Un Rebaño
De
Insomnios
Pasto
Toda
La noche
En
Mi almohada azul.
Me comieron
El dormir.
Nieves
Un Rebaño
De
Insomnios
Pasto
Toda
La noche
En
Mi almohada azul.
Me comieron
El dormir.
Nieves
¿“Ver para creer”? o ¿“Creer para ver”? Por supuesto ver... si no le creo a mis ojos ¿a quien le voy a creer? Con frecuencia, como el mundo me aparece es como actualmente es. Si miro a través de la ventana y veo nevar, por ejemplo, es porque realmente esta nevando. Y si hay alguna duda puedo salir y sentir su suave frialdad en mi mano... ¿cierto? Si... pero ¿qué tal si solo estas soñando que ves la nieves a través de la ventana? Raro, pero posible. Una victima de la decepción. En el sueño miras el mundo en forma normal, pero el mundo delante de tus ojos es una pura apariencia o visión dentro de tu sueño sin que te des cuenta de que es solo un sueño. Dentro de el todo aparece auténticamente real. No hay formas internas para discernir entre el sueño y las percepciones.
Hace ya cientos de años atrás el filosofo chino Chuang Zhou introdujo la hipótesis del sueño... ¿soy un ser humano que esta soñando que es una mariposa o soy una mariposa que esta soñando que es un ser humano? Esta idea de que la realidad es una ilusión tiene una larga historia que al parecer comienza con el budismo y llega hasta nuestros días en la cultura popular con las películas “The Truman Show”, “Inception”, “Existenz” y “The Matrix”. Esto es lo que en filosofía se denomina “hipótesis escéptica radical” y que, en su formulación mas acabada, la encontramos en las “Meditaciones” de Rene Descartes con su hipótesis del sueño y el demonio maligno.
El experimento mental de el “cerebro en un frasco” de Hilary Putnam es la versión contemporánea del demonio maligno. Imagina que una noche, mientras duermes, eres anestesiado por un científico maligno y tu cerebro es removido y puesto en un frasco lleno de nutrientes químicos antes de ser conectado con alambres a una maquina que lo estimula para que sigas sintiéndote como siempre te has sentido y observando el mundo como lo has venido observando todos los días. Tu cerebro en este caso no notaria ninguna diferencia. Todo seguiría ocurriendo de manera usual sin que tuvieras ninguna conciencia de que eres solo un cerebro en un frasco. La historia platónica de la caverna es la metáfora clásica dentro de la historia de la filosofía que se ha venido repitiendo de diferentes formas hasta hoy. Apariencia y realidad, ignorancia y conocimiento son los contrastes filosóficos que Platón dramáticamente retrata con los pobres humanos que creen que las sombras reflejadas en la muralla son la autentica y ultima realidad.
El escéptico, en verdad, no esta diciendo que esto es lo que realmente te ha ocurrido. Lo que argumenta es simplemente que tu no puedes saber con todo rigor si en este momento tu eres un cerebro en un frasco. Tus sentidos, al seguir funcionando igual que antes, no son capaces de indicarte la diferencia, lo que indica que ellos no son confiables. Cualquiera que los use como criterio de verdad puede ser cuestionado escépticamente en forma general con la mera posibilidad de que las apariencias puedan ser engañosas.
¿Podemos aceptar coherentemente el escepticismo radical que afirma que no sabemos mucho acerca del mundo con absoluta seguridad? Esto no es solo un enigma para filósofos, sino que también una cuestión que tiene consecuencias practicas bien importantes si consideramos, por ejemplo, que no sabemos con seguridad si nuestros amigos son nuestros amigos, si los políticos son honestos, si Dios existe o si los recuerdos del pasado realmente ocurrieron.
