La libre expresión, se dice, es de una importancia suprema en cualquier sociedad que se precie de ser libre y justa... El principio de libertad protege la expresión del individuo de la coerción del Estado y de la opinión publica mayoritaria... Que cada cual crea lo que quiera, en tanto no dañe al otro... Que alguien crea que los espíritus viven en el árbol, que la segunda venida de Cristo esta a la vuelta de la esquina, que los mártires suicidas serán recompensados por Ala o que cuando morimos acabamos en la nada es cosa de cada cual, algo que no debiera provocarnos resentimiento ni temor.
El problema, sin embargo, es que la “corrección política”, es decir, el respeto universal a cualquier superstición, prejuicio, tontera o ignorancia nos expone a la reacción del primitivismo religioso que tanto sufrimiento causa, como lo vemos en Brasil o Estados Unidos con el auge del fundamentalismo evangélico que avanza la causa fascista... Es aquí cuando la creencia religiosa personal incurre en la individualidad del otro... en el derecho de los homosexuales, el derecho de la mujer a controlar su cuerpo, el rechazo a seguir las instrucciones de las agencias de salud que aumenta el contagio, etc. etc... El respeto a las creencias del otro no significa renunciar a la critica y análisis de esas creencias.
La libre expresión... ciertamente un derecho que necesitamos defender... requiere de una sociedad madura, de ciudadanos seguros de si mismos, de adultos sin temor de ser ofendidos, libres de la histeria colectiva... Lo cierto es que todavía no llegamos ahí… si es que algún día llegamos.
Immanuel Kant, ese pequeño gigante del pensamiento occidental que nunca se aventuro a salir mas allá de los limites de Konigsberg, su ciudad natal, es uno de los representantes mas influyentes del Modernismo. En un pequeño ensayo titulado ¿Que es la Ilustración? afirma que esta es la liberación del ser humano de su incapacidad, de la imposibilidad de servirse de su propia inteligencia sin la guía de otro... Algo que hasta ahora todavía permanece como proyecto aun no logrado.
¿Por que las personas eligen permanecer ignorantes al permitir que otros tomen decisiones por ellos, cuando ellos mismos podrían tomarlas mediante el uso de la razón y de todo aquello que han experimentado? Esta es una deficiencia, dice Kant, que no reside en la falta de inteligencia, sino de decisión y valor para servirse por si mismo de ella sin la tutela de un amo. Es cómodo no estar emancipado. Tengo a mi disposición al sacerdote que me ofrece su consciencia, al medico que me prescribe las dietas, a la publicidad que me indica que comprar, al sicólogo que me dice que complejos me aquejan, al ideólogo que guía mi pensamiento, etc., así que no necesito molestarme. Los tutores cuidan muy bien que la mayoría considere el paso a la emancipación porque, además de difícil, es en extremo peligrosa, especialmente si la masa abandona los caminos trillados. Así pues es bien difícil lograr salir de esa incapacidad que se convierte casi en segunda naturaleza. Es por esto que no es de extrañar que pocos son los que, con su propio esfuerzo mental, han logrado superar esa incapacidad. Pero, a pesar de todas las posibles dificultades, siempre se encontraran algunos que piensan por propia cuenta, incluso entre los tutores. Es posible que mediante una revolución se logre derrocar el despotismo personal y acabar con la opresión económica y política, pero nunca se consigue la verdadera reforma de la manera de pensar, ya que nuevos prejuicios, en lugar de los antiguos, servirán de rienda para conducir a la manada.
La ilustración requiere solo de una cosa... libertad. Y la mas inocente entre todas las que llevan ese nombre... la libertad de hacer uso publico de la razón. Pero nos encontramos por doquier con una limitación a la libertad. El reverendo dice... No razones y cree! El funcionario dice... nada de razones y paga! El gobierno dice... discute todo lo que quieras y sobre lo que quieras, pero obedece! No vivimos exactamente en una época ilustrada, pero si en una época de ilustración. Kant creía que faltaba todavía mucho para que, tal como iban las cosas, la sociedad se halle en situación de servirse con seguridad y provecho de su propia razón en materia de política y religión, siendo la tutela religiosa, desde el punto de vista de la ilustración, la mas funesta y deshonrosa.
Lo interesante en este pasaje es que al contraponer, según el soberano, el “discutir y el obedecer”, Kant acepta como legitimas las restricciones impuestas al uso privado y publico de la razón y los limites de la critica. La actividad de la critica es un juego de poder y verdad, de obediencia y de argumento, en la medida en que da al sujeto el poder de determinarse a si mismo, conservar su autonomía reconociendo al mismo tiempo la autoridad del gobierno. Esta tensión entre critica y obediencia, entre libertad y soberanía esta siempre presente, no importa que forma de gobierno se adopte.
