En la noche del 9 de noviembre de 1938, las Sturmabteilung nazis asesinaron aproximadamente a un centenar de judíos y dañaron miles de negocios judíos y destruyeron cientos de sinagogas por toda Alemania. La llamada Noche de los Cristales Rotos fue no solo un frenesí de destrucción racista sino también una forma de diversión nazi a costa de los judíos a quienes golpeaban y mataban. El racismo nazi es lo que permitió la destrucción desenfrenada y el asesinato sin limite, algo que de otro modo habría sido inadmisible en la sociedad alemana en donde la ley y la convención social prohibían este tipo de criminalidad. Y, como no es sorprendente en nuestra historia humana, los judíos o los israelitas o el gobierno de Netanyahu, según se prefiera, hoy día matan a miles de niños, mujeres y ancianos palestinos y destruyen sus hogares, negocios y mezquitas en Gaza y Cisjordania. Y en el país de Trump la cosa no es mejor para inmigrantes negros y morenos que desaparecen en la calles de ciudades y aldeas para luego aparecer en los campos de concentración de Texas para ser expulsados ilegalmente... ¿como esto es posible? La razón, tanto para unos como para otros, es siempre la misma. Ellos representan una amenaza existencial a nuestra forma de vida.
¿No será el caso que esta supuesta “amenaza existencial” encubre algo mas? ¿digamos, la autorización para gozar la violencia que trasciende los limites de la moral, la racionalidad y el auto interés?
Muchos historiadores y teóricos han señalado el enlace entre capitalismo y racismo. Ante todo, según dicen, el racismo es una ideología que proclama la jerarquía y diferencia racial que proporciona un soporte y sustento necesario para el funcionamiento del capitalismo al permitir que ciertos miembros de la clase trabajadora se sientan parte de la sociedad capitalista que, aun siendo explotada, ven a otros relegados a un estado de explotación mayor. Una jerarquía racial que aceita los engranajes de la producción capitalista que ayuda a aliviar la insatisfacción que, de otro modo, pondría en duda el sistema. El racismo es lo que otorga a quienes lo practican un sentido de identidad y pertenencia, un estatus simbólico, que la otra raza no tiene.
Pero esta ideología no lo explica todo. La identidad por si sola no basta para asegurar la capitulación. Por eso es necesaria una fantasía racista para complementarla. Según Todd McGowan la fantasía proporciona el goce que la ideología deja de lado. A menos que se tome el inconsciente como punto de partida para comprender el atractivo del racismo, el misterio de su perdurable poder es imposible de descifrar. La fantasía racista al operar primariamente en el inconsciente expande los limites de la ideología y muestra como aquellos que se dicen no ser racistas afirman inconscientemente la fantasía racista.
La cosa va mas o menos así. La fantasía produce goce. Su atractivo reside en su capacidad de proporcionar una estructura, en gran medida inconsciente, que organiza el goce de quienes fantasean. Es el escenario a través del cual los individuos se relacionan con el objeto deseado. Un camino cuya dificultad alienta el goce. Esta es la clave... cada fantasía depende del obstáculo que encuentra en su paso para realizar el deseo. El goce no proviene de la obtención del objeto, sino de la dificultad en obtenerlo. Don Juan es el ejemplo típico. Una vez conquistada la mujer deseada, pierde interés y rápidamente se embarca en una nueva conquista.
La fantasía por tanto funciona frustrando el deseo en lugar de satisfacerlo inmediatamente. Y es justamente esto lo que hace que la fantasía racista funcionar tan bien. Al igual que en toda fantasía, la fantasía racista tiene tres figuras principales... el sujeto, el objeto deseado y el obstáculo para obtener el objeto. Y esto es lo curioso. Aunque el objeto aparece como lo que el sujeto desea, en realidad carece de importancia en la fantasía. El único significado que tiene el objeto de la fantasía racista es su inalcalzabilidad. Por supuesto, ningún objeto inalcanzable por si mismo apunta necesariamente al racismo. Pero lo que caracteriza a la fantasía racista y la distingue de otras formas de fantasía es que el obstáculo para lograr el objeto, lo que impide el acceso al goce sin restricciones, es el otro racial, responsable de todos los fracasos del sujeto y de la sociedad. Es el obstáculo fantaseado que convierte el objeto del deseo, sea riqueza increíble, dominio territorial, estatus social, mejor trabajo, beneficios estatales o pareja sexual, en algo que el racista no puede tener. Este obstáculo, sin embargo, no es solo un obstáculo sino también el lugar de acceso al disfrute, que seria imposible sin el. El disfrute, aunque parezca paradójico, esta ligado a una ausencia. Pero la cosa es que mientras estamos inmersos en la fantasía no reconocemos que el obstáculo es la fuente del disfrute. Por el contrario, siempre lo experimentamos como una barrera que impide el acceso al goce perfecto. Lo inconsciente en la fantasía no es el disfrute que proporciona sino la ubicación de este disfrute, la conexión entre obstáculo y disfrute que necesariamente permanece inconsciente.
La versión paradigmática de la fantasía racista es, por supuesto, la que ofrece Hitler. En “Mein Kamp” describe a un joven judío seduciendo a una chica alemana a la que profana con su sangre con el intento de destruir los cimientos raciales del pueblo que se ha propuesto subyugar. Hitler imagina al joven judío como alguien que accede al objeto privilegiado, la mujer alemana y, por lo tanto, impide a los hombres alemanes acceder a este objeto. El otro racial puede experimentar lo que Hitler llama “alegría satánica”, prohibida para los alemanes. Al apelar a esta fantasía, Hitler logra atraer a la nación alemana a su proyecto al ofrecer a las personas una razón clara de por que no disfrutan como imaginan y una vía para acceder al disfrute sin limites a través de la otra raza.