En realidad no tenemos buenas razones epistémicas para creer en ninguna de estas cosas y es imposible descartar completamente la hipótesis escéptica radical. Nuestras experiencias subjetivas puede que no nos revelen el mundo físico tal como es. En el mejor de los casos, al igual que las fotografías, pueden o no ser exactas, lo que implica que cada experiencia potencialmente puede ser errónea. Incluso si la experiencia es exacta no nos permite conocer el mundo directamente. Una brecha siempre existe entre la experiencia subjetiva y el mundo externo. Lo que en realidad observamos es una imagen en nuestra mente y a partir de ella inferimos indirectamente que estas imágenes internas corresponden a la realidad externa. No vemos directamente, por ejemplo, la ardilla en el árbol. La vemos a través de una apariencia subjetiva que surge dentro de nosotros y a partir de ella llegamos a la creencia de la presencia de la ardilla en el árbol. Como las fotografías estas pueden ser o no ser exactas, lo que indica que potencialmente la experiencia puede ser errónea. La cuestión entonces es esta... ¿pueden las experiencias internas o ideas, lo que hoy llamamos datos sensoriales, ser ilusorias? Incluso, si hay un mundo externo ¿son estas una buena guía para suponer que el mundo es como creemos que es? Si no tenemos buenas respuestas el mundo puede ser bien diferente de lo que pensamos que es. Nuestras creencias empíricas, en ultima instancia, pueden ser perpetuamente falibles.
Según el dogmatismo algunas o la mayoría de nuestras creencias acerca del mundo tienen contenido objetivo porque ellas representan exactamente sus propiedades. Para Hume, sin embargo, la imperfección del entendimiento humano es tal que somos incapaces de justificar nuestras creencias a través de las inferencias inductivas, el mundo externo o, incluso, nuestra si mismidad.
Esta imperfección adquiere posteriormente un nuevo significado en Kant. La mente, dice, en lugar de reflejar pasivamente una realidad independiente, activamente procesa y organiza la experiencia en la construcción del conocimiento. Es la intuición y los conceptos del entendimiento los que estructuran los datos sensoriales. Y es esta idea la que pasa al pensamiento contemporáneo, especialmente en la fenomenología y el pos modernismo. A pesar de sus diferencias todas ellas comparten la idea de que no hay objetos, eventos, leyes o seres que no se correlacionen con un punto de vista o, mejor aun, con un acceso subjetivo. No hay realidad en si misma, existiendo absolutamente, independiente de categorías, de la época, de la cultura o del lenguaje. En otras palabras, solo tenemos acceso a la correlación que existe entre objetividad y subjetividad, entre pensamiento y ser y nunca a ninguno de ellos considerado aparte del otro, porque el pensamiento no puede salir de si mismo para comparar el mundo tal como es con el mundo que se nos aparecen en la experiencia o el pensamiento. No puede distinguir lo que es función de nuestra relación con el mundo y lo que pertenece solo al mundo porque hacerlo seria auto contradictorio. Podemos decir que somos capaces de pensar lo que es independiente del pensamiento, pero por el mero hecho de pensarlo lo transformamos en correlato. Desde el momento en que pensamos una propiedad que pertenece al mundo en si mismo, estamos pensando el mundo y su propiedad y al pensarlo lo transformamos en un ser para nosotros. No hay conocimiento de algo que este mas allá de nuestra relación con el mundo. Por muy independiente que pensemos que una realidad sea sigue siendo una realidad para nosotros que la concebimos como una forma de representación en sentido kantiano, o como un acto de la subjetividad, como dicen los fenomenólogos, o como una forma de lenguaje específico, según los filósofos analíticos. En otras palabras el conocimiento, nuestro acceso a la realidad, siempre esta mediatizado por nuestros órganos sensoriales, nuestros conceptos teóricos o por los aparatos técnicos de observación, lo que hace imposible volver a los tiempos del dogmatismo metafísico. El conocimiento del ser en si sin residuo humano es bastante dudoso a esta altura de la historia y esta duda solo puede ser resuelta con un mejor argumento, si es que algún día lo encontramos.
¿Significa que deberíamos suspender nuestras creencias, no tener opinión de ninguna cosa sustantiva porque no estamos seguros de lo que realmente hay ahí o si lo que hay ahí realmente existe? Esto es justamente lo que el Pirronismo helénico recomendaba. No te preocupes, decían, si no puedes encontrar como el mundo realmente es porque, de todas maneras, nunca lograras ese conocimiento.
¿Quiere decir, entonces, que todo da lo mismo? ¿qué no deberíamos preocuparnos por la exactitud, la verdad y los hechos? Aquí uno podría preguntarse... ¿no será que todo esto es una buena excusa para evitar cualquier responsabilidad?... “no te puedo llevar al doctor porque no se si tu o cualquier otra cosa realmente existe”.
