ¿como podemos vivirla?  O mejor aun... ¿qué podemos controlar? Hay una infinidad de cosas que no podemos controlar. Pero lo que si podemos controlar es nuestra relación con el mundo. Y la buena vida consiste solo en las cosas en las que tenemos dominio y aceptar lo que sucede mas allá de nuestra voluntad. Como dice Epictetus... “no busques que las cosas que suceden sucedan como deseas. Desea mas bien que las cosas que suceden sean como son y tendrás un tranquilo fluir de vida”. Y según Marcos... “todos morimos y somos olvidados. Así es como funciona el universo. Su racionalidad debería alejarnos de la resistencia a la muerte”. La tranquilidad estoica, entonces, es un logro que consiste en abandonar el deseo de que las cosas sean de cierta manera y aceptarlas tal como son. Y esta es la apuesta filosófica de los estoicos.

 

Pero la vida, por ultimo, a pesar de los estoicos, es la búsqueda del placer... ¿cierto? Si pensamos en Epicuro ciertamente así es. No hay nadie que de alguna manera no busque el placer, aunque, según Epicuro, no cualquiera. Solo ese que nos trae serenidad, libre de preocupaciones e inquietudes innecesarias. Podríamos decir ese que nos trae la alegría de vivir en este momento particular y que requiere muy poco para ser experimentado. Es el disfrute del acto mismo de vivir. Todo placer es bueno, pero no significa que todos los placeres deben perseguirse, especialmente aquellos que terminan en frustración. Solo busquemos los que valen la pena de perseguir, solo aquellos deseos que son necesarios y surgen del grito de la carne... “no tener hambre, no tener sed, no tener frio. Porque si alguien tiene estas cosas y confía en tenerlas en el futuro, podría contender incluso con Zeus por la felicidad”. Pero... ¿qué pasa con la muerte? ¿no es ella la que pone fin a nuestros placeres? La muerte no debería ser una preocupación. “Acostumbra a creer que la muerte no es nada para nosotros. Somos criaturas de sensaciones y cuando morimos perdemos toda sensación. Por tanto no tenemos nada que temer en la muerte. No habrá nadie ahí que sienta placer o dolor. Cuando existimos la muerte aun no esta presente y cuando la muerte esta presente, no existimos”. Por tanto no hay nada que temer. La muerte no puede ser una perdida para la persona que muere, ya que esa persona ya no esta allí.

 

Hay algo tremendamente atractivo en todas estas visiones filosóficas, especialmente en el epicureísmo... ¿quién no va a querer tener una vida llena de serenidad y felicidad, invulnerable al terror de la muerte? Y, sin embargo, las cosas son bien diferentes cuando llega el momento. Como dice el filosofo Todd May, el invulnerabilismo es en ultima instancia demasiado desvinculado emocionalmente del mundo como para que cualquiera de ellos sea una visión filosófica que pueda guiar nuestras vidas. Personalmente es preferible una existencia menos serena en lugar de adoptar una vida invulnerable. Si miramos el mundo vemos que esta lleno de injusticias y ninguna de estas doctrinas ofrecen una guía de cómo enfrentarlas. El mensaje pareciera ser... “No te preocupes acerca del mundo, preocúpate solo acerca de ti mismo”. E incluso aquí es problemático, especialmente en relación a la muerte. Y mas importante, de la muerte de quien es parte y sentido de nuestras vidas... ¿Por qué, entonces, tendríamos que negar la pena y la tristeza que nos deja? Podemos recuperarnos, pero en el fondo no hay sustituibilidad aquí. Llegar a ser invulnerable es un proyecto. Y de hecho puede ser de ayuda en Asuntos Pequeños, cuestiones que no tienen grandes consecuencias. Pero no todos los asuntos son pequeños. Hay Asuntos Grandes frente a los cuales es difícil, sino imposible, mantener nuestra tranquilidad y, tal vez, ni siquiera queremos hacerlo. La vulnerabilidad es nuestro estado natural. Eventualmente vamos a tener que sufrir fracasos, perdidas, enfermedades, depresiones y ansiedades. Frente a todo esto... ¿querríamos ser personas que no se lamentan por perdidas importantes? Sufrir en el caso de Asuntos Grandes es una expresión no solo de quienes somos, sino de lo que queremos ser. Es el precio que pagamos por importarnos la vida y el bienestar de quienes amamos. Algo bien diferente de la serena compasión budista que mantiene un desapego emocional. Y la aceptación estoica tiene sus limites. Es una tregua con el mundo que el mundo a veces rompe. La contingencia de las cosas y la tristeza que la acompaña es parte ineludible de nuestra vida. Si hay algo que permite continuar en esos momentos es que, con suerte, hay alguien con quien compartir la experiencia.

 

Nieves y Miro Fuenzalida.


Sunday, February 23, 2025

Incendio


Las ruedas

Ardientes

Del

Sol

Incendiaron

Mi

Horizonte

De

Ayer.

