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Sunday, April 5, 2026

Ateísmo?... Si, por favor

 

¿De donde viene esa idea de que detrás del telón hay alguien  que creo y controla el universo? ¿De que vivimos en un mundo planificado que contiene una intención y propósito? Por milenios esta creencia ha dominado la mente humana...  pero no a todas. Algunas han adoptado una  actitud mas escéptica, algo así como una especie de ateísmo místico... no el rechazo humanista de la religión, sino el rechazo religioso de Dios.

 

De hecho es en la idea del propósito como categoría ontológica ultima donde la idea de Dios vive y respira, incluso cuando la palabra “Dios” esta ausente. La intencionalidad como fuente y medida insuperable de todo lo que sucede es la esencia de la idea monoteísta.

 

Según cuenta Brook Ziporyn, autor de “Experiments in mystical atheism”, la historia va mas o menos asi... Sin mayor exageración se podría decir que la conducta intencional es el origen de todo lo que sucede. Una creencia animista casi universal que concibe todo lo que ocurre como la acción de espíritus. Es la idea de que los eventos, cualquiera que estos sean, requieren un agente, un hacedor, al igual que nuestra propia capacidad de acción... deseo levantar mi mano, por ejemplo, y mi mano se levanta. La mente hace que las cosas sucedan ¿y para que levanto mi mano? Para alcanzar mi propósito. La causalidad ultima de todos los acontecimientos se busca, finalmente, en lo personal, en las intenciones con  propósitos ejercidos por seres conscientes... ¿Qué premisas permitieron que esta idea se arraigara como una explicación seria del mundo?

 

A pesar del hecho de que alguna forma de dios supremo, dios principal, dios gobernante o dios creador es una invención bastante común en el mundo antiguo, la verdadera invención de la idea clave del monoteísmo se encuentra en Platón, que permitió repensar los primeros versículos del Génesis de una manera que desde entonces ha ejercido una poderosa influencia.

 

Como generalmente se dice, la filosofía comenzó en Grecia cuando Tales de Miletus sugirió que el agua era el Arche de todos los demás elementos, lo que verdaderamente sustentaba y explicaba a todos. Anaximandro, discípulo de Tales, propuso el apeiron, lo ilimitado o infinito, como el origen de todo y que esta relacionado con el caos primordial, carente  de definición, medida, limite y orden. El apeiron sugiere la ausencia de cualquier posibilidad de exclusión de algo por algo, la falta absoluta de limites o reglas internas definidas que no admiten identidades fijas o definidas, ya sea  en su conjunto o en sus partes internas.

 

Sin embargo, esta interpretación rápidamente fue usurpada por Anaxágoras dándole un significado nuevo y contrario, que marca el inicio de la tradición teísta que roba y domestica la infinitud y el caos inagotable del hábitat natural. Según este pensador griego ninguno de los elementos materiales finitos puede ser el Arche. Ni el apeiron, el infinito puro de Anaximandro, ni el paradójico y fluido fuego del Logos de Heráclito, ni el amor y odio de Empédocles, ni la proporción armónica de Pitágoras pueden ser el Arche. Solo el Nous, la inteligencia, la consciencia o mente es el primer principio. En su significado mas simple y directo, es la mente en su modo activo y con propósito, como cuando se intenta lograr algo o resolver y guiar las acciones del cuerpo. coordinando los fines con los medios. En breve, es la mente al mando, mente como voluntad, mente como organizadora y diseñadora. Y por eso Sócrates la ve inmediatamente como un principio explicativo. En el Phaedo de Platón, a la víspera de su muerte, cuenta que tenia un libro de Anaxágoras en el cual leyó que la mente era la que dispone y causa todo, idea que le pareció admirable porque, si es la mente que dispone todo, lo dispone para bien colocando cada particular en el mejor lugar.  Este es el momento en que Platón, en esta obra, literalmente dramatiza la invención de la idea central del monoteísmo. Es aquí donde vemos las verdaderas implicaciones de la nueva concepción platónica de “Dios”. Lo que resalta en los pasajes del texto es la fusión de cinco conceptos... El Bien, la conciencia, la causa ultima, el propósito y la unidad. La premisa clave es una cierta experiencia de voluntad consciente que se identifica con ese aspecto de uno mismo que sabe de antemano lo que quiere e intenta lograrlo unificando todos los esfuerzos. El propósito se privilegia considerándolo como lo que realmente hace que las cosas sucedan.

 

Este es el modelo fundamental, según Ziporyn, en torno al cual giran la dialéctica del Parménides, la teoría de las Formas en la Republica y los otros diálogos intermedios y que continuará rondando mas allá, como ciertamente lo vemos en las tradiciones platónicas, en el anti trascendentalismo de Aristóteles y su reorientación neoplatónica, en las teologías negativas abrahmánicas y también, aunque parezca extraño, en el humanismo secular. Este modelo platónico es el núcleo, digamos la esencia misma, del monoteísmo, incluso si el Dios omnipotente aun no se ha formado plenamente.

 

A diferencia de este modelo, no seria arriesgado afirmar que el infinito, a diferencia del propósito, es el principio explicativo y marcador inicial del ateísmo, como lo vemos inicialmente en el apeiron de Anaximandro, el atomismo de Demócrito y los epicúreos en los que el infinito es sinónimo de falta de forma o características determinadas y definidas. Un universo sin Dios, en ausencia de cualquier razón o propósito que lo justifique. Cuando el creyente ve la belleza de una flor ve la mente que quiso crearla, amarla y cuidarla. Es la manifestación de un propósito, de una inteligencia que realiza algún tipo de función. Cuando el ateo observa la flor, ve mas bien una concreción concentrada del azar, de la falta de propósito, de la no intencionalidad y ausencia de forma del infinito. Aquí uno podría decir que, como escuchamos a menudo, Dios también es infinito. Pero, la cosa es que la misma idea de Dios entra en conflicto con la idea de finitud. Dios es mente como causa e inteligencia, como elección y propósito que están necesariamente supeditados a la finitud. La esencia del propósito o preferencia es la exclusión de lo no preferido. Dios, inteligencia como causa es, desde el principio, la exaltación de la finitud. Dios, en buenas cuentas, es la conspiración en contra de la infinitud, de esa que abarca toda transformación y estado posible, la que produce la variedad infinita de entidades finitas no planificadas, pero que no se restringe a ninguna forma finita particular.