La verdad de las cosas es que en el contexto de la vida diaria no le damos mucha atención a si la realidad es o no es. En la actitud practica en donde negociamos nuestro encuentro con la gente y el mundo de los objetos las cuestiones epistémicas no tienen mucho peso. Otra cosa es cuando adoptamos una actitud teorética, cuando nos colocamos, por decirlo así, fuera de nuestra mente y nos miramos desde “arriba”. Es desde este retiro reflexivo, carente de toda convicción, desde donde la ideología y la visión del mundo predominante empiezan a aparecer bien precarias. El conocimiento de la realidad ya no se nos aparece tan simple como pensábamos.
Según un dicho de la tradición Zen “antes del alumbramiento acarreamos agua y cortamos leña. Después del alumbramiento acarreamos agua y cortamos leña”... ¿quiere decir que nada ha cambiado? Aparentemente pareciera que nada ha cambiado y, sin embargo, nada sigue siendo igual. El cambio se produce en el interior del individuo y solo este sabe de su transformación. Las acciones exteriores pueden ser las mismas de antes... seguimos acarreando agua y cortando leña y la vida continua. Pero ahora hay en ellas una riqueza interna y una mejor comprensión de uno, del mundo y del entrelazamiento de las cosas. La sensibilidad escéptica puede proveer algo similar. Podemos continuar sabiendo lo que sabíamos, pero no de la misma manera.
El escepticismo es una de las mas autenticas expresiones de la reflexión humana. Sin el perderíamos un aspecto importante del pensar. Es, en verdad, el inicio del pensar filosófico y la rebelión social. Hoy nos provee un escape de la cultura contemporánea que contenta y controla la mente del consumidor con la producción masiva de música y diversión visual que gratifica permanentemente sus sentidos. Metafóricamente el ciudadano contemporáneo vive en la caverna platónica, atrapado en el pensamiento convencional, las normas sociales, la publicidad corporativa y las imágenes de la pantalla que ocultan realidades bien desagradables. El escepticismo peligrosamente pone la duda en el centro de nuestras creencias mas confortables. Nos separa de nosotros mismos y nos obliga a buscar el camino de vuelta. Es el gusano en la manzana.
Nieves y Miro Fuenzalida.
Los viejos
somos
cachorros surrealistas
que
ya pintamos
la vida
con
fragancias
de
Primavera.
Nieves.
Según el filosofo escoces David Hume la vida de un hombre no tiene mayor importancia en el universo que la vida de una ostra.
Su pensamiento sigue la misma línea que inauguro el griego Xenófanes cuando dijo que si el ganado, los caballos o los leones tuvieran manos y pudieran dibujar como los hombres lo pueden hacer, los caballos dibujarían la forma de los dioses como caballos, el ganado como ganado y los leones, como leones. Dibujarían el cuerpo de dios a imitación de sus propios cuerpos. El que los griegos dibujaran a dios a semejanza de los humanos revela su antropocentrismo, la idea de que ocupamos el lugar central y primario en el orden de las cosas o, mejor aun según el legado bíblico, el lugar intermedio entre la animalidad y la divinidad. Es esta cercanía a Dios lo que le da la licencia para ejercer su dominio sobre el animal y la naturaleza.
Cuestionar la representación de Dios, como lo hace Xenófanes, es desafiar nuestro estatus privilegiado de amos de la naturaleza. Es obligarnos a reevaluar el sentido de nuestro ser y el de los animales. Pensadores como Xenófanes y Hume ilustran la tendencia critica del pensamiento a reconocer los limites de nuestras concepciones y la necesidad de reemplazarlas por otras.
Las concepciones antropocéntricas empiezan a tener un papel bien significante en la historia del occidente desde las épocas mas tempranas. Frente a la apertura del pensamiento Homérico y pre-Socrático, los estoicos y Aristóteles adoptaron la posición opuesta que se trasformo en el pensamiento dominante en la historia de la filosofía. Ninguno de los pensadores pre-Socráticos hizo una distinción rigurosa entre las facultades del alma tales como la comprensión y la percepción. Todos ellos reconocían las diferencias entre humano y animal y no veían a la razón humana como la distinción esencial entre ambos. En su lugar enfatizaban lo que hay de común entre ellos.
