De la sociedad disciplinaria de la que hablaba Foucault llegamos a la sociedad de control de Deleuze... ¿pero, que tal si agregamos una nueva dimensión, digamos, “la sociedad del disfrute”, esa que encontramos en el capitalismo tardío?
En lugar de exigir a los individuos que renuncien a su disfrute privado, pareciera que hoy el único deber consiste en disfrutar lo máximo posible. La invitación la encontramos por todas partes, no solo en la propaganda comercial sino que también en la psicología popular en donde ha encontrado una directa y explicita articulación, como atestigua el escritor Dennis Prager al afirmar que nuestro deber hacia el orden social consiste en disfrutar y ser felices. Tendemos a pensar, dice, que nos debemos a nosotros mismos ser lo mas felices posible. Y esto es cierto. Pero la felicidad es mucho mas que una preocupación personal. Es también una obligación moral. Cuando no disfrutamos, perjudicamos el disfrute de la sociedad en su conjunto. Tenemos esta obligación con nuestra esposa o esposo, nuestros hijos, nuestros compañeros de trabajo y nuestros amigos, en realidad, con todos los que entran en nuestras vidas... ¿no es el caso que hoy estamos bien lejos de la proclamación de Freud que, escribiendo en medio de la sociedad de la prohibición, veía que lo mejor a lo que podemos aspirar es transformar “la miseria neurótica en la infelicidad común” ?
Esta curiosa noción del “deber de ser felices” transforma radicalmente el concepto mismo del deber que históricamente ha implicado limitar, en lugar de maximizar, la propia felicidad. Tradicionalmente la prohibición siempre ha funcionado como la clave de la organización social, exigiendo que los sujetos sacrifiquen el disfrute en aras del trabajo, la comunidad y el progreso. La importancia del papel estructurador de la prohibición en la sociedad, como nota el teórico McGowan, se hace evidente en las discusiones de Claude Levi-Strauss sobre el incesto, las especulaciones de Freud sobre la horda primigenia y los orígenes de la sociedad y la concepción lacaniana del orden simbólico.
Según Levi-Strauss la presencia de la prohibición, especialmente la prohibición del incesto, ha estado presente en todo orden social. Un orden que se funda en un sacrificio compartido, algo a lo que deben renunciar quienes quieren participar en la vida comunal. Una prohibición que nos abre al mundo social, liberándonos del estrecho foco de nuestro interés inicial. Es la renuncia del disfrute de un miembro de la familia por otro miembro de la sociedad en general, cuyo disfrute inevitablemente palidece en comparación con el primero. La prohibición del incesto, el objeto primario, es la prohibición del goce. Freud, en “Tótem y Tabú”, igualmente ilustra lo mismo, pero con un tono mítico diferente. Imagina que en el origen de la organización social el goce no esta fácilmente disponible para toda la horda, sino confinado al mas fuerte, el Padre primigenio, que acapara todas las mujeres para si mismo y disfruta sin restricciones. Los hijos, celosos de su goce, asesinan al Padre primigenio inaugurando asi el primer acto social seguido, paradójicamente, por la prohibición del incesto o goce. Inmediatamente después del asesinato los hijos reconocen que si han de vivir juntos en relativa paz deben aceptar la renuncia colectiva al disfrute. Sin esta renuncia nadie puede tener seguridad porque no hay nada que medie, excepto la “Ley del Padre”, en una lucha a vida y muerte por el disfrute. El goce que encarnaba el Padre primigenio se convierte en un mero recuerdo, objeto de fantasía para quienes han renunciado a el. Si el disfrute es inaccesible ahora, al menos alguna vez lo fue para alguien.
Es importante insistir, sin embargo, que esta prehistoria que Freud reconstruye es mítica. Como dice Lacan, nadie ha visto jamás el mas mínimo rastro del padre de la horda primitiva. Antes del surgimiento del orden social y del sistema de significado que este constituye no existe significado y, por lo tanto, ningún goce que mantenga el significado en suspensión. No goce ni ausencia de goce. Cuando miramos hacia atrás no vemos la “humanidad en estado natural” sin la mediación de los presupuestos fundamentales del propio orden al que uno pertenece. Es la introducción del orden simbólico la que produce un cambio radical en nuestra relación con el goce. Por eso Lacan reformula la cita de Dostoievski. En lugar de decir que “sin Dios todo esta permitido”, afirma, por el contrario, que “sin Dios todo esta permitido”. Sin Dios, sin una ley que exija renuncia, no puede haber goce alguno. Por eso, la introducción de la Ley es un acto obsceno, uno que produce la posibilidad del goce que prohíbe. El goce requiere la barrera que la Ley proporciona. La entrada en la sociedad requiere la renuncia al goce, pero este goce no existe antes de su renuncia. Dicho de otra manera, al renunciar a el creamos retroactivamente, mediante nuestro presupuesto, un goce o completitud que nunca tuvimos. El incesto no es mas que otro nombre para el placer. En este sentido, el deseo es bien curioso porque traza un camino sin salida. Si nos acercamos demasiado al objeto del deseo, repentinamente este pierde su atractivo. En el fondo, el único fin del deseo es mas deseo. Deseamos porque no encontramos satisfactorio el sacrificio de nuestro disfrute. Pero el deseo, lamentablemente, no hace nada para superar esa insatisfacción. De hecho, el deseo es insatisfacción sostenida. Y esa insatisfacción sostenida es el estado normal del sujeto en la sociedad de prohibición. Pero, como esta sensación no es agradable, la imaginación proporciona un alivia, sin poner en peligro la estructura social.
