Sunday, May 31, 2026

El fin del marxismo

 

¿No será que los rumores de su fin son demasiado tempranos? A pesar de que no domina el campo político y teórico como en el siglo pasado, su sombra fácilmente la podemos distinguir por aquí y por allá, capaz de proveer todavía un mapa cognitivo del posmodernismo y el contexto cultural, social y político del capitalismo contemporáneo.

 

El posmodernismo, al desplazar el marxismo junto con la gran narrativa, innegablemente ha planteado importantes cuestiones sobre la historia, los medios de comunicación, el genero, los textos culturales, la subjetividad, la identidad y la raza, entre otros. Sin embargo, ninguna de estas cuestiones pueden abordarse plenamente sin considerar la dinámica de la mercancía y las clases de la sociedad capitalista. Y, como argumenta Matthew Flisfeder, donde mejor podemos ver esta dinámica es en la reacción critica del posmodernismo al modernismo.

 

El modernismo se caracteriza por la novedad y la búsqueda del progreso y la utopía. Es la época de descubrimientos científicos, de nuevas tecnologías de producción, del auge de la industria y la comunicación de masas, de una nueva forma de ver y comprender el universo y, sobre todo, de la novedad y la transgresión. Pero, al mismo tiempo, todas estas maravillas se vieron contrarrestadas por fuerzas contradictorias tales como el auge del poder corporativo, la profundización de la lucha de clases y el desarrollo de la industria moderna.

 

A mediados del siglo XIX con el avance de las nuevas tecnologías de representación, como la fotografía y luego el cine, el arte dejo de centrarse en la representación directa y la verosimilitud y comenzó a enfocarse en el medio de expresión en si mismo como objeto artístico. De ahí la expresión del “arte por el arte”. Liberado de la mera representación y misión ilustrativa el arte se propuso transgredir constante e inevitablemente lo antiguo y normativo, separándose del ámbito cuotidiano, social y político. Es dentro de esta atmosfera donde encontramos el surgimiento de diversos formalismo modernos y practicas y manifiestos artísticos revolucionarios desde el impresionismo de Renoir y Manet hasta el cubismo de Picasso, el futurismo italiano de Marinetti, el expresionismo de Van Gogh y Munch, Duchamp y el dadaísmo, el surrealismo de Dalí y, finalmente, el expresionismo abstracto de Pollock. Es aquí donde con mas claridad la novedad se revela en contra de todo lo que es normativo.

 

¿Pero, que pasa cuando la novedad y la transgresión de la norma se transforman en la norma? ¿Cuando la Avant-Garde se institucionaliza? ¿Cuándo la cultura de consumo dominante es capaz de absolver los signos y símbolos de la subcultura? El imperativo capitalista de la mercantilización total y la institucionalización del arte transforman las propias practicas de subversión del arte moderno en la ideología dominante. El posmodernismo surge cuando la subversión deja de ser subversiva, cuando lo nuevo y transgresivo en el arte y la cultura se normalizan y legitiman. En buenas cuentas, cuando la institucionalización y la mercantilización del arte moderno convergen.

 

Con el auge del capitalismo, según el análisis marxista, potencialmente todo, incluyendo el arte, puede convertirse en una mercancía para su venta, empezando con la mercantilización de la fuerza del trabajo que el capitalista compra y luego usa para obtener una mayor ganancia o plusvalía, la fuente de explotación del sistema que permanece oculta, tanto para el trabajador como para el capitalista. La mercantilización del arte,  por ejemplo, que era privilegio de la nobleza, contribuyo a su democratización al ponerlo al alcance de todos, siempre y cuando puedas pagar por el. Y es el precio lo que justamente muestra la tensión existente entre igualdad y mercancía. Es en este sentido que la democratización de la cultura es solo aparente en el capitalismo.

 

Ahora bien, si la mercantilización universal se equipara mediante el intercambio de dinero... ¿qué pasa con la ética avant-garde del “arte por el arte”, que se considera autentico por su singularidad? La mercantilización del arch, equiparándolo con el dinero, y como ocurre igualmente con otros productos, devalúa la autenticidad del arte. La reproducción masiva del objeto artístico lo hace mas democrático, pero su reproducibilidad degrada parte de su valor, le roba su autenticidad convirtiéndolo en mera cultura de masas. La reproducción de la Mona Lisa en tasas de café, delantales de cocina o tarjetas postales hacen insignificante la experiencia del objeto original que cuelga en el Louvre. Lo irónico es que el arte moderno lucho justamente en contra de esta mercantilización y trato de crear una esfera  separada del mercado y por encima de la cultura de masas para la valoración del arte. El objetivo del artista de vanguardia era, en el fondo, elevar su arte al nivel de lo absoluto. El posmodernismo, en cambio es, en parte, una reacción a este tipo de elitismo y busca disolver la distinción entre alta y baja cultura. El intento es comprometerse con la cultura popular de una forma que antes no existía. Si el arte tiene que ver con la cultura, entonces debe reflejar la cultura mercantilizada vivida en la realidad del capitalismo actual donde mercancía y cultura son inseparables. Las líneas entre arte y mercancía pierden sentido en la lógica cultural del capitalismo tardío, cuyo ejemplo paradigmático es la obra de Andy Warhol “Tarros de sopa Campbell”.

 

Con el posmodernismo, entonces, la autonomía relativa que separaba la esfera cultural de la economía parece haber desaparecido. Según el teórico Fredric Jameson, esto se debe a la influencia estructuradora de los cambios producidos por el modo de producción del capitalismo contemporáneo. La cultura del capitalismo tardío ha posibilitado la mercantilización total del espacio haciendo prácticamente imposible encontrar una cultura, culta o popular, que no se vea afectada por la creciente influencia del capitalismo multinacional.  