Todo esto cambia fundamentalmente cuando, según el lugar común filosófico, la razón se transformo en la característica distintiva del humano a diferencia de las bestias. Aristóteles niega que los animales sean capaces de racionalidad o de creencias y en uno de sus últimos textos afirma sin rodeos que ellos existen enteramente para el bien de los seres humanos. Según los Estoicos el ser humano es superior a todas las cosas y seres no racionales y elevan la línea divisoria entre animal y humano al estatus de principio cósmico. Por primera vez la racionalidad humana es considerada la base para afirmar categóricamente la superioridad moral de los seres humanos sobre los animales y el resto de lo que hay. La idea cristiana de que el ser humano es “el amo absoluto de la naturaleza” proviene, no tanto de las enseñanzas Hebreas, sino de Aristóteles y los Estoicos. En 1901 el jesuita Joseph Rickaby argumenta en “Moral Philosophy” que los animales no pueden tener derechos y los humanos no tienen mayores deberes de caridad hacia ellos de los que le tienen a las piedras. Que hoy día los cristianos mantengan esta creencia depende de si adhieren a una interpretación canónica del mensaje bíblico o si lo consideran un fenómeno viviente sujeto a cambios. Descartes siguiendo esta tradición filosófica que le asigna al animal un estatus ontológico y moral inferior afirma que los animales pueden ser usados como recursos naturales sin ningún escrúpulo moral porque fundamentalmente son incapaces de creencias y deseos. Estas ideas, junto con las de los estoicos, han sido las mas influyentes en la historia de la filosofía occidental.
Hoy día los valores liberales son la forma moderna de la doctrina estoica según la cual solo los seres racionales poseen un valor moral completo. Los animales en nuestra sociedad son invariablemente sacrificados en beneficio del interés, el apetito y la felicidad humana, excepto en los casos en que su existencia y posesión provee un sobrante emocional.
La critica del liberalismo que llevan a cabo los defensores de los derechos del animal se enfoca en la incapacidad de los ideales modernistas para hacer justicia al estado moral de los animales. Según Peter Singer y Tom Reagan lo que necesitamos es repensar el estado moral de los animales.
Para Singer el estatus moral de los seres sintientes no esta en la razón o el conocimiento, sino en la capacidad para experimentar placer o dolor. Nuestra inclinación a darle preferencia al humano sobre cualquier otro animal es simplemente un vestigio de nuestro especismo dogmático, de nuestra preferencia basada en el mero hecho de pertenecer a nuestra propia especie, sin tener en cuenta la capacidad del ser para la sensibilidad. Montañas, ecosistemas, arboles, ostras o arrecifes de coral carecen de estatus moral porque son incapaces de experimentar uno o lo otro.
Regan, por su parte, coloca el énfasis en el complejo aparato cognitivo de la percepción, la memoria, los deseos, las creencias, la autoconciencia y el sentido del futuro. Cualquier ser que tenga estas capacidades posee un valor inherente y merece consideración moral. Dentro de esta categoría incluye los mamíferos y algunos otros animales con la capacidad de actuar intencionalmente. Todos ellos poseen un valor inherente en la misma forma en que un ser humano con discapacidad mental grave posee valor inherente. Esto, sin embargo, no significa que necesariamente deban ser tratados en la misma forma. Al igual que en el utilitarismo de Singer, en el caso de salvar a un animal o a un ser humano, incuestionablemente nadie va a suponer que el animal tiene que ser tratado igual que el humano... debido a que estos últimos son capaces de sentir placer o dolor en un grado mucho mayor que los animales, el interés humano tiene prioridad. Moralmente es aceptable, en ultima instancia, sacrificar cada animal disponible por el bien del ser humano, sin considerar la devastación ambiental que pueda sobrevenir.
Cuando los humanos hacen cálculos utilitarios en nombre de los animales la probabilidad del antropocentrismo es bien alta. Es posible, por ejemplo, dar razones que puedan minimizar el sufrimiento de los animales y al mismo tiempo reconocer que es “natural” comer carne, pero solo de ganado de corral que le proporciona una vida cómoda hasta el momento en que se matan sin dolor para devorarlos.
¿No indica esto que la preocupación por los animales es incompatible con la ética, al menos según los términos de nuestra herencia? Después de todo, el utilitarismo esta sujeto al mismo proverbial prejuicio antropocéntrico.
