Sunday, August 14, 2016

¿Quién quiere utopias?

 Después que las utopias se transformaron en distopias en el siglo XX  nos hemos vuelto mucho más temerosos  de las  ilusiones  que prometen  un mundo perfecto, ordenado y regimentado.  La sensibilidad  contemporanea sospecha de todo proyecto político grandioso basado en meta- narrativas.

Las utopías  clásicas intentan negar lo negativo en la existencia humana. Es lo negativo en esta existencia, dice Tillich, lo que hace a la idea utópica necesaria. Por ello no  es de extrañar que la necesidad por el significado utópico surja en periodos de profunda inestabilidad e incertidumbre cuando los antagonismos y desordenes sociales alcanzan su máxima tensión. Es en ese momento cuando la utopía se presenta como  respuesta a la negatividad siempre presente, al conflicto permanente que constituye la experiencia humana que le da  a la acción política una fuerza motivante   para lograr mejores formas de existencia. Proyecta imágenes de comunidades humanas futuras en las que las contradicciones, el mal y los antagonismos serán resueltos  en un mundo reconciliado y armónico. Es esta resolución última la que constituye el corazón  de la promesa utópica. Pero, no sin costo… lo que se expulsa por la puerta retorna por la ventana.

La naturaleza profundamente problemática de las políticas utópicas se revela en el hecho de que su fantasía produce inexorablemente su reverso que llama por su eliminación. A su lado beatifico siempre se acopla su lado horripilante, su necesidad paranoica de una victima portadora del estigma. La promesa del dominio absoluto de la totalidad de lo real, la visión que proclama la meta final de la historia crea  su propio sobrante, aquella particularidad que permanece fuera del esquema universal. Y es dentro de esta visión utópica  en donde la existencia de esta particularidad se transforma en el agente diabólico, en la figura del enemigo. La eliminación del desorden y la contradicción dependerá de la eliminación del grupo estigmatizado con resultados siempre escalofriantes...persecuciones, torturas, hogueras, masacres, holocausto.  Como resultados de todos estos crímenes, la fantasía utópica nunca ha logrado su realización. La trayectoria  de esta producción maniquea es posible seguirla desde la caza de brujas,  infieles y  heréticos hasta el anti-semitismo moderno, culminando hoy con la mutua negación fundamentalista... En la narrativa del imperialismo occidental  ellos representan la lucha del bien en contra del mal, el eje diabólico, el terrorismo internacional… Para el fundamentalismo islamico es la lucha en contra de  la depravación y degeneración moral del occidente.

Las raíces de la demonizacion y el pensamiento utópico dentro del Occidente pueden ser ya detectadas en el mundo Greco-Romano en donde primero los judíos y luego los cristianos fueron acusados y perseguidos por el delito de practicar ritos cabalísticos y criminales. Hacia el final de la segunda centuria DC,  según Tertuliano, los cristianos eran la causa de cada catástrofe pública y de cada desastre que afectaba al populacho. Si el  río Tiber se desbordaba o las aguas del Nilo disminuían, si había sequía, hambruna o plaga el grito era uno solo..."los cristianos a los leones!!!". Esta difamación de los cristianos, que los excluía de los limites de la humanidad, fue repetida innumerables veces en las ultimas centurias, en donde  los perseguidores y perseguidos, los victimarios y sus victimas eran, ambos, cristianos (Bogomiles, Waldensians, el movimiento Fraticelli, los Cathars...) Y es esta misma fantasía la que llevo también a la gran caza de brujas, siendo siempre su telón de fondo un periodo de dislocación y desorientación social en donde el pueblo tenía que enfrentar una situación totalmente ajena a la acostumbrada experiencia de normalidad (plagas, hambrunas, desastres naturales, transformaciones sociales)
 