 

Lo novedoso y decisivo de la idea monoteísta no es solo que los eventos sean causados por mentes, como en el animismo, sino que el animismo se ha llevado al extremo al basarse en una forma especifica de unidad. Todas las cosas no solo son causadas por la mente, sino que todas son causadas por una sola mente. Lo que implica que, en ultima instancia, todas las cosas son parte de un sistema único de propósitos. En el hecho, lo que ha ocurrido aquí es que el propósito se transforma en la categoría ontológica suprema donde la idea de Dios vive y respira, incluso cuando la palabra “Dios” esta ausente.

 

¿Pero, entonces, cual es el problema que nuestras acciones o, incluso, la vida misma tengan un propósito? ¿No es esto lo que le da sentido a nuestra existencia? ¿Y no es obvio que los valores mismos se definen por su relación con un propósito?  

 

Lo paradójico es que los propósitos de control conscientes pueden, e incluso deben, interpretarse como un medio, pero el objetivo ultimo, el punto de referencia o ideal regulador que informa todos los propósitos es la ausencia de propósito, lo incontrolado e inconsciente como el verdadero lugar, o al menos la verdadera fuente del ser y valor... ¿como asi?

 

Con la idea del Dios monoteísta, el propósito se convierte en la fuente, fin y significado de todas las cosas. La categoría mas alta, en contraste con la falta de propósito que se minimiza y desprecia. El problema con esto es que una vez que aceptamos la idea de un propósito pre existente nos condenamos a un eterno retroceso de insatisfacción. Si el propósito de A es B ¿cuál es el propósito de B? ¿Es C? y, en ese caso ¿ cual es el propósito de C?  Un vez que empezamos a preguntarnos no podemos detenernos ¿cierto?... ¿cuál es el propósito del Universo? Y, mas aun ¿cuál es el propósito de Dios? Al parecer es el deseo de evitar el retroceso infinito. Según se dice Dios es “su propio propósito”. De lo contrario toda la cadena de propósitos perdería sentido. Lo que en verdad es bastante irónico. Todo el problema solo surge precisamente porque se ha priorizado absolutamente el propósito. El propósito crea la enfermedad y la deificación del propósito se ofrece como cura.

 

¿Hay alguna salida a esta forma de arreglar las cosas? Una seria privilegiar algunas experiencias propias que se consideran intrínsecamente valiosas, fines en si mismas que, al parecer, se presentan como una ruptura con la estructura de subordinación de los medios a los fines. En la versión atea secular de las culturas humanista, el propósito ya no se sitúa al comienzo de la existencia, sino al final de toda acción y es el criterio de todo valor. Cuando Dios desaparece de la escena, la obsesión con el propósito continua, ya sea en la forma de hedonismo sensual o en su forma mas refinada como en los logros culturales, tecnológicos o artísticos. En ambos casos la estructura es la misma... X existe para “el bien de” Y. La subordinación es la clave y el propósito consciente termina por dominarlo todo.

 

Aquí uno fácilmente  podría decir... por supuesto, de eso justamente se trata. Sin embargo, si no le tememos al supuesto nihilismo que niega la primacía ontológica o existencial del propósito y nos atrevemos a cuestionar la estructura misma del significado, del propósito, de la razón de ser de las cosas o el valor de los valores, se nos aparece un cuadro bien diferente. Si miramos bien las cosas, nos encontramos con que la falta de propósito posibilita los propósitos. Tener un propósito es preferir un resultado sobre otro y, en lo posible, eliminar los resultados no deseados. La falta de propósito, en contraste, no excluye el propósito. Al contrario, lo incluye, lo permite e, incluso, según la perspectiva taoísta, lo genera. Pero no se trata de uno solo sino de muchos, quizás infinitos, que permanecen integrados en una ausencia de propósito mayor, pero sin ser contradichos o socavados por ella. El cosmos monoteísta, en ultima instancia, excluye por completo la ausencia de propósito, la no dualidad y lo no personal. Es el intento de excluir todo aquello que no se ajusta a el. En cambio, la falta de propósito, en sentido ontológico o existencial, por definición, no excluye nada. Es mas bien la aceptación de resultados imprevistos, incontrolados e indeterminados. La falta de propósito es una apertura. Es lo que escapa al control de cualquier propósito individual, lo que desbarata cualquier intento de control monolítico, lo que abre cualquier propósito  a otros propósitos alternativos.

 

La falta de propósito, por ultimo, es la matriz fecunda de la que surgen los propósitos y la falta de propósito que escapa al control de cualquier propósito. En lugar de buscar respuestas definitivas, el místico ateo busca una manera de no tener tales respuestas. Es el cierre, lo definitivo, la naturaleza univalente del mundo a lo que se objeta y Dios es el que impone este cierre. El “Gran Otro” no existe, como decía Lacan, y este es el verdadero ateísmo.

 

Nieves y Miro Fuenzalida.



Sunday, September 28, 2025

Dios es el inconsciente

 

Caminando en un claro del bosque disfruto de la hierba salpicada de arboles y rocas, de las mariposas, la brisa  y el canto de los pájaros que rompen el silencio. De pronto, el susurro de las hojas a mi espalda indica la presencia de otra persona. Todos los objetos quedan inmediatamente relegados a un segundo plano. Mi atención ahora se dirige exclusivamente a esta nueva aparición. Su inesperada irrupción me provoca una cierta inquietud, una ligera sensación de ansiedad. Lo que capto con el crujir de las hojas no es solo que hay alguien detrás de mi, sino que soy vulnerable.... ¿cuál es su intención? ¿qué esta tramando? ¿qué quiere?

 

¿No indica esta experiencia que en algún nivel elemental hay en mi semejante algo que despierta mi ansiedad? ¿algo desconocido e inquietante? Según el escritor Richard Boothby nuestras relaciones cuotidianas con los demás, reducidas a pequeñas conversaciones, no solo son engañosamente superficiales, sino que en el fondo funcionan para ocultar una confrontación abismal con algo extraño y enigmático. Lacan, siguiendo a Freud, teoriza este algo con su concepto de das Ding, “la Cosa”, el eje primordial alrededor del cual giran los efectos del inconsciente, la causa motriz inaccesible mas elemental de la conducta y deseos humanos. Y, podríamos agregar, la fuente incomparable de la ansiedad. Es Sartre quien ya hizo notar que ese estado especial se anuncia con una mayor intensidad por la forma en que el otro me ve. Prácticamente no hay cultura en la que el cruce de mirada no este rodeado de poderosas prohibiciones no escritas. En la mayoría de las situaciones el contacto visual no debe mantenerse por mas de dos segundos. Si se prolonga, inevitablemente plantea preguntas inquietantes... ¿por qué me mira? ¿qué es lo que busca? El encuentro de miradas plantea el espectro del das Ding, ese abismo insondable que habita en el otro. Y esa “Cosa”, ese vacío enigmático, es esa parte de nuestra vida mas intima que proyectamos fuera de nosotros. En la confrontación con “la Cosa” lo que esta en juego en ultima instancia es el propio devenir del sujeto. Lo cuestionable en el Otro es, en buenas cuentas, lo cuestionable en uno.