¿En que medida las capacidades cognitivas son relevantes para consideraciones de valor moral? La etología contemporánea, en contra de la tradición estoica-cartesiana dominante, rechaza la creencia de que solo los humanos poseen racionalidad y lenguaje y niegan la sugerencia de que la conducta animal es determinada solo por instintos o principios bio-mecanicistas. Las investigaciones en etología cognitiva tienden a demostrar la hipótesis de que muchos animales superiores poseen el aparato completo de intencionalidad, incluyendo la autoconciencia, la comprensión conceptual y la capacidad de estados tales como creencias y deseos que sirven de base para la inclusión del animal en el ámbito moral.
Todas estas investigaciones, sin embargo, confían demasiado en la analogía con la experiencia humana. Lo que en realidad se necesita es una radicalización de nuestro entendimiento de los animales para superar la tendencia a atribuirles habilidades cognitivas demasiado sofisticadas. Los animales tienen en verdad una vida propia que es desconocida para nosotros y su significancia probablemente no pueda ser capturada adecuadamente por el “lenguaje de intencionalidad e identidad psicofísica a lo largo del tiempo”. La diferencia entre nuestro encuentro perceptual con el mundo y el de los animales es tan grande que, en ultima instancia, “no podemos saber como es ser, digamos, un murciélago”.
En la historia de la filosofía occidental las capacidades siempre han jugado un papel primario en la reflexión del estatus moral del animal. La cosa, sin embargo, es que desde un punto de vista filosófico no tenemos porque adoptar una teoría moral en nuestra consideración a los animales y “seria mucho mejor simplemente prescindir por completo de ellas”. La inhabilidad de los simios, o de cualquier otro animal, para dominar la sintaxis humana o poseer autoconciencia es completamente irrelevante en nuestra valoración del animal. Por el mero hecho de que poblamos el planeta junto con ellos necesitamos una cosmología que pueda acomodar y motivar un sentido de responsabilidad hacia las vidas no humanas. Un enfoque que parta de una perspectiva biocéntrica que reconozca que los seres humanos son parte de una comunidad de vida compartida con otros seres, parte de una red interdependiente en donde los humanos no son inherentemente superiores a otros seres vivientes.
¿Deberíamos tomar en serio a Hume cuando coloca el valor de un ser humano a la par con el de una ostra? Desde el punto de vista de la moral tradicional el valor relativo de un humano y un animal, el juicio es ridículo. La ostra al no poseer sistema nervioso central no es capaz de sentir dolor, por lo que es absurdo concederles un estatus moral y mucho menos uno semejante al humano... ¿cierto?
No realmente... en el fondo toda valorización, incluida la de la naturaleza, es obra del ser humano y, en consecuencia, toda ética normativa es, en cierto sentido, humanista y antropocéntrica.
Desde el punto de vista del universo el protón no es superior o inferior al neutrón. Ambos son parte del tejido material. Igualmente, desde esta perspectiva, un humano no es superior o inferior a la ostra. Ambos son parte del tejido vital... a menos que el universo tenga alguna predilección por el ser humano, cosa que a todas luces pareciera no ser el caso.
Nieves y Miro Fuenzalida.
Se subio
a
un arbol.
Se escondio
detras
de
una hoja
para
ver
pasar
la vida.
Esta
no paso.
Estaba
jugando
a
las escondidas
con
la muerte.
Nieves
Si miramos la
historia con paciencia descubrimos que no nos muestra ninguna verdad
primordial, ningún fin trascendente, ningún sentido oculto. Solo una sobria
visión de nuestra realidad... luchas y sufrimientos, glorias breves, largas
miserias, guerras y cortos periodos de paz. Este es el material con el que los historiadores crean una narración que
luego llaman historia. Una disciplina que hoy es altamente controversial después
de la aparición del constructivismo y el descontructivismo.
¿Como la realidad del pasado puede ser conocida? o mejor aun ¿con que precisión las narrativas pueden representarla?
Tradicionalmente la mayoría de los historiadores creen que racional y objetivamente es posible tomar contacto con un pasado que es potencialmente comprensible y causalmente analizable. Implícita en esta creencia reconstructiva de la historia esta la teoría empírica de la correspondencia, es decir, la creencia de que el verdadero significado de lo que ocurrió en el pasado puede ser directamente inferido de las fuentes primarias. Esto, según esta tradición, es suficiente para constituir el objeto de la historia como algo separado e independiente de cualquier epistemología. El trabajo del historiador es acercarse cada vez mas al conocimiento objetivo de lo que actualmente ocurrió a través de una investigación racional e imparcial, libre de las infecciones ideológicas y los estándares morales y metodológicos del presente. La disciplina histórica, por tanto, es independiente de cualquier teoría social o filosófica y sus conclusiones solo se derivan de los hechos que el historiador encuentra en documentos, inscripciones, literatura, reliquias, arte, diarios y monumentos. Los hechos son los hechos y ellos hablan por si mismos.