En los tiempos modernos  encontramos estas mismas características en una serie de fenómenos sociales, siendo la fantasía anti-semítica contemporánea una de las más relevantes. Es aquí donde se puede ver con mayor claridad como los remanentes de los terrores demonológicos del pasado se mezclan con las nuevas ansiedades y resentimientos que empiezan a surgir como respuesta a la emergencia de la modernidad (secularismo, liberalismo, socialismo, industrialismo...) y la consecuente dislocación de formas tradicionales de vida. Enfrentados con tales desarrollos desconcertantes y amenazantes la gente se vuelca fácilmente hacia la búsqueda y promesa del restablecimiento de la armonía perdida. Es en este contexto en donde Hitler logra persuadir a los alemanes que él es su única esperanza. Y es en este mismo contexto en donde el judío se transforma en una Anti-Figura, en el Anti-Cristo moderno. Rosenberg, Gobbels y el resto de los ideólogos nazis usaron el fantasma de la raza judía como elemento unificador   y su victimizacion como algo necesario para  la creación de la futura sociedad del pueblo alemán capaz de detener los peligros y excesos del modernismo. En palabras de Rosenberg, uno de los signos primarios en la lucha venidera por la nueva organización del mundo es el entendimiento de la verdadera naturaleza del demonio que ha causado nuestra caída. Solo con ello el camino se abrirá a una nueva era. Dentro de este esquema, la eliminación del Anti-Cristo, esto es,  de los judíos, se considero como el remedio a la dislocación social, la clave a un nuevo mundo armónico. La eliminación de los judíos se presenta como lo único que puede transformar el sueño nazi en realidad, lo único que puede llevar a cabo la utopía.

¿No es este mismo mecanismo utopico el que uso  Stalin? Sus victimas no fueron muertas para capturar y colonizar territorios... fueron muertas porque no encajaban, por una razón u otra, en el orden social. El asesinato colectivo no fue una obra de destrucción, sino de creación. Su fin objetivo era la consecución de un mundo mejor, más eficiente, justo y hermoso. En ambos casos, ya sea a través de la pureza racial o la sociedad sin clases, el sueño es el de un mundo libre de conflictos, ordenado, controlado y armónico.

Lo que no debemos olvidar en este recuento es el hecho de que si la Anti-Figura en la ideología nazi se encarno en el judío esto no es debido a un desarrollo necesario, sino contingente. En principio pudo haber sido cualquiera de nosotros. En otro momento y en otras circunstancias la figura del judío puede sustituirse por la del gitano, el latino, el negro,  el homosexual, el infiel... La decisión de quien será, eventualmente, estigmatizado depende en gran medida de la disponibilidad dentro de una configuración social particular de grupos que puedan jugar este papel en la fantasía social y esta disponibilidad es siempre construida socialmente a partir de materiales existentes.

¿Como se explica la dialéctica de la fantasía y la producción del enemigo?... La visión utópica de un orden social armónico solo logra ser sostenida si el desorden actual puede ser atribuido a un elemento ajeno. Desde el momento en que la realización del mundo utópico es imposible su discurso solo puede mantenerse  si atribuye esta imposibilidad a un elemento discordante. La posición utópica se encuentra en la desconcertante  y contradictoria situación de tener la necesidad vital de un enemigo que, al mismo tiempo, necesita destruir. Esta trágica paradoja da lugar, no a la reconciliación entre libertad humana y cohesión social, sino a la pura y simple coerción totalitaria con su grotesca secuela.  La  fantasía utopica constituye un caso ejemplar de la noción de la "coincidencia opositorum”...Por un lado,  posee un lado beatifico, una dimensión armonizante, el sueño de una humanidad sin contradicción. Y por otro, la misma fantasía se nos presenta como algo profundamente desestabilizante. El sobrante del sueño nazi es la "conspiración judía" y la compulsión estalinista a descubrir permanentemente nuevos enemigos fue el lado obsceno de la pretensión de crear al "Hombre Nuevo".  La distopia es el lado siniestro de la utopía.