El capitalismo, en sus manifestaciones mas recientes, según McGowan, ha desempeñado un papel crucial en la minimización de la prohibición en el orden social. La mercantilización de la vida cotidiana tiene el efecto de socavar las figuras de autoridad y, al mismo tiempo, enfatizar la importancia del disfrute inmediato, como prometen los anuncios comerciales con los que nos topamos continuamente. Para satisfacer la demanda que requiere el modo de producción monopolista es necesario reemplazar la ética protestante del trabajo, que prohíbe explícitamente el disfrute, por una que lo impone. Pero, en realidad, no es hasta el surgimiento del capitalismo global, con la caída del muro de Berlín, la ultima barrera al flujo de capitales en 1989, cuando el mandato a disfrutar se arraiga plenamente en la ideología capitalista. En lugar de vivir en una sociedad que prohíbe el disfrute, cada vez vivimos mas en una que lo impone. La economía del crédito que predomina en nuestra época es la forma mas evidente y rápida para que el sujeto capitalista busque su satisfacción. Sin la economía del crédito la sociedad del disfrute seria impensable. Pero, el mandato de disfrute en realidad va mas allá de la economía y abarca todos los aspectos de la cultura contemporánea.
Cuando la autoridad simbólica exige explícitamente que disfrutemos, podemos estar seguros de que hemos entrado en un mundo diferente. El declive de la autoridad paterna del padre edipico ha comenzado a dar paso a un nuevo orden en donde ha surgido un nuevo padre, uno que Zizek llama el “padre anal del goce”.
Y, sin embargo, la diferencia no es tan diferente. Si bien el orden social exige disfrute en lugar de sacrificio, esto no permite en absoluto que los sujetos dentro de dicho orden realmente disfruten mas que antes. La transformación, en cierto sentido, no existe. Es simplemente una transformación en la forma que no ocasiona ningún cambio sustancial en la relación entre la sociedad y el disfrute. A pesar de la recomendación del disfrute, el disfrute no ha florecido. De hecho sigue siendo tan esquivo como siempre. Y, peor aun, el imperativo a disfrutar lo hace aun mas difícil de lograr. Quien intenta obedecer el mandato de disfrutar no puede evitar sentir que de todas maneras no puede disfrutar plenamente. Y esta sensación es la que lleva a los individuos a moverse de un producto a otro, de un sitio web a otro, de un canal a otro, de una celebridad a otra o de un líder político a otro. Y, de todas maneras, cada novedad decepciona al sujeto contemporáneo, revelando perpetuamente la imposibilidad de cumplir con el imperativo a disfrutar que se manifiesta en la apatía generalizada, la agresividad, la depresión o el cinismo.
¿Por que el disfrute pleno siempre se nos escapa, a pesar de su imperativo? Según dice McGowan, porque el disfrute de la sociedad del goce siempre permanece imaginario. Es la imagen la que permite a los sujetos imaginar que cumplen con el mandato a disfrutar sin perturbar el funcionamiento de la estructura social. Hoy la imagen reemplaza a la palabra como medio predominante de transporte mental. Es el cambio del orden simbólico al imaginario, como podemos observarlo en la omnipresencia del cine, la televisión y el video y su impacto en las formas artísticas mas antiguas. El libro, que es la forma simbólica por excelencia, ya no ocupa el lugar privilegiado que siempre tuvo. Al valorar la imagen por encima de la palabra caemos victimas de la apariencia de revelación total que la imagen ofrece, en tanto que la palabra suscita sospecha. Pero el problema es que la imagen, en lugar de darnos un disfrute subversivo en lo Real, solo nos da un disfrute imaginario, que, convenientemente, resulta en una sociedad de súbditos cada vez mas dóciles.
Todas las imágenes que nos rodean invitan a un disfrute pleno... ¿cierto? Y, sin embargo, esta huida de nuestra falta de disfrute, es, en verdad, una mera ilusión. La imagen no escapa a la carencia, ni proporciona la plenitud o goce completo que promete. Al igual que todas las cosas, esta acosada por la incompletitud que su forma pretende negar. Una vía de escape que fortalece, en lugar de amenazar el orden social. Una transgresión imaginaria que solo encubre una mayor intolerancia hacia la transgresión real. Alternativas que antes parecían estar a la vuelta de la esquina se han vuelto ahora inimaginables. El universo del capitalismo global, según se cree, esta aquí para quedarse y es mejor no arriesgar nuestra posición dentro de el.
Marx y Engels observaron que la vida bajo el capitalismo tendía a ofrecer a los sujetos una sensación de libertad propia combinada con un aumento de la falta de libertad real. En la imaginación, decían, los individuos parecen mas libres bajo el dominio burgués que antes. Pero, en realidad son menos libres, porque están en mayor medida gobernados por fuerzas materiales... ¿No es esta noción de libertad a la que ellos se refieren bien similar a la actual noción del disfrute del capitalismo tardío?
Abandonar la figura simbólica del padre es en buenas cuentas, según Lacan, abandonar la imagen de un disfrute supremo que es la barrera que debemos sortear. Es aceptar que no hay disfrute real y que solo experimentamos fragmentos o pedazos, nunca una felicidad completa o definitiva. Solo podemos obtener felicidad indirectamente como beneficio secundario de nuestra actividad. Ser sujeto es ser inevitablemente incompleto, no porque se ha perdido algo, sino porque la incompletitud es originaria. El goce parcial implica, por tanto, la aceptación de que uno no puede escapar de la carencia originario que nos constituye. La ventaja del goce parcial reside justamente en su verdadera conexión con lo Real.
Nieves y Miro Fuenzalida.
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