 

El punto clave aquí, en todo caso, es no ceder a la tentación de reificar  o sustancializar “la Cosa”.  Esta, en verdad, no es una cosa en absoluto. Como dice Lacan, “La Cosa es también la No-Cosa”. Algo que no tiene existencia objetiva alguna. Mas bien un lugar de pura falta, una zona de algo desconocido. En otras palabras, el marco vacío de la fantasía que ruega ser llenado con contenido, paro que nunca puede ser satisfecho.

 

Y esta “Cosa” de alguna manera esta íntimamente conectada con la religión. Según Lacan “la verdadera formula del ateísmo es que Dios es inconsciente”. El asombro ante lo divino, dice, surge nada menos que de esta “Cosa”. La religión, incluso considerando su vertiginosa gama de expresiones culturales, simbólicas, morales y sociales, con toda sus complejidades y diferencias es, en el fondo, una formación sintomática centrada en la relación con lo desconocido en el Otro. La sensibilidad religiosa, al igual que para Rudolf Otto, se orienta hacia un “mysterium tremendum”, con la salvedad crucial de que el misterio en cuestión tiene menos que ver con los orbes celestiales que giran sobre nuestras cabezas que con nuestras tensas relaciones con el Otro humano que encuentro junto a mi. Y donde finalmente vemos esto con toda claridad es, nada menos, que en el cristianismo... ¿como así?  

 

Una de las razones de que la religión ha persistido y continuara persistiendo a través de la historia es su tremenda capacidad de segregar significado. Puede dar sentido a absolutamente cualquier cosa y en especial a la vida humana. Este es su poder y este es el poder que encontramos especialmente en el Cristianismo. Como nota  Boothby el Cristo crucificado es, sin duda, el Dios mas improbable jamás concebido. Un profeta fracasado, un Dios mendigante y perdedor. Un Dios moribundo que tras de ser escupido y golpeado, es ejecutado de la manera mas atroz e ignominiosa imaginable. No es extraño que sus seguidores quedaran traumatizados por su crucifixión. Su reacción inicial, tras la promesa de la llegada inminente del reino, fue de una desilusión devastadora. Su divinidad fue declarada definitivamente solo en retrospectiva. Y la paradoja final es que su muerte horriblemente degradante ha sido el evento que planteo una inversión extrema de la lógica del poder divino. La solución del apóstol Paulo fue concebir la crucifixión como un sacrificio redentor. La muerte voluntaria de Jesús se convierte en el medio por el cual los pecados de la humanidad serán perdonados. Aquí el contraste con el judaísmo y todas las otras religiones y tradiciones paganas no puede ser mas evidente. En todas ellas son los mortales los que ofrecen sacrificios a Dios. En el cristianismo, la dirección del sacrificio se invierte. Es Dios quien se sacrifica por los humanos. Y, a pesar de lo increíblemente distintivo de este evento, el rasgo definitivo que últimamente distingue a Jesús de todos los demás es su simple y radical mensaje de amor, diferente al que se encuentra en Torah... “Ama a tu prójimo como a ti mismo” porque “El reino de Dios esta dentro de vosotros”. Habéis oído que se dijo “Amaras a tu prójimo y odiaras a tu enemigo” Pero yo os digo “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen...”

 

Jesús renuncia a apelar a un Dios trascendente en favor de uno totalmente inmanente. Desde una perspectiva lacaniana, según Boothby, el acontecimiento innovador de la enseñanza de Jesús  consiste en localizar lo divino directamente y sin reservas en el abrazo del prójimo. Es la invitación a abandonar toda postura defensiva o angustiante hacia lo desconocido a favor de una apertura radical, de una aceptación sin vacilaciones del Otro, incluso si parece amenazante, ajeno y angustiante.  Un amor que solo puede ocurrir contra lo mismo y que rompe el tribalismo comunal. La clave del verdadero significado radica al final de la frase “... como a ti mismo”. La apelación a uno mismo indica que una apertura hacia el Otro esta inevitablemente ligada a una apertura a lo ajeno y amenazante en uno mismo. Psicoanalíticamente significa una apertura al inconsciente. Lo extraño en el prójimo evoca lo que hemos reprimido, lo que amenaza la estabilidad del propio ego. Lo desconocido en el prójimo se presenta, por tanto, teñido de maldad cuya perspectiva mas temible es su correspondencia con el “mal” no reconocido que yace en uno mismo y al que uno no se atreve a acercarse.

 

Cuando Nietzsche anuncio la muerte de Dios esta era ya una vieja noticia. Prácticamente dos siglos antes el cristianismo ya había anunciado la muerte del mito de un ser divino que se supone habita en un mas allá inaccesible y trascendente. La crucifixión comunica la entrada de Dios en lo humano y con ello niega la trascendencia. Lo que distingue al cristianismo, dice Hegel, es su aceptación radical de la abdicación de Dios. Con el giro ateo del cristianismo se derrumba la triangulación religiosa pagana y judaica al excluir a Dios como intermediario. Según Zizek, la perdida de un Dios trascendente que garantiza el sentido del universo, del Maestro oculto que mueve los hilos y nos vigila, nos deja solos con la terrible carga de la libertad y la responsabilidad por el destino de la creación y de nosotros mismos. Las consecuencias de esta perdida asusta por lo cual no es extraño que los cristianos prefieran quedarse con la cómoda imagen de un Dios sentado allá arriba, velando benevolentemente por nuestras vidas.