 El problema es que la crisis del pensamiento utópico ha llevado a la política de la aporía, ya que el  valor de la utopía radica en la creación de proyectos y el establecimiento de fines que operen como factores subversivos del orden presente. Para Ricoeur, por ejemplo, la solución a la aporía política contemporánea es la de la revitalización de la operación utópica, generadora de nuevas esperanzas. Una sociedad sin esperanza es una sociedad muerta. Su eliminación no solo no es deseable, sino que es imposible.

 ¿Com podriamos mantener una política de la esperanza, una política de cambios y transformaciones sin utopías?


La practica democratica  permite la posibilidad de cierto optimismo ya que su operación se basa en el reconocimiento de la imposibilidad  de las utopías y sus  consecuencias catastróficas. Lo que distingue al discurso democrático de otras formas políticas es el reconocimiento  y legitimación del conflicto y su rechazo a eliminarlo a través del establecimiento de un orden autoritario armónico. Es solo dentro de este marco en donde la diversidad antagonistica  entre diferentes concepciones económicas y culturales pueden ser vistas   como algo inherente a la vida social misma. Hoy día, la atracción  de esta esperanza democrática anti-utópica depende, más que  de su justificación racional y universal,  de la creación de hábitos democráticos, de la formación de mentalidades capaces de identificarse con su impulso... el reemplazo de una imagen utópica por una forma de identificación que implique la aceptación de la imposibilidad de lograr tal imagen. La  aceptacion  de que la sociedad   esta constituida por  una tela de relaciones sociales que constantemente esta siendo hilada, rasgada y re hilada... de  manera ligeramente diferente. En breve…la aceptación de la imposibilidad del "reino de Dios".

Sunday, August 7, 2016

El polvo


Se desprendio
un pedazo
de
horizonte anaranjado
que
se colo
por
mi ventana azul.
Se puso
a
dormir 
en
el polvo
de 
la noche.

Nieves   

Monday, August 1, 2016

La transitoriedad del ser.


Mirando a través de la ventana  uno no deja de maravillarse de la belleza que llena la mirada. El verde radiante de los árboles, la alegría juguetona de las ardillas, la ligereza de las mariposas, el canto de alerta del blue jay y el silencioso deslizarse de las nubes en contra del azul transparente de los cielos. La escena  pululante de vida y color es magnifica. Y, sin embargo… esta magnificencia esta preñada de transitoriedad. Todo lo que existe contiene la fuerza  de su propia destrucción. Todo lo que existe es temporal y desde el mismo momento que  surge empieza a desaparecer.  Cada experiencia esta definida por  esta doble realidad. Cualquier cosa que queramos afirmar esta constituida por el hecho inescapable  de que será negada, por la amenaza constante de que eventualmente la perderemos. Penosamente cierto. Y, así y todo,  la finitud del ser es algo que  no debería  impedir nuestro disfrute de la vida, porque, si lo pensamos, sin finitud no habría disfrute.

La finitud de las cosas y  la experiencia de la inevitable fugacidad  de  la  vida  no inhiben nuestros deseos sino que, por el contrario, los  producen. Deseamos mantener lo que queremos porque podemos perderlo.  Queremos recordar porque  podemos  olvidar. Sin la aprehensión del paso del tiempo no habría deseo de aferrarnos a el.  Es la fugacidad temporal,  la misma que tanto tememos, la que abre la oportunidad al deseo. Un momento  indivisible,  un momento  que no pudiera ser alterado  en lo más mínimo nunca podría iniciar otro momento. En cambio, un  instante, al negarse  a si mismo  siempre  da paso a otro instante, a otro momento. Hablamos  del presente, pero tan pronto como hablamos de el  ya es pasado. Sin la auto negación, sin el paso de un instante a otro, no habría tiempo.  Solo un presente eternamente  igual a si mismo, un presente incapaz de producir diferencia. Y,  al no producir  diferencia, no habría deseo.  Es la sucesión del tiempo la que permite explicar la diferencia constitutiva del deseo, vale decir,  el hecho de que el deseo nunca logre  coincidir completamente con su objeto,  que  ningún objeto sea capaz de  extinguirlo.  Cada vez que logramos el objeto deseado sentimos que no es suficiente y esta insuficiencia  nos lleva a  aspirar o desear otros objetos  en una cadena  sin fin.  La verdad es que nunca logramos satisfacer completamente  los deseos porque, al ser temporales, el futuro inevitablemente los alterara.  Si  el deseo existe  es porque  nunca puede ser satisfecho totalmente.

