Sunday, February 1, 2026

La Promesa

 

Por supuesto que la promesa siempre ha existido en todo sistema social, pero la novedad es que desde el momento en que el sistema capitalista   emerge la promesa pasa a ser parte esencial de su funcionamiento  económico... invertimos dinero con la promesa de ganancias futuras, trabajamos con la promesa de un salario mas alto, compramos un artefacto electrónico con la promesa de un acceso mas fácil a lo que queremos, etc. Según McGowan, el futuro encarna un tipo de satisfacción que el presente no puede ofrecer y que depende de la inversión en el sistema capitalista. Se acumula mas capital para algún día tener suficiente, se acelera el proceso de distribución para aumentar las ganancias futuras y uno compra para descubrir un placer potencialmente satisfactorio. Cualquier sensación de satisfacción con la condición actual tendría un efecto paralizante en cada de una de estas áreas económicas.

 

Y este, según McGowan, es el mismo problema que afecta la esperanza revolucionaria al participar de la lógica que intenta refutar. Y la consecuencia de seguir tal lógica es que nunca llegamos a ser tan revolucionarios como creemos ser. Desde Charles Fourier hasta Antonio Negri la idea de un futuro mejor ha impulsado a la izquierda en su critica del capitalismo. Jacques Derrida, por ejemplo, enfatiza la promesa emancipatoria que sustenta toda su política deconstructiva. Si la promesa promete esto o aquello, dice, ya sea que se cumpla o no, o que sea incumplible, necesariamente existe y, por lo tanto, cierta historicidad por venir.

 

 Es precisamente esta inversión en la promesa lo que debe abandonarse, junto con la insatisfacción inherente a ella.

 

¿Pero, no es el caso que romper con la promesa de un futuro mejor es teoréticamente insostenible si queremos mantener una postura critica? ¿como se podría ser critico sin tal promesa? Mas aun... ¿cuál podría ser el posible fundamento de la critica?

 

No hay una satisfacción mas profunda, ni mas autentica, que supere los antagonismos de la sociedad ni las fallas de la subjetividad, dice McGowan, a pesar de la promesa revolucionaria. No necesitamos creer en un futuro repleto de satisfacciones mas profundas para rechazar el capitalismo. La alternativa al capitalismo esta dentro del mismo capitalismo. La vara de medir para la critica no es la promesa de un futuro mejor, sino la estructura subyacente del capitalismo. La identificación o reconocimiento de esta estructura proporciona la clave para el surgimiento de una alternativa. El dominio capitalista depende de que no reconozcamos la naturaleza de su poder. Si nos concentramos, no solo en los horrores y defectos del capitalismo, sino en la satisfacción que lo acompaña podríamos entender la influencia que tiene en los que viven dentro de su estructura. Y el punto de partida de esta influencia o poder es la relación del capitalismo con el deseo. Es a nivel psíquico en donde descubrimos como realmente funciona el capitalismo.

 

Desde la perspectiva capitalista es indiferente que cultura lo germino y que cultura lo nutre. Lo verdad es que trasciende toda cultura y ofrece recompensas psíquicas radicalmente diferentes a las que ofrecen las culturas particulares. Su esencia es la acumulación. El sujeto capitalista es un sujeto que nunca tiene suficiente y busca continuamente mas y mas. U proyecto de acumulación incesante que se construye irónicamente en base a la obtención de un objeto final que va a proporcionar la satisfacción máxima y el fin de la acumulación. Es en este sentido que la imagen del fin del capitalismo esta implícita en su estructura. Pero si este fin no llega y el sistema perdura es porque este objeto de satisfacción total que el sujeto quiere, en ultima instancia, no existe. El fin ultimo de la acumulación, no importa a que aspecto del sistema se refiera, es inalcanzable. El productor debe producir mas para ganar mas dinero, el distribuidor debe distribuir mas para maximizar las ganancias y el consumidor debe consumir mas para encontrar el objeto verdaderamente satisfactorio. En cada caso la falta de acumulación suficiente esta inscrita en el sistema  y, paradójicamente, es la fuente de la satisfacción que este  le ofrece al sujeto. Con toda la variedad que encontramos en el universo capitalista, la única constante es el mandato de acumular que opera en la psique de cada sujeto capitalista. Cualquier lucha en contra del sistema capitalista debe comenzar con la inversión psíquica en la promesa de acumulación que este requiere. El vinculo entre el capitalismo y la psique proporciona la clave para comprender su atractivo.

 

La cosa va mas o menos así. El capitalismo exige la acumulación y promete una satisfacción que no puede proporcionar. Este fracaso tiene su origen en la estructura de la psique del sujeto  y en la forma en que este encuentra satisfacción. La psique, aunque parezca extraño, se satisface inconscientemente  al no lograr su deseo y el capitalismo le permite al sujeto perpetuar esta fracaso, creyendo al mismo tiempo que persigue su éxito. Un sistema que permite visualizar la posibilidad de una satisfacción que estructuralmente es inalcanzable, y a la vez permite que la verdadera fuente traumática de nuestra satisfacción permanezca inconsciente. El sujeto desea el objeto, pero la verdadera fuente del deseo no es el objeto, sino la ausencia del objeto. Esta doble situación crea un sistema con un poder de permanencia desmesurado, un sistema que pareciera estar escrito en nuestra estructura genética.