 

Como nota Boothby, la historia del cristianismo es la historia del alejamiento de la confrontación abismal que la crucifixión plantea. La tarea ha consistido en una reversión defensiva del mensaje radical y prácticamente imposible de lograr del profeta Nazareno y su reemplazo por el recurso defensivo del dogma que genera una variedad de creencias canónicas que representan, en ultima instancia, una defensa reactiva contra el núcleo mismo del cristianismo. El cristianismo organizado y teológicamente articulado por la Iglesia funciona casi inevitablemente como su propio Judas. El impacto traumatizante del mensaje de Jesús muy pronto provoco la intensa necesidad de restabilización. El punto mas obvio a destacar es el intenso esfuerzo de la teología cristiana por restablecer la trascendencia de Dios apoyándose en la metafísica griega platónica centrada entre la realidad finita y material y la pureza ontológica de lo suprasensible. En la versión paulina del evangelio, el abrazo del Otro queda relegado a segundo plano. La sublime enseñanza cristiana del don gratuito del amor se reduce a una especie de pago hipotecario de una recompensa de otro mundo. El amor desinteresado se convierte en un auto servicio piadosamente justificado. El reino de Dios entre nosotros queda relegado al mas allá.

 

Pero, mas importante que cualquiera doctrina en particular es la apelación cristiana a la fe personal. Lo que siempre permanece intacto en las discrepancias teológicas es el hecho novedoso de la introducción del Credo Niceno  “... Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios... Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida... Creo en la santa y  apostólica Iglesia católica...etc.”  Para el cristiano el contenido particular de la creencia es menos importante que la dedicación al acto mismo de creer. El hilo conductor es que los fieles se comprometen con un credo. La posesión de algún tipo de creencia no es, por supuesto, exclusiva del cristianismo. Pero es aquí, como comenta Boothby, donde la dedicación a la creencia adquiere un nuevo desarrollo. Los griegos paganos creían en la existencia de algo parecido a los dioses. Los judíos creen en la existencia de un pacto con Yahveh. Pero tales creencias solo proporcionan un marco para la realidad central, tanto pagana como judía, que se centran menos en la creencia que en la acción. Ritos sacrificiales para unos y la obediencia consciente a las leyes halajicas que rigen la vida cuotidiana, para los otros. Con el auge del cristianismo, en cambio, la pertenencia se convierte por primera vez en una cuestión de mera creencia... ¿cuántos de los que realmente recitan el Credo de Nicea, por ejemplo, entienden lo que dicen? Muy pocos. Pero no importa. La creencia es menos un modo de conocimiento que un medio psicológica para compensar la falta de el. Lejos de reemplazar la ignorancia por el conocimiento, la creencia encubre y defiende su desconocimiento básico... “Donde no entiendo, decido creer”. Y quienes creen introducen una línea implícita de división en el cuerpo social, separándose de los que carecen de ella. Los que no tienen fe se transforman en infieles. La inversión cristiana en la creencia se convierte en el medio por el cual la Iglesia traiciona la enseñanza original de Jesús.  

 

El obscuro lado del legado cristiano se refleja en la larga y sangrienta historia de tortura y asesinato sistemático que la Iglesia ha llevado a cabo en nombre del amor. La paradoja es que los horrores perpetrados en nombre de la cruz surgen precisamente en respuesta a la exigencia del amor a Jesús. No sin razón Nietzsche proclamo bombásticamente que “ha habido solo un cristiano y este murió en la cruz”.

 

Nieves y Miro Fuenzalida.


Sunday, March 31, 2024

¿Y quien es Dios?

 

¿No seria mejor que antes de demostrar o negar la existencia de Dios, debiéramos  tener una idea  de que estamos hablando? Si decimos que Dios existe lo obvio es tratar de explicar que significamos con ello antes de tratar de probar su existencia. Esto es un prerrequisito de inteligibilidad del que no podemos prescindir. De lo contrario, no estaríamos comunicando nada. La pregunta por el significado de una creencia religiosa es lógicamente anterior a la cuestión de si aceptamos esa creencia basada en la fe o si esa creencia constituye conocimiento.

 

Históricamente han habido muchos Dioses, desde las divinidades antropomórficas de los griegos  hasta el Dios omnipotente del cristianismo. Algunos son todopoderosos  y omniscientes y otros no. Algunos son objeto de reverencia mientras que otros no. Con algunos podemos comunicarnos y con otros no. Todas estas diferencias, junto con muchas otras, hacen bien difícil llegar a una descripción adecuada de Dios, una descripción común  que contenga, por ejemplo, toda la variedad  de religiones.  Mucha mas sangre se ha derramado en guerras religiosas que entre creyentes y ateos.

 

Cuando alguien habla de la Divinidad en las creencias teísticas tradicionales   generalmente es  para designar  un ser supernatural o trascendente.  Algunos teólogos, sin embargo,  adoptan una concepción naturalista. Dios no esta afuera, arriba o mas allá de la naturaleza, sino que es parte integral de la existencia natural y debe ser considerado como algo inmanente a ella. Pero, si en el panteísmo  Dios  es sinónimo del mundo natural o parte integral de el... ¿por que llamarlo Dios? Otros teólogos contemporáneos, como Tillich y Robinson, intentan también naturalizar la noción.  Dios, dicen,  es el fundamento inmaterial del ser, infinitamente trascendente de todo lo que es fundado.   Es el “ser en sí mismo”, algo a lo cual  no se le puede aplicar los conceptos de existencia o no existencia. Luego, de acuerdo con esto no podríamos decir   que Dios existe. Robinson, por su parte,  rechaza la noción de un ser súper natural que existe  fuera del mundo. Dios, por definición, es la “ultima realidad”. Uno no puede argumentar si la última realidad existe o no. Solo preguntar como la última la realidad es. No se trata de si Dios existe o no. Se trata, dice, de nuestra apertura a la  profundidad insondable del ser. Según los teólogos tradicionales  todo esto es un uso confuso y arbitrario de la noción de Dios que distorsiona la diferencia entre creyentes y no creyentes.  

 

La discusión filosófica debiera ser tan clara y precisa como sea posible y restringir el concepto de Dios a un ser sobrenatural esta en el interés de la claridad. La diferencia entre Dios y la existencia natural debe ser una diferencia  cualitativa. Si Dios existe,  tiene que existir mas allá de las leyes del marco natural. Pero, si existe fuera de las leyes naturales, entonces  es incognoscible al  ubicarse fuera de la capacidad del conocimiento humano. Sin misterio, sin algún elemente  incomprensible, un ser no podría ser sobrenatural. Hablar de un  ser sobrenatural, por tanto, es hablar de un ser que trasciende  el conocimiento humano.  La creencia en un ser incognoscible es el tema central del teísmo y  el punto mas controversial entre el teísmo y el ateísmo critico. Súper natural, según este ultimo, no nos dice nada positivo acerca Dios. Nos dice lo que no es, pero no lo que es. Según George H. Smith el que lo Súper natural sea incognoscible, el elemento epistemológico mas importante de la teología, implica que lo que  las cosas que los teólogos tratan de decir pertenecen a la clase de cosas que no se pueden decir. Afirmar la existencia de algo que por naturaleza no puede ser conocido es caer en el pantano de la contradicción.