 ¿Significa todo esto que el deseo surge de la carencia? Obviamente solo deseamos lo que no somos ¿Cierto? El que es saludable no necesita  salud, el que es  feliz no necesita  felicidad, el que tiene dinero no necesita mas  y el que es amado no necesita mas amor.  Es algo que ya somos o que ya tenemos ¿Y por qué, entonces, deseamos ser más felices cuando ya la tenemos o deseamos más amor cuando ya somos amados? ¿Por qué deseamos ser lo que ya somos? Si queremos lo que ya tenemos no es porque nos falta, sino porque en la misma experiencia de la salud  sentimos el temor de que podemos perderla, de que no durara para siempre. Lo que en realidad queremos es  conservar  nuestra salud o nuestro amor,  que continúen sin interrupción, que el tiempo no los altere.  Sin esta aprehensión de  perdida no habría necesidad de preocuparnos por el futuro.  Martín Hagglund dice que esta anticipación de la perdida de nuestra salud o de nuestro amor seria impensable si no fuera porque  ellas  ya están divididas desde dentro, amenazadas desde su propio interior por el tiempo,  por  la imposibilidad de permanecer   iguales a si mismas.  Un ser temporal esta constantemente  pasando de un estado a otro y la única posibilidad de perpetuarse es dejar trazas de si mismo para el futuro. Hijos, un libro, una estatua, una acción inolvidable, cinco minutos de fama, una foto en el “facebook”, una piedra con nuestro nombre en el cementerio. Un ser eterno, en cambio, no sufre transformación alguna y, al ser siempre  idéntico a si mismo, nada  surge de el y nada deja detrás de el.  Es por esto que el deseo de sobrevivencia es incompatible con la inmortalidad. La vida y el deseo de vivir es siempre una cuestión de sobrevivencia temporal a diferencia de  la inmortalidad que no da  cabida para  la vida en el tiempo.

Esta es una diferencia clave. Lo que queremos en el fondo es seguir viviendo, no la inmortalidad, porque el  deseo de la inmortalidad equivaldría a decir que el gol  del deseo es no desear.  uggHCuando decimos que  deseamos la inmortalidad lo que en realidad   queremos decir es que deseamos la  sobrevivencia que es anterior al deseo de la inmortalidad y la contradice desde dentro. Si no fuéramos seres mortales no tendríamos  deseos de salvar ninguna cosa de la muerte porque solo lo que es mortal esta amenazado por ella ¿No significa esto que la afirmación de la vida es incondicional y  no es una cuestión sujeta a elección? Cualquier cosa que uno quiera o haga uno tiene primero que afirmar la sobrevivencia ya que  solo ella abre la posibilidad de seguir queriendo o seguir haciendo. Y si en algún momento sacrificamos la vida por los que amamos este sacrificio todavía esta motivado por el deseo de la sobrevivencia de ellos.