Existen, por supuesto, múltiples versiones de la fantasía racista en donde diferentes identidades pueden figurar en las posiciones de la fantasía... Japonés-Coreano, Alemán-Judío, Hutu-Tutsi, Blanco-Negro, Colono-Indígena, Blanco-Latino y, tan relevante en la política contemporánea de Estados Unidos y Europa, Ciudadano-Inmigrante. Muchos inmigrantes son mujeres pobres con pequeños niños que no representan un obstáculo para el disfrute de nadie. Pero, visto desde mas cerca, la misma lógica se hace evidente. Los indocumentados emigran para escapar de una situación desesperada y están dispuestos a hacer grandes sacrificios para asegurar una vida mejor para ellos y sus hijos. Y precisamente esto es lo que preocupa a quienes se oponen a la inmigración que, según la fantasía racista, coloca al inmigrante en la posición de obstáculo para el disfrute. Según esta historia el inmigrante no solo realiza un trabajo que los ciudadanos no aceptarían, sino que lo hacen sin adherir a las normas que rigen el orden social. Aunque ser indocumentado trae solo desventajas, desde la perspectiva racista significa una clara ventaja al beneficiarse del orden social sin estar sujeto a sus leyes.
Si vemos el racismo como la oposición entre dos posiciones distintas, dice McGowan, no importa entonces si el racista es blanco y la victima es negra, si es japonés y la victima es coreana o si es Hutu y la victima Tutsi. La estructura prevalece sobre quienes ocupan los puestos dentro de ella. Por eso se puede ver la dinámica racista en acción cuando, incluso, no hay diferencia racial en absoluto, como en el genocidio de Ruanda. La fantasía prolifera por todas partes e incorpora todo tipo de identidades. Nadie es inmune a ella.
El racismo separa la modernidad de las sociedades pre modernas, que ciertamente no están tampoco exentas de discriminación. La diferencia, sin embargo, es que ellas discriminan por creencias y practicas religiosas o entre los miembros de la sociedad y los extranjeros. La modernidad, en cambio, a pesar de que representa una ruptura radical con las identidades tradicionales, discrimina principalmente a través de la invención del racismo. En la Edad Media europea, por ejemplo, la pertenencia a la sociedad se basaba en la identidad cristiana. La fantasía de la salvación era la fantasía dominante y el hereje o no creyente representaba el obstáculo o barrera para el disfrute pleno de la dicha eterna. Quienes no profesaban el cristianismo no pertenecían y se enfrentaban a la discriminación o, incluso, a la muerte. La fantasía cristiana alcanza su cenit brutal con la Inquisición. Con el surgimiento de la modernidad la religión deja de funcionar como el principal aglutinante social, siendo reemplazada por la raza que se transforma en su proyecto central dejando de lado la igualdad universal que era su ideal... ¿Por qué la modernidad traiciona este proyecto?
La idea de la igualdad universal desarraiga la base por la cual las personas se distinguen. Deja a los individuos sin las jerarquías tradicionales que sostienen la autoridad y los obliga a reconocer que en el fondo no tienen nada en lo que puedan confiar. La igualdad conduce a una libertad radical que es inherentemente traumatizante porque deja sin ningún apoyo psíquico o estructura que nos diga quienes somos y que debemos hacer. El racismo permite que la jerarquía persista al restaurar un sentido de autoridad en una época en que lo desarraiga. Reintroduce una jerarquía en la que quienes pertenecen saben que pertenecen porque saben que otros no.
Deshacerse de la mancha del racismo significa insistir en una humanidad única, una humanidad universal definida por su alienación de toda identidad particular. El avance de la idea darwiniana de un único ancestro para toda la humanidad socaba la posibilidad de concebir diferentes razas como no relacionadas. La mayoría de los biólogos ya no se interesan por una jerarquía racial. El proyecto del genoma humano revela una homogeneidad fundamental entre lo que antes se consideraban razas diferentes. A pesar de esta evidencia ciertos biólogos insisten en utilizar la raza como base de sus investigaciones. Pero, en todo caso, cualquiera que sea la postura que se adopte, la biología nunca aportara una solución a la enorme inversión social en el racismo. El rechazo a la jerarquía racial justificada biológicamente ha tenido poco efecto en la magnitud del racismo en el mundo. Y esto es porque el racismo esta arraigado en el inconsciente, específicamente en la fantasía que continua adhiriéndose a la importancia de la diferencia racial. La desigualdad económica, por ejemplo, es inherente al sistema capitalista y es aquí donde la fantasía racista ofrece una explicación clara de por que no logro experimentar el disfrute que la mercancía capitalista promete. La culpa no esta es el capitalismo, sino en el otro racial, quien me quita el trabajo gracias a la discriminación positiva, obtiene ayudas del gobierno gracias a mis impuestos o simplemente me roba a mis posibles parejas sexuales. Una vez que sucumbo a la tentación de la fantasía racista, tengo una figura para culpar.
La lucha contra el racismo no puede basarse únicamente en una apelación al conocimiento. La aceptación publica del racismo ciertamente ha disminuido. El poder inconsciente de la fantasía racista, sin embargo, no lo ha hecho.
Nieves y Miro Fuenzalida.