 

La sobrevivencia del teísmo, según muchos teólogos, no esta en abandonar la noción de lo Súper natural. En el pensamiento cristiano siempre ha habido una fuerte  corriente de teólogos que defienden  la capacidad humana  para conocer a Dios a través de la razón, especialmente dentro del marco tomista. Tradicionalmente el cristianismo ha sostenido dos posiciones en relaciona a la naturaleza de Dios. Una es la vía negativa. La otra, la vía positiva.

 

La vía negativa se basa  en la premisa de que no podemos conocer que es Dios, pero si lo que no es. Es decir, podemos tener cierto conocimiento de la naturaleza de Dios si especificamos que características El no puede poseer.   Pero, el problema es que si lo describimos solo en términos negativos es imposible distinguirlo de la no existencia. Cualquier ser que sea caracterizado enteramente en términos negativos no puede ser diferenciado de lo que no es. Dios no es materia. Tampoco lo que  no existe. Dios no tiene limites. Tampoco, el no ser. Dios no es visible. Tampoco lo que no existe. Si el creyente desea distinguir su creencia en Dios de la creencia en nada debe darle alguna sustancia positiva al concepto de Dios.  Para saber lo que Dios no es uno debe tener algún conocimiento previo de lo que Dios es. Sin alguna idea positiva de su naturaleza es imposible determinar  que características no puede poseer. Si Dios no puede ser conocido en alguna forma positiva,  entonces Dios no puede ser conocido.  

 

Para escapar al dilema del agnosticismo muchos teólogos cristianos usan la teología negativa junto a la teología positiva. Aquinas, por ejemplo,  le asigna a Dios términos positivos  tales como “conocimiento”, “vida”, “voluntad”, “amor”, “justicia”,   “piedad” y “poder”. Todo esto suena bastante bien... excepto por un pequello detalle ¿ no son todas estas cualidades de importancia secundaria al referirse a la personalidad de Dios  mas que a su naturaleza metafísica?  Decir que Dios es amor o que es piadoso no es igual que decir que  es infinito o inefable. Sabiduría, amor, conocimiento o poder son cualidades positivas...  ¿cualidades de quien? ¿cuál es la naturaleza del ser que las posee? Cuando se dice que Dios es sabio o que posee conocimiento...  ¿es  este un conocimiento conceptual, que es el  conocimiento que nos es familiar? Si es así, entonces Dios es capaz de error. Cuando se dice que Dios posee poder o capacidad ¿ es este poder similar al poder que los humanos entendemos por tal? ¿es el amor de Dios igual al amor  humano? Si es así, entonces Dios es capaz de poseer emociones y pasiones al igual que nosotros.   Este es el dilema... si le asignamos a Dios características positivas que retengan su significado, lo reducimos a un nivel antropomórfico. Pero, si estos predicados no significan lo mismo cuando se aplican a Dios, entonces ellos presumen algún significado desconocido o misterioso, lo que  equivale  a decir que carecen de significado.  En otras palabras, usamos el lenguaje humano  para hablar significativamente acerca de Dios, lo que implica que Dios no puede diferir cualitativamente de la existencia finita, o el lenguaje humano no puede ser aplicado  a Dios, lo que equivale a decir que la palabra Dios carece de sentido.

 

La doctrina de la analogía ha sido uno de los mayores intentos de rescatar a Dios del dilema del antropomorfismo-agnosticismo.  Cuando aplicamos cualidades positivas a Dios, tales como sabio o bondadoso, no las usamos con el mismo significado con que  las aplicamos a una existencia finita, pero tampoco con un significado completamente diferente  y sin relación. Lo que hacemos es predicarlas analógicamente basados en en una resemblanza entre Dios y los seres finitos. Pero... ¿cómo podríamos reclamar una resemblanza entre Dios y los seres humanos, si Dios difiere, no en grado, sino cualitativamente de nosotros? Es esta diferencia la que impide argumentar que Dios posee las mismas cualidades que el humano, pero en un grado inmensamente mayor. La bondad de Dios no es la bondad del ser humano magnificada tremendamente, ni tampoco la inteligencia divina es algo así como un genio humano  elevado al cuadrado.  Aquí no estamos hablando de un Superhombre, sino de un ser de naturaleza completamente diferente en donde no cabe ninguna posibilidad de que pueda haber similitudes intrínsecas entre los atributos de Dios y el ser humano. La respuesta a este impase es que Dios posee cualidades apropiadas a su naturaleza infinita y el humano según su naturaleza finita. La cosa, sin embargo,  es que si uno va a conocer analógicamente algo de Dios, entonces uno debe conocer algo de Dios. El conocimiento analógico de la naturaleza de Dios presupone un conocimiento no analógico de su naturaleza. Si Dios es incognoscible y cualitativamente diferente de los seres finitos, no podemos tener idea que significa asignarle cualidades positivas, porque no tenemos conocimiento de su naturaleza.  Es como decir que un ser desconocido posee cualidades desconocidas en una forma incognoscible.

 

¿Cuál es la naturaleza de Dios, como ser metafísico? Según el Antiguo Testamento Dios le dice a Moisés.. “Yo soy el que soy”.  Lo que significa, de acuerdo a San Agustín, es que Dios nunca cambia. Y para Aquinas,  la identidad de la esencia de Dios es identica con su existencia. Dios es su propia esencia, su esencia es su propio ser. La esencia es la naturaleza de una sustancia, lo que hace una cosa ser lo que es. La existencia es lo que hace a una esencia real, lo que le da existencia. Podemos definir la esencia de un centauro sin implicar su existencia. Con un toro podemos especificar  no solo su esencia, sino, también, su  existencia. En cada sustancia finita, dice Aquinas, hay una distinción entre esencia y existencia. Excepto, en Dios. Dios es simple, no esta compuesto de partes y, conceptualmente, no puede divorciarse de su existencia. Su naturaleza es su  existencia como tal. En otras palabras, un “ser necesario”, auto suficiente. Esta es la esencia de Dios y el “principio fundamental  de los atributos Divinos”. A partir de este principio, los  teólogos escolásticos deducen las otras cualidades de Dios... “infinitud”, “perfección”, “inmutabilidad”.