 A lo que nos lleva todo esto  es a la idea de que la afirmación de la vida  no es un  valor  en si mismo. Es, más bien, la condición incondicional de todo valor. Cualquier valor que uno privilegie esta sujeto a la afirmación de la sobrevivencia. Sin ella no hay valor que pueda ser postulado. El impulso de la afirmación de  la vida es la fuente de todo goce y de todo sufrimiento, de toda compasión y amor y de todo miedo y odio. La afirmación de la vida por la vida misma necesariamente  contiene  un cierto displacer. No hay nada que no posea su lado oscuro.  Este es el doble vínculo al que estamos sujetos. Doble vínculo que ni siquiera idealmente podemos resolver porque la finitud temporal es interna a  cualquier cosa que queramos.  A cada afirmación la acecha la negación, la constante  amenaza  de un  futuro  que no queremos.  Cualquier cosa deseable no puede ser disociada del hecho indeseable de que eventualmente la perderemos. La finitud es, curiosamente, la razón del coraje  y el amor  y, también, la razón   del miedo y el odio. Sin el impulso a la sobrevivencia no habría hostilidad  o miedo a ninguna cosa  ya que nada podría importarnos o amenazarnos.  Freud decía que el  objetivo último del principio del placer es lograr completa estabilidad. La paradoja es que su logro equivaldría a la vuelta del mundo inorgánico.

¿Quisiéramos  realmente  una vida completamente intacta, libre de alteración temporal, una vida inmortal y necesaria? Probablemente no, si lo volvemos a pensar.

Una vida inmortal, al poner fin a la diferencia, al  surgimiento y la finitud  de las cosas  no seria vida, seria muerte. Para  que un ser fuera inmortal  tendría que ser, al mismo tiempo, el y su opuesto. Pero, si es el y su opuesto no habría cambio y sin cambio nada pasaría.  Siempre seria  igual a si mismo. Es a esto a lo que en filosofía se llama  ser necesario. Pero, la cosa es que  el ser necesario no existe. Tradicionalmente se ha pensado que  lo que es contingente no es necesario y lo que no es necesario en si mismo requiere de un ser necesario que lo fundamente. La única necesidad evidente, la única necesidad de la que podemos hablar con absoluta certitud racional es la necesidad de la contingencia y no la necesidad de un ser, un ente, un evento o una ley. ¿Por qué?  porque  es  imposible  calificar a la contingencia como contingente. Nada es racionalmente necesario a excepción de la contingencia.

Los seres vivos tienden a  mantenerse a si mismos, a fijar su realidad, a conservar el equilibrio. Pero, a pesar de todos los esfuerzos que hacen,  la fuerza del devenir siempre rompe  el equilibrio y los límites  de lo que existe al abrir un sistema o un ser vivo a nuevas posibilidades o al desviar las fuerzas creativas del simple acto de repetición. No hay naturaleza fija. En algún momento del remoto pasado  las propiedades de la vida surgieron de la materia inanimada, un proceso parecido a aquel otro  en el que  los estratos de la materia orgánica  dieron origen a la conciencia. Eventualmente, si empujamos la imaginación, la conciencia será  conectada con el silicón en lugar del carbón.  Deleuze decía  que hoy día es un lugar común  afirmar  que las fuerzas humanas  ya han entrado en relacion con las fuerzas de la tecnología informática creando algo diferente al hombre y la mujer. 

¿Hay alguien que todavía proclame que todo lo que existe debería permanecer exactamente como es, sin alteración?   Es en el devenir  en donde encontramos las fuerzas de la creación y auto producción, no de la auto creación o producción indeterminada o sin límites, sino la auto creación abierta a lo que es distinto. Es del devenir de donde surge la diferencia. Y sin diferencia nada tendríamos. 

Nieves y Miro Fuenzalida.

Wednesday, July 20, 2016

Circo




El malabarista
camina
en
el circo
del
tiempo
equilibrando
la alba
y el crepusculo.
Lo espero
en
el mio..
Nieves

Sunday, July 3, 2016

La búsqueda de la felicidad.


Hemos recorrido un largo camino desde la época de la caza y recolección hasta la revolución del combustible fósil.  Pero…¿Todo lo que ha ocurrido a lo largo de  este camino como el desarrollo de la agricultura,  la ciudad,  la religión,  la escritura, el dinero,  la ciencia,  la industria,  la democracia, el capitalismo  y las Naciones Unidas,  entre muchas otras cosas, han traído mas felicidad?  La pregunta raramente  aparece en los manuales de historia, de política o de economía.