La convicción de que la verdad transcendente y absoluta puede ser conocida es el legado de la modernidad. El éxito del modelo de las ciencias naturales y su método experimental, desinteresado, autónomo e imparcial, paso a ser la medida de toda verdad humana que, muy pronto, se transfiere a todas las otras investigaciones, incluyendo la historia que deviene en la búsqueda de las leyes del desarrollo humano. La fe en la razón científica, entendida como la fuente de vastos poderes y guía autorizada sobre como usarlos, le permite afirmar al occidente, no solo la verdad, sino también la superioridad de sus valores.
Después de dos guerras mundiales, con todos sus horrores y destrucciones y una guerra fría que trajo la constante amenaza de la aniquilación nuclear, el modelo científico modernista pierde su inocencia. Ya no es posible percibirlo como una investigación totalmente libre de valores. El gusano escéptico entra en la escena plantando todo tipo de dudas, incluyendo la posibilidad de obtener un genuino, real y ultimo conocimiento del pasado.
El sentido común indica que hay ciertos hechos básicos que son los mismos para todos los historiadores y ellos forman el esqueleto de la historia. Que Cristóbal Colon descubrió el nuevo mundo el 12 de Octubre de 1492 o que la guerra del pacifico se inicio el 5 de Abril de 1879 son hechos que primariamente no le conciernen al historiador. Son condiciones necesarias de su trabajo, pero no su función esencial. Estos hechos, que son los mismos para todos los historiadores, pertenecen a la categoría de la materia prima del historiador, mas que a la historia misma. Pero, estos hechos, en contra de la opinión común, no hablan por si mismos. Solo lo hacen cuando el historiador apela a ellos. Es el quien decide que hechos van a ocupar la atención, en que orden y contexto y cuales son sus significados, lo que hace a la historia necesariamente selectiva. No hay objetividad en la selección del material y todos los juicios sobre que incluir o excluir son ideológicos, basados en estructuras narrativas preferidas. Los hechos, como dice un personaje de Pirandello, son como un saco. Solo se para cuando lo llenamos con algo.
La simple narrativa descriptiva de eventos singulares, según los construccionistas al estilo de Marx, Auguste Comte o Herbert Spencer, no es suficiente para explicar el pasado. Esto solo es posible cuando la evidencia se coloca dentro de un marco explicativo preexistente que permita ver a los eventos singulares como expresiones de un patrón o reglas generales de acción discernible. Pero, al igual que los re-construccionistas, también creen en la existencia de un conocimiento factible derivado de la evidencia observable. La interpretación narrativa corresponde a lo que realmente ocurrió porque ella se deriva de la cuidadosa investigación de las fuentes. Cuando ellos escriben historia vuelven a contar y narrar las vidas, intenciones y eventos del pasado, pero, a diferencia de los re-construccionistas, con modelos de explicación que ya están en sus mentes... genero, raza, relaciones de clase, cambios ecológicos, colonización, descolonización, industrialismo o tecnología. Sus modelos son cadenas de conceptos, construcciones altamente complejas, que emergen de la evidencia y actúan como una ayuda para su comprensión.
Hoy día la mayoría de los historiadores presuponen el uso de narrativas como vehículo para comunicar o crear conocimiento histórico. Para algunos de ellos la historia es simplemente narrativa o contiene algunos elementos narrativos. Para otros, la historia es esencialmente narrativa. Como nota Paul Ricoeur, la historia posee un “carácter narrativo irreducible” en la misma forma que lo posee la existencia humana.