 

¿En que medida estos atributos le dan sentido al concepto de Dios? La distinción entre esencia y existencia, dice Aquinas, es el método a través del cual percibimos y obtenemos conocimiento de la realidad. Esta distinción  es la condición del entendimiento y lo que le da sentido a la realidad. Ahora, si esto es así, según Aquinas, entonces Dios escapa a la comprensión humana, porque en El no podemos separar la esencia de la existencia. La distinción básica con la que entendemos la realidad no puede aplicarse a Dios lo que lo transforma en algo incomprensible. El mismo Aquinas lo admite... “el conocimiento de un ser auto suficiente  esta mas allá del poder natural  de nuestro intelecto”. Según el padre F.C.Copleston “no podemos tener un  claro concepto de lo que esto pueda ser, porque nosotros inevitablemente distinguimos entre esencia y existencia, entre lo que una cosa es y el hecho de que la cosa existe”. El historiador escolástico Etienne Gilson, igualmente dice que “desde que no podemos concebir de ninguna manera una esencia que sea solo  un acto de ser, no podemos de ninguna manera concebir lo que Dios es, incluso con la ayuda de tales atributos”.

 

Con lo que finalmente nos quedamos es  que la naturaleza de Dios es “enteramente desconocida” para el ser humano. Que el concepto de Dios  carece de contenido cognitivo y esta sola admisión nos devuelve directamente al agnosticismo.   Cuando el creyente dice  “Dios existe”... realmente no sabe de que es lo que existe.

 

Nieves y Miro Fuenzalida.


Sunday, June 11, 2023

El Papa y el Diablo

 

A fines de diciembre del 2022 el papa Francisco les señalo  a los burócratas del Vaticano  que tuvieran cuidado con el diablo que acecha entre ellos, advirtiéndoles que es un “demonio elegante que trabaja en personas que tienen una forma rígida y  santa de vivir la fe católica. Al vivir en el corazón de la Iglesia Católica, dijo,  podemos caer fácilmente en la tentación de pensar que estamos seguros, mejores que los demás, y que ya no necesitamos conversión. Sin embargo, estamos en mayor peligro que todos los demás, porque estamos acosados por el “demonio elegante”, que no hace una entrada ruidosa, sino que viene con flores en la mano. 

 

No es la primera vez que el Papa habla del diablo, alias Satanás, el Acusador, el Maligno, el Tentador, el Seductor, el Enemigo o, simplemente, el Demonio. Sus tweeds sobre el Malo son legiones. Este es un jesuita inteligente que se sumerge en aguas teológicas profundas, lugar donde muy pocos clérigos católicos modernos quieren ir. Y con razón... aparte de la cuestión de si el diablo es un ente real o una metáfora, el problema del mal constituye el obstáculo intelectual mas grande en la creencia religiosa, una trampa teológica de la que no es muy fácil escapar. Ya se presente como una dificultad lógica o como una de evidencia, el problema surge del conflicto entre la creencia en un Dios  omnipotente y benevolente, creador del mundo y la existencia del sufrimiento y el mal existente en la vida.

 

Si Dios es perfecto... ¿dónde, entonces, ubicamos el mal en el orden de las cosas? ¿como explicamos los horrores de la historia humana, especialmente los del siglo XX, como el holocausto? Si Dios es  todo poderoso... ¿por qué no interviene para impedirlos? Lactantius y Epicuro ya argumentaban que el problema del mal ha servido para negar la existencia de Dios. En la mas popular versión clásica de Pierre Bayle...

 

“Dios desea eliminar el Mal y no puede.

O el puede o no quiere hacerlo.

O el no quiere y no puede.

O el quiere y no puede”.

 

Si el no quiere y no puede, es débil... luego no es Dios.

Pero, si el quiere y puede... que es la naturaleza de Dios... ¿de donde, entonces, proviene el Mal? Aquí hay tres proposiciones que no pueden coexistir simultáneamente... El Mal existe. Dios es benevolente. Dios es omnipotente. De cualquier forma que las ordenemos, es imposible mantenerlas unidas. Una tiene que desaparecer. Pero, si desaparece, terminamos con una herejía.

 

Los filósofos medioevales, a excepción de San Agustín, consideraban  que este era un tema menos urgente y en su mayoría creían que no había sufrimiento sin sentido. Según Aquinas, por ejemplo,  existe una conexión directa entre la cantidad de sufrimiento que uno lleva en la vida y el grado de gloria que uno disfrutara en el mas allá, lo que en el modernismo no causo mucho entusiasmo.  Es en el Renacimiento en que la crueldad, especialmente la física,  surge como una preocupación dominante en los tratados morales. En la tradición teológica occidental el foco, introducido por San Agustín,  ha sido en la defensa del libre albedrio, del acto no coercionado, intencional, voluntario y autónomo  otorgado a los humanos, y su mal uso, algo que lógicamente Dios no puede prevenir, pero que es, de todas maneras,  una perfecta expresión de su benevolencia. La fuente de todo mal esta en el pecado de alejarse de Dios, iniciado por Satanás y luego seguido por Adán y Eva.  Dios puede crear criaturas libres, pero no puede causarlas ni determinarlas a hacer solo lo que es correcto. Si El lo hace, entonces no son significativamente libres.    

 

Esta defensa proporciona ampliamente un adecuado argumento teológico y ciertamente ninguna de los otras defensas que se han desarrollado se acercan ni remotamente  a la coherencia y fuerza lógica del libre albedrio.

 

Y, sin embargo, según algunos críticos, esta defensa es invalida.  Los  actos de libre albedrio, argumentan,  no son sin causa, sino productos  del carácter del agente. La cadena de causas conduce a una volición  determinada por algún impulso o inclinación basada en el carácter del sujeto que ha sido moldeado por el entrenamiento, el condicionamiento,  la educación o el inconsciente.  Como Freud demostró, no siempre estamos en conocimiento de las fuentes mas profundas de nuestras propias acciones. Es bien difícil, por no decir imposible,  tener en cuenta todos los factores que legítimamente  podrían tener una influencia causal sobre cualquier evento particular. El  determinista no afirma que puede, de hecho, demostrar que el evento x fue causado por tal o cual cadena compleja y virtualmente infinita de eventos previos, sino solo que en principio, si supiéramos todos los eventos de la cadena, podríamos haber predicho X.

