Aristóteles describe el Bien como el objetivo básico de la actividad política. Después de 2 500 años, sin embargo, la historia ha sido, como dijo Hegel, “el matadero en el que se sacrifican la felicidad de las naciones, la sabiduría de los estados y las virtudes de los individuos”. Si hay alguna duda solo mira en estos momentos a las naciones civilizadas bombardear escuelas y a los soldados de Israel y Rusia violar mujeres en los territorios que avasallan con la muerte. Lo que la historia y el impulso imperialista de hoy y siempre revelan es, en verdad, la inexistencia del Bien.
Aunque esto aparezca chocante y difícil de entender, la noción del instinto de muerte Freud podría ser, por ahora, de alguna ayuda al ofrecer algo que el marxismo carece y que Adorno y Althusser, entre los primeros, vieron como su suplemento indispensable en el análisis de las complejidades de la subjetividad.
Una de las cuestiones mas intrigantes de la política, si miramos la historia, como recomienda Hegel, es que “el mensaje de un futuro mejor” o el proyecto de cualquier política emancipatoria siempre encuentra barreras insuperables o auto sabotajes que hacen imposible lograr el objetivo propuesto... ¿Que es, entonces, lo que produce esta imposibilidad, este limite que impide alcanzar nuestra completitud y la armonía social? La cuestión, diríamos, radicaría en ultima instancia en separar los elementos particulares de los universales. Si, por ejemplo, el antagonismo esta tanto dentro del sujeto como dentro del orden social entonces es irreductible. El obstáculo no es solo el capitalismo o el patriarcalismo, sino el sujeto y la sociedad humana. Como nota Todd McGowan, aunque Freud desarrollo el psicoanálisis en una situación histórica particular, esta situación le permitió descubrir estructuras universales de la subjetividad y del orden social que se aplican no solo a la sociedad contemporánea, sino a las del pasado y futuro, lo que hace a la sociedad ideal una ficción inalcanzable. El problema reside, no en los deseos contradictorios o conflictos dentro de la sociedad que pueden resolverse a través de la mediación, sino en el Bien en si mismo, mas que en nuestra incapacidad para alcanzarlo. Cada paso hacia el bien conlleva un paso correspondiente que nos aleja de él. Cuando mas nos acercamos, mas socavamos la estabilidad social que esperábamos alcanzar. Lo vemos no solo en los numerosos proyectos socialistas utópicos que han fracasado, sino en todo tipo de estructuras sociales. El Bien no es solo un ideal irrealizable, sino un engaño incapaz de orientar una política coherente y sostenible. Esta critica pareciera a primera vista amenazar la misma idea de un proyecto político que cambie el mundo y facilite su progreso, pero el intento es solo mostrar la repetición que se manifiesta allí donde parece progresar. Por eso, en lugar de conformar un programa positivo, existe mas bien como una negación de la identidad y el poder.
Cuando Freud descubre el instinto de muerte todo posible optimismo desaparece de sus escritos. Y no sin razón, porque lo que el ve en este impulso es la compulsión a repetir la perdida originaria y traumática como la fuerza predominante en la psique y en la sociedad en general. Un impulso, como describe McGowan, que surge con la subjetividad misma cuando el sujeto entra en el orden social y se convierte en un ser parlante al sacrificar una parte de si mismo. Un sacrificio que es un acto de creación al producir un objeto que existe solo en la medida que se pierde. Esta perdida de lo que el sujeto no posee instituye la pulsión de muerte que produce goce a través de la repetición de la perdida inicial. Los sujetos realizan actos de auto sacrificio y auto sabotaje porque la perdida perpetrada reproduce el objeto perdido del sujeto y le permite disfrutarlo. Una vez obtenido, el objeto deja de ser objeto, lo que obliga al sujeto a repetir continuamente los actos de sacrificio que producen el objeto, a pesar del daño que tales actos causan a su propio interés. Si se recurre a la violencia no es solo para obtener poder, sino también para producir la perdida que es una fuente de goce. Sin el objeto perdido la vida se despojaría de todo deseo. A diferencia de los pensadores, desde Platón a Kant, que consideran que el afán inherente de conocer como algo esencial para la subjetividad, Freud sostiene que el sujeto actúa, no en función de lo que sabe, sino en función de cómo desea.