Su

Calor

Lo

Mato. 

 

Nieves.


Sunday, February 16, 2025

La catástrofe del amor


Simone de Beauvoir, en el Segundo Sexo, describe como, después de tener relaciones sexuales, el hombre siente que el cuerpo de la mujer esta plano y flácido y la mujer siente, en paralelo, que el cuerpo del hombre es generalmente poco atractivo, por no decir ligeramente ridículo. Algo que con cierta frecuencia la farsa teatral usa para hacernos reír... ¿pero, es eso a lo que por ultimo queda reducida la relación sexual?

 

En el momento en que todos hablaban de relaciones sexuales, Jacques Lacan respondió diciendo que realmente no existe tal cosa. En el sexo, cada individuo esta en gran medida solo. Naturalmente, el cuerpo del otro tiene que ser mediado, pero al final, el placer siempre será tu placer. El sexo separa, no une. El abrazo sexual es una representación imaginaria. Lo que es real es el placer que te aleja del otro. Lo real es narcisismo, lo que une es imaginario. Por tanto no hay relación sexual. Pero agrega... si no hay relación sexual en la sexualidad, el amor es lo que llena la ausencia de relación sexual.

 

No hay que confundir esto, sin embargo, con quienes proclaman que el amor es solo un disfraz de las relaciones sexuales, un lienzo imaginario pintado sobre la realidad del sexo. El amor, si precisamos las cosas, es solo el camuflaje del deseo, algo que la imaginación construye para dar un barniz al deseo sexual. Este es realmente lo único que existe. Por tanto olvídate de todo eso y simplemente hazlo. Para Lacan, por el contrario, el amor es el intento de acercarse al ser del otro. En el amor el individuo va mas allá de si mismo, mas allá del narcicismo. En el sexo, uno esta en relación consigo mismo a través de la mediación del otro. El otro le ayuda a descubrir la realidad del placer. En el amor la mediación del otro es suficiente en si misma. Tal es la naturaleza del encuentro amoroso. Uno va a tomar al otro, a hacerlo existir uno, tal como es. El amor no puede ser, y de hecho no es, un mero manto para el deseo sexual o una estrategia química sofisticada para asegurar la supervivencia de la especie que, por ultimo, no vale la pena que exista, como decía Schopenhauer. 

 

A primera vista, entonces, pareciera ser que el amor es lo que la imaginación emplea para llenar el vacío creado por el sexo. El sexo por esplendido que sea, y ciertamente lo es, termina en un cierto vacío. De ahí que requiera de una constante repetición. Hay que empezar una y otra vez. Pero luego el amor descubre de que algo existe en ese vacío, de que los amantes están unidos por algo mas aparte de esa relación que no existe. El deseo, primero, se centra en el otro, de una manera un tanto fetichista, en objetos particulares del cuerpo de la pareja. El amor, en cambio, se centra en el ser mismo del otro, en el otro tal como ha irrumpido en nuestra vida. Una irrupción que completamente trastoca nuestra existencia. Y por eso no es extraño que Zizek diga que el amor es una catástrofe, una enfermedad loca que arruina la vida, pero que en algún sentido descubre el verdadero ser que hace que la vida valga la pena de ser vivida. Es la clásica imagen de Eros disparando la flecha de Cupido que, cuando uno menos lo espera, cuando uno va tranquilamente viviendo la vida día a día, el disparo del amor llega  justo en medio del corazón. La idea aquí es que uno no encuentra el amor sino que el amor nos encuentra de súbito, cuando uno no siente su necesidad. Y es por eso que aparece como un  desastre porque de pronto rompe y trastoca completamente el equilibrio de nuestra vida. Cuando uno esta enamorado las cosas que solían dar alegría ahora dejan de tener el mismo atractivo porque la atención esta constantemente dirigida hacia esa otra persona. Es algo así como pasar de estar bien a no estar bien, a menos que uno este con esa persona. Es lo que comúnmente llamamos infatuación o amor ciego, que todavía no entra necesariamente en el ámbito del amor. La diferencia es que la infatuación es relativamente segura, no tienes que actuar sobre ella, algo que permite mantener el amor alejado, como cuando, por ejemplo, alguien se enamora de una celebridad o de una persona que mantiene a distancia. Aquí uno puede disfrutar la idea del amor sin tener necesariamente que actuar sobre el y correr la posibilidad de ser rechazado. El amor, en cambio, es lo que interrumpe la unidad y seguridad de la infatuación al revolucionar fundamentalmente la manera en que uno  estructura la vida interior. Llevábamos, por ejemplo, una vida en la que las coordinadas que nos guiaban nos aparecían claramente, sabíamos lo que teníamos que hacer, sabíamos que era lo correcto y que no lo era y sabíamos como gobernarnos. Y de pronto esta revolución interna coloca todo de patas arriba y empezamos a vivir entre ese nebuloso estado en el que ya no somos y aun no sabemos que vamos a ser.