 

Frente a esto el apologista cristiano tradicional no puede buscar consuelo  en la noción de que las elecciones humanas que exhiben libre albedrio son, en principio, impredecibles, ya que si Dios al estar fuera del espacio y el tiempo  puede, no solo predecir, sino que saber de antemano todo lo que sucede y todo lo que sucederá en el mundo, incluyendo los actos contingentes.  Por tanto, este mundo cristiano esta totalmente  predeterminado.... ¿como, entonces, podríamos atribuirle libre albedrio al humano?  Aquí la cosa se vuelve bien turbia. Según Tomas  Aquinas  la voluntad de Dios es “la causa universal de todas las cosas y no puede sino lograr su efecto”. El insiste, sin embargo, que ni la providencia de Dios ni su actividad predestinadora impone la necesidad sobre todas las cosas. Algunas suceden por necesidad y otras por libre elección de agentes racionales.  Si Dios quiere una cosa, tiene que ser. Pero no se sigue que las cosas elegidas por libre albedrio son elegidas por necesidad, porque Dios quiere que estas cosas surjan de forma contingente.   

 

Y cuando consideramos los males naturales, aquellos que no son atribuibles al abuso humano del libre albedrio, y que son de una enorme amplitud,  las teodiceas ortodoxas tradicionales muestran aun una mayor debilidad, considerando la afirmación de San Agustín de que antes de Adán y Eva no habían males. Pero, para negar que hubieron males antes de la llegada de los humanos habría que repudiar los trabajos y hallazgos de la geología moderna, la arqueología y la biología, algo que la teodicea  no puede hacer, si quiere mantenerse como una disciplina racional. 

 

El problema en este debate, en todo caso,  es que tanto defensores y críticos suponen que el libre albedrio no puede definirse excepto en referencia a la cuestión del determinismo versus indeterminismo y, dado que este es un tema indecidible, es bien difícil determinar cualquier conclusión.

 

Lo que la crítica del libre albedrio ilustra, entonces,  es que su refutación no puede llevarse a cabo si continua defendiendo el tipo de nociones tradicionales  de omnipotencia y providencia divina, de que Dios, como único creador de todo lo que existe,  puede determinar por su propio poder y voluntad todos los hechos que en el acontecen, lo que lo transforma inevitablemente en el ultimo responsable  de los males del mundo.

 

Dado esto no es sorpresa, entonces, que varios pensadores hayan introducido en la tradición cristiana  la noción de un Dios limitado, limite que el mismo Dios impone libremente  a su propio poder para hacer posible el libre albedrio y la responsabilidad moral.  El precio a pagar es que Dios deja de ser omnipotente. Para elegir moralmente, según el argumento va, el mundo debe incluir necesariamente los males morales y naturales. No hay elección moralmente significativa si no hubieran  malas consecuencias como el dolor o la muerte. Por tanto debemos vivir en un mundo donde el  mal existe. Desde  el momento  que las opciones son libres, lógicamente  nadie, ni siquiera Dios, puede impedir la inmoralidad y maldad.  A pesar de  que estos surgirán, Dios considero bueno crear tal mundo porque en el existe la posibilidad de la redención. Un mundo en el que Dios garantice que no habrá mal, seria un mundo sin libre albedrio, la vida de un autómata incapaz de sufrir, pero también incapaz de amar. Para elegir  racional y autónomamente lo que es moralmente significativo debemos experimentar el mal y sus consecuencias, como también lo que es bueno y sus consecuencias para entrar finalmente en el Reino de Dios. La segunda ley de la termodinámica, sin embargo,  sugiere que finalmente la historia  humana y el cosmos no van hacia la satisfacción, sino hacia la muerte.   

 

El problema con un Dios limitado, un Dios que no es Omnipotente, según la mayoría de los teólogos, es una herejía  y una desviación totalmente inaceptable de la fe cristiana. Si Dios no es Omnipotente, entonces, es solo un semi Dios y... en tal caso... ¿quién quiere un Dios de segundo orden?

 

Nieves y Miro Fuenzalida.

Sunday, December 26, 2021

El reloj y el universo

   

El amigo evangelista, frente a nuestro descarado ateismo, responde… “Supongan que ustedes encuentran un reloj…”  Aaah!  El argumento del reloj…

 

Que el mundo  fue creado por una realidad  súper natural o una divinidad celestial es una de las creencias más persistentes en la historia de la especie humana que muy pocos resisten.  Y  el argumento más popular en su favor es, sin duda, el del Gran Diseño. El Universo, y en especial  los seres vivos, son realidades demasiado complejas para que hayan surgido por azahar o simples mecanismos naturales. Cuando la ciencia erodó las creencias basadas en la tradición, la revelación  y los libros sagrados  los hombres de buena voluntad se volcaron a ella en la búsqueda de evidencias de la existencia de un Ser Supremo. La sola observación de la Naturaleza  ahora es capaz de proveer  las evidencias científicas de la existencia de Dios.

 

El archidiácono anglicano Williams Paley en su obra “Teología Natural” de 1802 usa brillantemente la analogía del relojero para probar el caso. Imagina, dice, que encuentras una piedra y un reloj cuando cruzabas el páramo. Mientras consideramos a la piedra como una simple parte de la naturaleza, nadie cuestionaría  que el reloj es un artefacto diseñado por alguien para decirnos la hora. Pero, los objetos de la naturaleza, como el ojo humano, también nos ofrecen evidencias de ser seres diseñados. Si el complejo funcionamiento interno del reloj necesita un diseñador inteligente, la complejidad de un órgano natural como el ojo, el sistema solar o el universo  necesitan con mayor razón   un diseñador. 

 

Su versión contemporánea la encontramos  en el principio antropico que establece que las constantes y leyes físicas del universo están exactamente  sincronizadas  para que exista  la  vida. Pequeños cambios en las características básicas del universo hubieran hecho la evolución de la vida imposible. El universo es como es porque si fuera diferente no podría producir la vida y nosotros no estaríamos aquí para especular acerca de su ser.  Las condiciones que observamos son las condiciones necesarias para nuestra presencia como observadores. Sus propiedades básicas están exactamente afinadas para este fin. Y la prueba esta en  la literatura de la cosmología moderna en donde  encontramos con frecuencia  aserciones como estas…

       En los primeros milisegundos de su existencia el promedio de expansión del cosmos  tuvo que estar cuidadosamente afinado para evitar  colapsarse o expandirse demasiado rápido. De lo contrario, la formación de galaxias hubiera sido imposible.

       Si la fuerza nuclear hubiese sido mas fuerte el Big Ban hubiera quemado todo el hidrogeno y el helio y no hubiera habido agua ni estrellas estables con una larga vida. Por el contrario, si hubiese sido mas débil igualmente hubiera destruido el hidrogeno y los neutrones formados mas temprano no habrían decaído en protones.