Lo que complica esta historia, sin embargo, es la incomoda noción pos modernista de que no hay acceso al conocimiento si no es a través de las turbias corrientes del lenguaje. Los historiadores generalmente se rehúsan a explorar sus implicaciones, lo que hace difícil ver estas narrativas por lo que son... explicaciones históricas significativas en ellas mismas, en lugar de simples vehículos con los que explicamos o recuperamos el pasado tal como ocurrió. Según Foucault el historiador no puede efectivamente dar un paso fuera del flujo histórico, capturar el contexto y ser completamente objetivo. Toda la historia escrita, dice, es un acto de creación a través de la imposición narrativa del historiador que, hasta cierto punto, es el producto ideológico de la época en que vive. Según la visión deconstructiva de la historia la única realidad que encontramos es el significado que produce el lenguaje. Ciertamente usamos el lenguaje, pero el lenguaje también nos usa. Consecuentemente, dice Foucault, la narrativa es un discurso cuya moneda es el poder que puede servir para crear un pasado utilizable para la nación. La narrativa, entonces, puede ser vista como una formación discursiva que existe en el presente, un aparato para la producción de significado, en lugar de ser vista solo como una simple referencia al pasado. El “conocimiento del pasado” frecuentemente justifica el presente, o alguna versión preferida de el, razón por la cual el historiador, sea re-construccionista o construccionista, tiene un interés ideológico en mantener la importancia del mito de la búsqueda objetiva de la verdad.
La critica posmodernista de la historia oficial no reclama tener mejor acceso al pasado que el positivismo. Su intención es la de dirigir la atención a las ocultas agendas de poder y a las limitaciones y potencial de las narrativas históricas como medio de explicación. Su función es describir los procesos con los que la gente se construye a si misma y su cultura a través de la producción del lenguaje. El énfasis constructivista en el valor cognitivo de la narrativa histórica no significa que de pronto tenemos acceso al pasado tal y como fue. Lo que tenemos es una versión del pasado. La narrativa puede explicarlo, pero no puede garantizar que su versión sea verdadera como lo ilustran la variedad de narrativas que tratan de descifrar las complicadas relaciones de raza, genero y clases.
Una vez que una narrativa adquiere una mayor o menor aceptación universal, como la revolución industrial, por ejemplo, se concretiza como una realidad histórica. En la practica, esto hace imposible distinguir entre el uso del lenguaje y la realidad pasada.
Según el historiador Hayden White el lenguaje, sea el de la supuesta objetividad histórica o el del poeta, es relativista. Cuando el historiador interpreta el pasado no es que este inventando o produciendo ficciones que juegan con hechos y vidas. Lo que hace, mas bien, es imponer una estructura narrativa que tiene coherencia y unidad. Su recuento es un ejercicio figurativo, un producto de la imaginación literaria en donde el relativismo esta limitado por la naturaleza de la evidencia. Lo que esta en cuestión es la naturaleza de la representación, no la investigación del proceso empírico como tal.
Obviamente nadie discute la existencia de la realidad del pasado. Pero, es razonable argumentar que no podemos tener acceso a el solamente a través del método empírico. El pasado ciertamente habita “ahí afuera” independientemente del historiador y del lenguaje que usa. El problema es como accedemos a el y cuan confiable es la historia que leemos. Lo que los críticos cuestionan es la creencia modernista de que es posible distinguir entre una buena o mala historia apelando simplemente a “la referencia transcendente del empirismo, los anclajes del factualismo y el estudio forense de la evidencia”, sin los cuales, se dice, inevitablemente naufragamos en las obscuras y turbulentas aguas del relativismo.
La cosa, sin embargo, es que es bien difícil demarcar donde el empirismo termina y donde las hipótesis comienzan, por lo que es razonable tomar en cuenta el hecho de que los historiadores ejercen un activo papel en la creación del pasado a través de sus modelos, sus narrativas prefiguradas y sus ideologías. El hecho de que la historia escrita no este libre de argumentos, implicaciones ideológicas o posturas morales, obliga a ver al historiador como un autor, mas bien que como un reportero. La exploración de cómo representamos la relación entre nosotros y el pasado permite vernos, no como distantes observadores de lo que fue, sino como participantes en su creación. Y esto porque el único acceso que tenemos a su significado es a través de la imaginación narrativa que coloca eventos dispares en un orden comprensible que explica porque ellos ocurrieron.
La destrucción de las estatuas de los “héroes” de la nación que ha ocurrido en varias ciudades del mundo es evidencia de que el pasado siempre es controversial y nunca puede ser fijado.
Nieves y Miro Fuenzalida.
El mono,
Ya
Parado
Por
Su evolución
Caminando
Entremedio
De
La Via Lactea
Encontró
Un Planeta.
Le gusto.
Lo arrendo.
Nieves