Si el sujeto como tal emerge a través de la experiencia de la perdida de una parte de si mismo... ¿qué es lo que perdió? La cosa, diríamos, va mas o menos así. Inicialmente el humano es un ser auto erótico. La distinción entre el yo y el otro, entre sujeto y objeto, no es un hecho innato, sino un logro psíquico. El bebe aun no diferencia entre si mismo y los objetos, un estado donde las distinciones no existen,lo que produce un cierto grado de satisfacción, completitud y armonía en su existencia indiferenciada. Pero todo esto cambia cuando el sujeto se somete a los imperativos del lenguaje y entra en una relación indirecta con el mundo de los objetos, Ya no se relaciona con libros, computadoras o tazas de café, sino con “libros”, “computadoras” y “tazas de café”. El significante interviene entre el sujeto y el objeto que percibe. La alienación del sujeto en el lenguaje lo priva del contacto inmediato con el mundo de los objetos. El lenguaje trae ante a la mente algo que ya ha sido percibido, reproduciéndolo como una presentación sin que el objeto externo tenga que estar presente. La mediación introducida por el lenguaje priva al sujeto de una relación directa con el mundo de los objetos que, en verdad, nunca tuvo. Antes del lenguaje no hay objetos ni sujeto. Solo la ausencia total de racionalidad como tal debido a su autoerotismo. El lenguaje, por tanto, constituye el primer acto creativo. Es el sacrificio que produce los objetos a los que el sujeto no puede acceder directamente y el lugar de nuestra subjetividad. Un acto que el sujeto no emprende por si mismo, sino impuesto por otros.
Pero el sacrificio que implica la entrada al lenguaje sugiere una falta en nosotros mismos previa al lenguaje e irreducible a el. El estado auto erótico no provee satisfacción completa. Si así fuera nadie hablaría y la subjetividad nunca se hubiera formado. El lenguaje atestigua una herida inicial en nuestro ser mismo. Una menesterosidad que la tecnología desde sus inicios intenta aliviar. Es por eso que el termino “sacrificio” es engañoso, ya que sugiere que el sujeto ha renunciado a una plenitud que existió antes de perderse. Expulsado de un paraíso que nunca existió. La perdida inicial que funda la subjetividad no es, por tanto, sustancial. Es la cesión de nada. Pero, entonces... ¿por qué es necesaria la experiencia de la perdida para que el sujeto se constituya como sujeto? La respuesta reside en la diferencia entre necesidad y deseo. La necesidad no depende de la experiencia de la perdida. Pero los deseos del humano si. Esta es la clave. La destrucción y perdida del objeto abre una dimensión simbólica en la que lo que se perdió puede recuperarse de una nueva forma. El sacrificio sirve para constituir la matriz misma del deseo que se orienta en torno a este objeto perdido que, en el fondo, no es nada como entidad positiva y solo existe en la medida en que se pierde. Por eso uno nunca puede alcanzar el objeto o estado perdido que causa el deseo. Al carecer de sustancia el objeto nunca puede convertirse en un objeto empírico. Podemos ver un objeto como la encarnación del objeto perdido, pero cada vez que lo obtenemos descubrimos su vacuidad porque la perdida es constitutiva, no empírica.
El problema surge cuando no nos damos cuenta de que no hemos perdido nada y que nuestro objeto perdido es simplemente la encarnación de esa nada. Y la falsa creencia en la sustancialidad del objeto perdido es lo que alimenta la prevalencia de la nostalgia como una forma de relacionarnos con el origen, con restaurar el disfrute perdido... “Make America great again” o “Todo tiempo pasado fue mejor”. que trae cierto grado de placer, pero que siempre termina en decepción. Si la nostalgia sitúa el máximo disfrute en el pasado, la paranoia, en cambio, lo sitúa en el otro y ofrece, no solo una imagen de disfrute, sino también una explicación de su ausencia al considerar al otro como una amenaza. Es el otro el que disfruta del objeto perdido o es el otro el que ha robado o planea robar mi disfrute. Si eliminamos a los palestinos recuperamos la Tierra Prometida, si controlamos el petróleo recuperamos la hegemonía mundial, si conquistamos Ucrania restablecemos lo que nos pertenece, si destruimos al infiel restablecemos la pureza de la creencia.
Desde una perspectiva meramente política no estaría demás distinguir entre necesidad y deseo. El socialismo aboga por la toma de decisiones económicas y la redistribución de los ingresos y el control. Un programa que se orienta completamente hacia la satisfacción de las necesidades vitales por el cual vale la pena luchar. Pero el deseo es otra cosa. Y la infinita acumulación capitalista que promete su satisfacción termina inevitablemente en la explotación y la destrucción imperialista. Y cualquier intento de establecer una sociedad idílica, armónica libre de contradicción, termina, no con el Bien, sino en distopia.
La esencia del psicoanálisis de Freud y Lacan radica, como dice McGowan, en su falta de compromiso político. El psicoanálisis busca, en verdad, descubrir la verdad inconsciente del sujeto y de la sociedad en la que existe, no cambiarla. Por lo tanto, en su nivel mas básico, es un arte descriptivo mas que prescriptivo. No un cambio radical, sino simplemente el reconocimiento de lo que somos. Nada puede llenar el vacío que existe en el sujeto. Por esta razón la insatisfacción y decepción están correlacionadas con la libertad. Cuando la autoridad fracasa en darnos lo que queremos, es cuando experimentamos nuestra distancia de la autoridad y nuestra libertad radical como sujetos.
Nieves y Miro Fuenzalida.