 

Pero, a pesar de todas las apariencias, el capitalismo no es el resultado de la naturaleza humana. Los apologistas que insisten en este punto lo hacen para mantener la idea de que tal sistema es inevitable. Asociar el capitalismo con la naturaleza humana es un gesto ideológico, pero la impresión de que el capitalismo encaja con nuestra forma de desear no es completamente ideológica. Es cierto que el atractivo psíquico del capitalismo esta relacionado con la naturaleza de la subjetividad humana, pero esta subjetividad en si misma es antinatural, una función no de procesos naturales, sino de una disyunción con el mundo natural. Si bien el desarrollo del capitalismo no fue necesario, es posible, sin embargo, comprender su auge y permanencia en términos de una psicología humana dispuesta a involucrarse en este sistema.

 

Si somos capitalista no es por ser animales, dice McGowan, sino porque estamos fundamentalmente alejados de nuestra animalidad. La mercancía no satisface una necesidad natural, sino un deseo distorsionado por el significante, la palabra, que es el medio que define las interacciones humanas. En lugar de sentir hambre y comer la manzana mas cercana, el humano buscara una satisfacción que trasciende la manzana a través de la manzana. Una manzana nunca es suficiente. En el mundo de la significación, la no coincidencia de la manzana consigo misma se vuelve evidente y la manzana empírica deja de resultar satisfactoria. Como objeto de necesidad, la manzana es solo una manzana y puede satisfacer la necesidad. Pero después de la introducción del significante, la auto división de la manzana le permite significar algo mas allá de si misma... lo que es jugoso y delicioso, lo que aleja al medico, lo que connota el pecado original, el logo de una compañía digital, etc. Un suplemento que se adhiere en la forma de significante, un exceso irreductible al objeto. Y este exceso unido a la manzana le produce una satisfacción al sujeto que una manzana por si sola nunca puede lograr.

 

El mundo se nos aparece como un conjunto inmediato de elementos dispuestos para que los percibamos como queramos en donde el significante permanece en la sombra. Pero es este, aunque no lo percibamos, el que distorsiona lo que percibimos y modifica los elementos con los que interactuamos. Cada objeto adquiere el matiz que le otorga el sistema de significación. El objeto de necesidad se convierte en objeto de deseo. Pero, desde el momento en que el sujeto se enfrenta a objetos divididos, nunca puede obtener un objeto que le permita realizar su deseo. Aunque el capitalismo no puede dar tal objeto, lo que hace es transformar la imagen del objeto. Como mercancías, los objetos se presentan como un todo. El capitalismo no elimina la división del mundo que se refleja en la significación, la distancia que separa el significante del significado, pero la presenta como un obstáculo contingente, no necesario, para ocultar su estructura inherentemente traumática.

 

Producimos o consumimos mercancías adicionales para realizar nuestro deseo definitivamente, pero el problema es que nunca logramos esta realización, de la misma manera que usamos otros signicante para definir un significante, otras palabras para definir la palabra, sin resolución final. Aunque es evidente que una palabra siempre lleva a otra, no lo es tanto en el caso de la mercancía. Y, sin embargo, al igual que la palabra, una mercancía siempre lleva a otra, sin una satisfacción final... ¿por que?

 

Según Lacan, la perdida originaria del objeto, digamos, de completitud, como ilustra el mito religioso de la  de la expulsión del Paraíso, es lo que orienta el deseo del sujeto, aunque realmente nunca tuvo tal objeto. En el capitalismo la perdida del objeto adquiere un estatus sustancial y accesible en la forma de la mercancía. De acuerdo con esto nuestra menesterosidad es un hecho empírico, en lugar de uno ontológico. Pero no para Freud. En “Mas allá del principio del placer” comienza a concebir al sujeto  a través de su perdida constitutiva. El sujeto encuentra satisfacción, dice, en repetir la perdida y su satisfacción es inseparable del fracaso. Extraño... ¿cierto? Porque, por supuesto, nadie se propone fracasar conscientemente. La consciencia se orienta en torno a proyectos que aspiramos alcanzar y si fracasamos es solo una cuestión contingentes que tratamos de remediar intentándolo de nuevo. Sin embargo, inconscientemente, dependemos del fracaso para nuestra propia satisfacción. Es la ausencia del objeto y solo su ausencia lo que lo hace satisfactorio. Una vez que lo obtenemos empieza a  perder su atracción y empezamos a desear otro objeto.  La ausencia nos anima y nos impulsa a actuar de una manera que la presencia no puede. Sin esta ausencia seriamos incapaces de actuar y careceríamos del impulso, incluso, para suicidarnos.

 

La inversión en la promesa  de obtener con éxito el objeto ausente, de lograr la completitud y ultima satisfacción con la mercancía adecuada, es esencial para la perpetuación del capitalismo. Si el antiguo producto proporcionara esta satisfacción, el capitalismo simplemente dejaría de funcionar. Su adherencia a la fantasía del éxito, a expensas de la necesidad del fracaso, es esencial para su funcionamiento. La ilusión de la promesa debe permanecer irrealizable. Si la vieja mercancía no nos satisface, la promesa de la nueva por venir mantiene viva la fantasía.  

Cuando reconocemos que ningún objeto  proporcionara la satisfacción máxima, dice McGowan, es cuando podremos desligarnos psíquicamente del sistema capitalista y rechazar el papel que jugamos en su incesante reproducción. Este rechazo, por supuesto, no derriba el capitalismo, pero es la condición necesaria para una política revolucionaria.

 

Nieves y Miro Fuenzalida.


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