Según el  lugar común  el progreso histórico alivia las miserias  y cumple nuestras aspiraciones en comparación con las  épocas  mas primitivas. Hoy somos mas felices que en el medioevo y ellos mas felices que las tribus de cazadores y recolectores… ¿Cómo sabemos que ellos eran menos felices que nosotros?  Nuevas capacidades,  nuevas tecnologías y  nuevas conductas  no nos hacen necesariamente mas felices  ni crean una vida mejor. La revolución agrícola  aumento nuestro poder colectivo para controlar el medio ambiente, pero la vida se hizo mas dura comparada con la vida de la caza y recolección.  Lo que trajo fueron mas horas de trabajo, menos variedad de alimentos y mayor exposición a las enfermedades  y  la explotación. La época de los imperios aumento el poder humano al expandir el comercio, las ideas y las  tecnologías, pero para  millones de indígenas del mundo esto fue la ruina de sus culturas y el cambio de la libertad por el sometimiento colonial.  La revolución industrial abrió posibilidades nunca antes  soñadas como el triunfo de la medicina moderna, los derechos humanos, la disminución de las hambrunas  y mecanismos para resolver conflictos internacionales.  Al mismo tiempo, condeno a  la clase trabajadora  a una vida de pobreza, sudor  y sacrificio.  La época de prosperidad de la segunda mitad de siglo, aplicable solo a algunos  países ricos del  mundo occidental,  ha servido  de parámetro de progreso. La cosa, sin embargo, es esta…  ¿podemos hablar de progreso  cuando  sus efectos son  la causa  de  disturbios ecológicos capaces de destruir los fundamentos mismos de la sociedad industrial y la orgia consumista?

¿Qué nos hace felices? ¿Dinero, bienes materiales, familia, comunidad, amor, placeres, ideales?  La idea mas común que tenemos de la felicidad es la de bienestar interior.  Contentamiento con la forma en que la vida se nos da. El desafío con esta definición para los  sicólogos, científicos sociales  y biólogos  es como cuantificar desde el exterior un sentimiento interior.  La solución la encontraron en cuestionarios que la gente llena y luego ellos  cuantifican.  Los sociólogos, por ejemplo, pasan cuestionarios que correlacionan el bienestar con  factores socio económicos tales como riqueza y libertad política. Los biólogos, con factores químicos y genéticos. La sorpresa con que  se encontraron es que la felicidad depende, mayormente, de la bioquímica genética.

Al igual que  los otros estados mentales el bienestar interior esta gobernado por mecanismos bioquímicos resultado de millones de años de evolución.  No depende de parámetros externos como riquezas, poder social, consumo, sino por un complejo sistema de nervios, neuronas, sinapsis y sustancias químicas como serotonina, dopamina y oxitocina. El sistema bioquímico interno pareciera estar programado para mantener un nivel de felicidad relativamente constante.  Cambios momentáneos nos hacen mas  o menos felices,  pero siempre volvemos  aun punto fijo.  El sistema difiere de persona a persona.  En una escala de 1 a 10  algunos nacen con una disposición  alegre y su sistema bioquímico  oscila entre 6 y 10 con un punto estabilizador de 8, no importa cuan mala o buena sea la oscilación.  Esa persona frente a la experiencia de la adversidad, por ejemplo, recuperara su nivel de felicidad después de un tiempo. Otros con menos suerte nacen con  una bioquímica  que oscila entre 3 y 7, con un punto estable de 5.  Estas personas pueden ganar la lotería y sentir gran excitación en ese momento, pero luego retornan a su estado melancólico. Es la bioquímica cerebral la que explica porque, a pesar de haber obtenido el trabajo soñado,  ganado el concurso literario, tener un departamento en el centro y los conservadores haber perdido la elección,  no somos, después de corto tiempo,  mas ni menos felices que antes. Todo esto no cambia nuestro sistema cerebral.