 

 Es en este sentido en el que el amor es un desastre, pero un bello desastre que abre la puerta hacia un mundo diferente. Un mundo que se vive desde el punto de vista de dos y no de uno. Como dice Badiou, un mundo que se vive, se desarrolla y se siente desde el punto de vista de la diferencia y no de la identidad. Un proyecto que incluye no solo el sexo, pero mil cosas mas. Digamos, la construcción de un mundo desde un punto de vista descentrado y distinto al de mi mero impulso de sobrevivir o reafirmar mi propia identidad. Dos figuras, dos posturas interpretativas diferentes que inicialmente separa y disloca. El amor siempre implica Dos, escena que interrumpe lo Mismo a favor de lo Otro. Y esta es una riesgosa y nueva manera de experimentar y ver la vida. En la concepción romántica del amor, el amor se enciende, consuma y consume simultáneamente en el encuentro, en ese momento mágico que se siente como si estuviéramos fuera del mundo tal como realmente es. Algo así  como un milagro o intensidad existencial que nos saca de nuestro lugar. Cuando las cosas suceden de esta manera, sin embargo, no estamos presenciando la “escena de Dos”, sino la “escena de Uno”. Una interpretación artísticamente hermosa, pero que existencialmente es bien deficiente. Un mito artístico poderoso, ciertamente, pero no una genuina filosofía del amor. No podemos reducir este solo al encuentro y relación introspectiva de dos personas porque el amor es  una construcción a través del tiempo. Después de todo el amor ocurre en el mundo. Lo notable no es el éxtasis del comienzo, por muy maravilloso que sea, sino su tenacidad. Renunciar ante el primer obstáculo, el primer desacuerdo serio, la primera pelea es solo distorsionar el amor. La experiencia amorosa verdadera es la que triunfa duraderamente, a veces dolorosa y trágicamente, sobre los obstáculos erigidos por el tiempo. De lo que surgió como una mera casualidad se extrae algo que perdura y persiste. En breve, un compromiso, una fidelidad, algo que el filosofo francés André Gorz, editor de “Les Temps Modernes”, resume maravillosamente en la carta a su esposa Dorine... “Pronto tendrás ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, pesas solo cuarenta y cinco kilos y, sin embargo, estas bella, graciosa y deseable como siempre. Ya llevamos cincuenta y ocho años viviendo juntos y te amo mas que nunca. En el hueco de mi pecho puedo sentir de nuevo ese vacío devastador que solo puede ser llenado por el calor de tu cuerpo contra el mío”. Frente a esto las historias románticas guardan silencio.

 

Pero, después de todo... ¿no será que esta experiencia radical que la tradición histórica reconoce esta amenazada o, incluso, muerta, en un mundo en donde prevalece el individualismo egoísta narcisista y los valores del mercado? Esto es lo que justamente el filosofo coreano Byung-Chul Han teme. Hoy día, dice, el amor se esta convirtiendo en sexualidad y, por la misma razón, se lo esta sometiendo a un mandamiento de actuación. El sexo significa logro y rendimiento. Y la sensualidad representa un capital que se debe incrementar. El cuerpo, con su valor de exhibición, se ha convertido en una mercancía. Y cuando el Otro se percibe como un objeto sexual, la “distancia primordial” se erosiona. El Otro como objeto sexual ya no es un “Tu”. Es imposible tener una relación con el y la habilidad de experimentar al Otro en términos de su alteridad se pierde. El amor, en estas circunstancias, se convierte entonces solo en una formula para el disfrute y la generación de sentimientos placenteros. Ya no representa una trama, una narración o un drama, sino solo una emoción y una excitación intrascendente, incompatible con el alejamiento y la demora del Otro.

 

El filosofo humanista y sacerdote católico Marsilio Ficino, durante el Renacimiento italiano expreso que el amor es la “enfermedad erótica mas grave de todas”, un cambio que “quita al hombre lo que es suyo y lo transforma en la naturaleza de otro”. Bueno, don Marsilio, en realidad  hoy no tenemos que preocuparnos mucho de eso. Gracias a los sitios de citas Meetic se puede conseguir “El amor sin azar” o, mejor aun, “El amor perfecto sin sufrir”. Nada de éxtasis, solo “Enamórate sin enamorarte”. Y los consejeros y entrenadores del amor ofrecen test de compatibilidad para evitar todo tipo de peligros. La elección de la pareja cuidadosamente buscada en el Internet con una foto, detalles de sus gustos, fecha de nacimiento y signo del horóscopo, toda una mezcla que ofrece una opción sin riesgo.

 

La herida y transformación que constituyen la negatividad del amor, hoy, a través de su creciente positivización y domesticación, esta desapareciendo por completo y en su lugar solo se busca la confirmación de si mismo en el Otro.

 

Nieves y Miro Fuenzalida.