 

Y es en este sentido que, a diferencia de la cultura modernista que intenta distanciarse de lo político e ideológico creando una esfera autónoma, el posmodernismo es mas auto reflexivo respecto de sus propios contextos políticos e ideológicos, como indica la autora canadiense Linda Hutcheon. La parodia de todo tipo de representación y con el uso de la ironía, el posmodernismo demuestra que todas las formas de cultura se fundamentan en la ideología y, por lo tanto, no pueden eludir sus contextos políticos, como ya Marx había sugerido. Dentro de este marco,  las representaciones ahora se entienden como producción de la ideología y, del mismo modo, la ideología se considera como un sistema de representación. Es el reconocimiento de que nuestro conocimiento del mundo viene cargado de significaciones sociales e ideológicos y nunca proviene de un lugar neutro u objetivo. El arte posmoderno, según Hutcheon, permite desconstruir las convenciones normativas dentro y entre diferentes formas de representación. A través de la parodia, la ironía, el pastiche y la autorreflexión el posmodernismo es capaz de legitimar y subvertir la cultura al mismo tiempo. 

 

Es en el pastiche, por ejemplo, donde el pasado se presenta como un estereotipo de si mismo, sin reconocer sus orígenes históricos, convirtiéndolo en una mera simulación o simulacro, digamos, una copia del pasado sin referencia al original. Con la perdida de la historia en el posmodernismo se produce una aparente ausencia de cualquier referencia a una realidad subyacente. Con la hiperrealidad de Baudrillard, por ejemplo, al romper la cadena significante, se pierde el acceso a una realidad mas profunda que yace bajo la superficie de la representación y con lo que nos encontramos ahora es con un entorno impregnado de simulaciones que preceden a la realidad, como hoy lo vemos claramente con la explosión de imágenes digitales generadas por la IA. La hiperrealidad nos aleja de la antigua distinción entre realidad e ilusión, de la creencia de que la representaciones es una distorsión de la realidad o de que hay esencias bajo la apariencia superficial. Ahora, la representación es constitutiva de la realidad en el sentido de que no hay significado de la realidad fuera de la representación, incluyendo el sujeto, que ahora pasa a ser un efecto del discurso o representación, como afirman los posestructuralistas.  Esta concepción de lo hiperreal implica obviamente un rechazo al materialismo histórico y el privilegio del modo de producción. En lugar de la producción como principio organizador de la sociedad, la cultura posmoderna se estructura en torno a los medios digitales, la informática, la cibernética y los medios de simulación, a lo que habría que agregar, como factor contribuyente al surgimiento posmodernista, el cinismo político como respuesta a las practicas dictatoriales del régimen soviético y el fracaso de la izquierda en los sucesos de Mayo del 68 que impacto profundamente el discurso teórico que desvía la atención del objetivo emancipatorio del materialismo histórico hacia un mayor enfoque critico de los estereotipos culturales y la política de la identidad.

 

Lo característico de este cinismo político contemporáneo es que estamos plenamente conscientes de los problemas que enfrentamos... la amenaza de una catástrofe ecológica, la profundización de las crisis económicas, la deuda personal y nacional, las políticas de austeridad y la reducción de los servicios públicos y sociales, las guerras por el control de los recursos naturales, la inmigración masiva, el racismo, el sexismo, el fundamentalismo, el asalto a las conquistas democráticas y el surgimiento de lideres políticos autoritarios. Todo esto lo sabemos. No es una cuestión de falsa consciencia, lo que indica que la ideología se vuelve operativa mediante la practica de la negación... lo sabemos muy bien, pero igual seguimos actuando como si nada de esto estuviera pasando.

 

En realidad, una interpretación marxista del posmodernismo permite discernir en él los paralelismos que mantiene con los desarrollos actuales de la sociedad capitalista. Como nota Jameson, la lógica cultural del capitalismo tardío no puede ser analizada sin su relación con el auge del neoliberalismo y el predominio del capital financiero. Es esta relación la que permite entender la lógica subyacente de la ruptura de la cadena significante, el predominio de la imagen en desmedro de la autoridad simbólica y el concepto posmodernista del presente perpetuo. Deleuze y Guattari, igualmente, vinculan la desconstrucción del significado en el capitalismo tardío con el mercado. En este marco es imperativo trascender las barreras que puedan prohibir o limitar el intercambio en aras de obtener mayores ganancias. El capital financiero por ejemplo, siguiendo la lógica política del neoliberalismo, desmantela los mecanismos estatales que limitaban el comercio y el intercambio de bienes financieros. Las finanzas, sin embargo, son justamente los mecanismo de endeudamiento del futuro. Financiar significa que endeudamos nuestro futuro para pagar las cosas del presente. De esta manera, el futuro parece no surgir nunca porque ya ha sido tomado prestado. Al final terminamos trabajando constantemente para devolver lo que hemos pedido prestado de nuestro futuro. Asi, vivimos en un presente perpetuo... ¿podríamos decir que en todos estos análisis todavía es posible ver la sombra de Althusser?

 

Según Mark Fisher el “realismo capitalista” es lo que surge después del posmodernismo, que en sus inicios todavía era concebible una alternativa al capitalismo. Pero hoy, después de mas de tres décadas, no parece existir ninguna alternativa viable, por lo que no es raro que en el cine y la literatura la distopia haya reemplazado a la utopía.

 

Nieves y Miro Fuenzalida.


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