       Si la fuerza nuclear hubiese sido 1% más fuerte o más débil  no hubiese sido posible la creación de  suficiente carbón  en el interior de las estrellas. Un aumento del 2% hubiera bloqueado la formación de protones, sin los cuales no hay átomos, o los protones se hubiesen ligados en di protones  y las estrellas  se hubiesen quemados varios billones de billones mas rápido que el sol. Una disminución del 5%, en cambio, hubiera desvinculado el deuterón  haciendo imposible que las estrellas se quemaran.

       Con una fuerza electromagnética ligeramente más fuerte la luminiscencia estelar  hubiera disminuido considerablemente y las estrellas hubieran sido demasiado frías para impulsar la evolución de la vida. Ligeramente más débil hubieran sido demasiado calientes.

       La fuerza de gravedad necesita ser aproximadamente 10 seguido de 38 ceros veces mas débil que la fuerza electromagnética para que las estrellas ardan establemente por varios billones de años. Si hubiese sido 10 seguido de 33 ceros veces mas débil, las estrellas hubiesen tenido un billón de veces  menos masa  y se hubiesen quemado mucho mas rápido.

      Si la diferencia de masa del neutron-protón no hubiese sido exactamente dos veces el de la masa del electrón, entonces todos los neutrones hubieran decaído en protones o todos los protones se hubieran transformado  irreversiblemente en neutrones. De una u otra manera no hubiera habido los diferentes átomos que son la base de la química y la biología.

 

Algunas de estas aserciones pueden estar erradas, pero la mayoría han adquirido el estatus de hechos bien establecidos y es a partir de estos hechos que los proponentes del creacionismo científico concluyen  que  la distribución de la materia en los primeros momentos del Big Ban y la forma que las leyes físicas tomaron sugiere la actividad creadora de Dios que impone su necesidad sustancial en la evolución  del cosmos. No hay otra explicación.

 

 ¿No recuerda esto la noción hegeliano de “postular el presupuesto” que consiste precisamente en esta conversión retroactiva de la contingencia en necesidad, en conferirle la forma de necesidad a la realidad circunstancial en la que nos encontramos? Hegel es uno de esos filósofos  que rompe radicalmente con las teodiceas metafísicas tradicionales. Según el no hay armonía celestial resonando en el sonido y la furia. Es solo cuando el tumulto se recolecta a si mismo en el pasado, cuando una vez que lo que tuvo lugar es concebido, podemos decir que el curso de la Historia se configura, cuando el ser se fija. La Historia se dirige hacia adelante solo para los que la miran hacia atrás. Es solo cuando se mira retrospectivamente cuando la Historia aparece como una progresión, como un despliegue temporal que  actualiza alguna estructura conceptual atemporal pre existente. Es solo al final que hay una historia a ser contada que reconstituye el Significado de los procesos precedentes. El proceso del devenir retroactivamente engendra o proyecta su necesidad.

 

En una ontología materialista lo que se afirma, a diferencia de la metafísica tradicional, es la contingencia radical. Para el filósofo francés Meillassoux, por ejemplo, incluso  la estabilidad  de las leyes,  lejos de indicar una necesidad subyacente, esta sujeta a la contingencia  y su estabilidad, por no ser necesaria, puede cambiar  en cualquier momento.  La proclamación de la radicalidad total de la contingencia implica nada menos que  la suspensión del principio de razón suficiente,  porque  el problema no es solo que  nunca llegamos a conocer la cadena  completa de determinaciones causales, como aspiraba el físico francés Simón Laplace, sino porque, suponiendo la legitimidad ontológica de la concepción del infinito de Cantor, la cadena causal es en si misma  incompleta y al ser incompleta  abre el espacio para la contingencia inmanente del devenir.  Según Cantor cualquier set  infinito tiene una cardinalidad determinada que otro set infinito puede exceder lo que lleva a la detotalizacion de lo posible. Es decir, lo posible no se puede totalizar.  Lo que esta ontología entrega es un devenir caótico que no esta sujeto a un orden preexistente o, ni siquiera, a  la ley de la  probabilidad. No es posible totalizar el conjunto de posibilidades  como en el dado en que sabemos que  ofrece 1 en  6 veces la chance de que salga un 6.  Y es la imposibilidad de la totalización la que permite la emergencia de algo nuevo,  la realización de lo que no existía en el conjunto de posibilidades pre existentes. En otras palabras, si negamos la existencia de  una estructura subyacente  que contenga lo radicalmente nuevo como potencialidad eterna, la  irrupción de lo nuevo  solo puede provenir desde la “nada cuantica”. Es  lo imprevisible que rompe el orden de lo posible. La inserción de una séptima  chance en el momento de tirar el dado. La  emergencia de lo sorprendente  no actualiza una posibilidad esperando su oportunidad,  sino que su  actualización crea retroactivamente su propia posibilidad.  La emergencia  desde la “nada cuantica” de un fenómeno inexplicable por la cadena de razones suficientes ya no es, como en la metafísica tradicional, el signo de la intervención directa de Dios. Todo lo contrario, es  el signo de su inexistencia, la prueba de que la naturaleza  no esta asegurada por un orden Trascendente o un Poder que la regula. El milagro no es la intervención de Dios en el mundo, sino la emergencia de lo radicalmente nuevo que no tiene lugar en  la red causal existente.

 

De lo que aquí se desprende es que si no hay estándar o determinismo absoluto ningún fenómeno es más improbable que cualquier otro. Por eso la sugestión del Principio Antropico en cosmología es errada. Empieza con la vida humana que solo pudo haber evolucionado dentro de un conjunto de precondiciones muy precisas  y luego, mirando al pasado, no podemos sino sorprendernos como el universo  fue equipado justamente con el conjunto apropiado de características para la emergencia de la vida. Este  es un  razonamiento que presupone  una totalidad preexistente de posibilidades, un conjunto eterno de potencialidades que se despliegan temporalmente. El futuro ya estaba contenido en el pasado.

 

 Toda esta abrumadora  evidencia se disipa cuando consideramos la retroactividad radical de la noción hegeliana. Lo nuevo emerge de la “ nada cuantica”  y retroactivamente postula o crea su propia necesidad.  Un mismo conjunto de datos da origen a dos diferentes interpretaciones. En uno, la necesidad de la trascendencia, en el otro, la necesidad de la contingencia… ¿No confirma esto el “postulado hegeliano del presupuesto”?

 

Nieves y Miro Fuenzalida.