Kant no es el primer filosofo que reflexiono sobre su propio presente. Otros también lo han hecho y sus reflexiones han tomado tres diferentes formas... El presente visto como perteneciente a una era del mundo marcada por características inherentes, según Platón. La segunda interroga el presente para descubrir signos de un futuro acontecimiento, según San Agustín y, en la tercera, el presente es concebido como un punto de transición hacia el amanecer de un nuevo mundo de acuerdo a Hegel.. La originalidad de Kant consistió en inaugurar una nueva forma de pensar la relación entre la filosofía y el presente. La ilustración, dice, no es ni una era mundial, ni una interrogación del presente, ni un punto de transición hacia el amanecer de un nuevo mundo. Es, mas bien, una salida, un proceso que nos libera de la inmadurez auto incurrida, en buenas cuentas, una tarea y una obligación individual. Es el momento en que la humanidad va a poner en uso su propia razón, sin someterse a ninguna autoridad.
La historia del siglo XIX puede verse como llevando a cabo el proyecto critico de Kant, pero ahora, según Foucault, con la critica dirigida a la propia ilustración. Tres nuevos desarrollos cruciales motivan esta reorientación... el desarrollo de la ciencia positivista, el surgimiento de una teoría teleológica y tecnocrática y la unión de la ciencia positiva y el Estado. Frente a estos tres acontecimientos... ¿puede el ideal ilustrado de una critica del poder político arbitrario sostenerse? ¿Puede la critica del gobierno ser eficaz una vez que se ha demostrado que la razón, en la forma de la ciencia positivista, esta íntimamente conectada con los excesos del poder estatal?
La interrogación de la razón iniciada por Kant toma, según estas interrogantes, una nueva dirección con la escuela de Frankfurt y continua con Foucault. El punto, dice este, es transformar la critica realizada en la forma de limitación necesaria en una critica practica que toma la forma de una transgresión posible, de una rebelión en contra de los embrutecedores estándares burgueses de cognición y acción, de reconocimiento y moralidad. Una rebelión contra todo lo que conduce a la “normalización” y al régimen de vigilancia y control del poder disciplinario. Esta ontología critica de nosotros mismos tiene que ser considerada no como una teoría, una doctrina o un cuerpo de conocimientos que se va acumulando, sino, por el contrario, como una actitud, un ethos o una vida filosófica en la que la critica de lo que somos es a la vez el análisis histórico de los limites que se nos imponen, como un experimento con la posibilidad de ir mas allá de ellos.
La cosa, entonces, no es tratar de identificar las estructuras universales de todo conocimiento o de toda acción moral posible, como tampoco la de deducir de la forma que somos lo que nos es posible o imposible hacer y saber, como en Kant, sino de lo que se trata es de buscar las instancias de discursos que articulan lo que pensamos, decimos y hacemos. El intento es separar de la contingencia que nos ha hecho lo que somos, la posibilidad de dejar de ser, hacer o pensar lo que somos. El interrogatorio debe tomar ahora la forma de investigaciones “histórico-filosóficos” que examinan “las relaciones entre las estructuras de la racionalidad que articulan discursos verdaderos y los mecanismos de subjetivación que están ligados a ellos. Ahora la pregunta es ¿qué es lo que soy, el yo que pertenece a esta humanidad, tal vez a este fragmento... a este instante de la humanidad que se somete al poder de la verdad en general y de las verdades en particular? Plantear ahora la pregunta acerca de que es la ilustración, dice Foucault, es encontrar la problemática histórica de nuestra modernidad.
Ser moderno, el continua, no es aceptarse a si mismo tal como se es en el fluir de los momentos que pasan. Es tomarse uno mismo como objeto de una elaboración compleja y difícil. El humano moderno no busca descubrirse a si mismo, sus secretos y su verdad oculta. Por el contrario. El humano moderno trata de inventarse a si mismo. Se enfrenta constantemente a la tarea de producirse a si mismo. No hay una naturaleza humana a descubrir o desenterrar, una esencia humana a liberar. Solo hay la tarea constante y siempre renovada de crearnos libremente, de perseguir y dar nuevos impulsos a la obra indefinida de la libertad.
Esta critica hace perder toda esperanza de acceder a un conocimiento completo y definitivo de lo que pueda constituir nuestros limites históricos. Pero esto, según Foucault, mas que ser un inconveniente, es lo que nos permite empezar siempre de nuevo.
Nieves y Miro Fuenzalida.
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