Por supuesto, la bioquímica cerebral no es el  determinante exclusivo. Los factores sicológicos y sociológicos también juegan su papel. El sistema tiene cierta libertad de movimiento dentro de sus limites predeterminados. No podemos exceder los limites emocionales superiores o inferiores, pero  no significa que el incendio de nuestra casa o la perdida del trabajo  no tengan  un impacto entre estos dos  limites.  Alguien con un nivel  5 de felicidad puede disfrutar un nivel 7 de tiempo en tiempo si las cosas van viento en popa y, así,  evitar el nivel 3 lo mas posible.

Si  todo esto es así, como dicen los  biólogos, entonces la historia no tiene mucho impacto en la felicidad ya que la mayor parte de los  eventos históricos  no han cambiado la química cerebral. Pueden cambiar los estímulos externos  que causan la secreción de serotonina,  pero no cambian  los niveles de la serotonina, lo que significa que ellos  no nos hacen mas felices… ¿Para que, entonces, nos preocupamos con reformas políticas y revoluciones cuando la solución esta en la manipulación de la química cerebral?   ¿No seria mejor que todo el dinero que gastamos en revoluciones y guerras   lo usáramos en  la comprensión de los procesos cerebrales y el desarrollo de tratamientos que  puedan hacernos mas felices? Prozac o marihuana es el camino a la felicidad.

Esta no es la única opción.  Según el historiador Harari hay datos que muestran que la felicidad consiste en ver la vida en su totalidad como algo valioso y lleno de sentido. Si uno ha encontrado para que vivir, uno puede soportar cualquier cosa. El significado del “para que vivir” varia ampliamente de época a época. La gente en el medioevo tuvo una vida bien dura. Pero, la creencia en la promesa de una vida eterna en el paraíso, la lectura de las escrituras y la construcción de catedrales  les daba sentido a sus vidas y, seguramente, no eran menos felices que nosotros.  La felicidad la encontraban en la ilusión colectiva  de una  vida trascendente.  La cosa con esto  es que, desde un punto de vista racional o científico, la vida humana no tiene ningún sentido. Somos el producto de un proceso evolucionario ciego que opera sin un fin o propósito. No somos parte de un plan divino y si mañana desaparecemos, aquí no ha pasado nada. El resto del universo continuara tranquilamente su curso.

 Para nuestra época secular el significado colectivo se puede encontrar en el nacionalismo, el humanismo moderno, el capitalismo,  el progreso del conocimiento humano, la creación de empresas, el arte, etc. El asunto es que creer que el sentido trascendente de la vida puede encontrarse  en uno de estos fines no es menos ilusorio que la creencia en el mundo sobrenatural.

 La felicidad, según esta opción, es  la sincronización de nuestras ilusiones personales del sentido de la vida con las  ilusiones colectivas.  Si esto nos da felicidad, entonces, mientras mas ilusiones transcendentes, mitos, fantasías  o creencias religiosas  tengamos mas felices seremos. Al diablo con los hechos si  contradice nuestra fe.

La idea  común en todo esto es  que la felicidad  es un estado subjetivo placentero, ya sea  debido a la química cerebral o a la creencia en el sentido de la vida. Esto no es sorprendente  si consideramos que  en nuestros días el liberalismo es la ideología dominante. Los sentimientos interiores son la fuente suprema de autoridad. Lo que es bueno o malo, feo o hermoso, lo que debe o no debe ser  esta determinado por lo que sentimos… “Si siento que es bueno, es bueno. Si siento que es feo, es feo”.

¿Podemos confiar siempre  en los sentimientos interiores? La idea que los sentimientos no son confiables tiene una larga historia que va desde el Templo de Apolo en Delphis, San Agustín en el medioevo, Darwin en la época moderna y Dawkins en el presente. Pero, sobre todo, ha sido el Budismo el que ha desarrollado una  posición bastante singular.  Nuestros sentimientos son solo vibraciones fugaces, estados momentáneos en constante cambio. Si quiero  tener sentimientos placenteros tengo que perseguirlos y cuando los tenemos se evaporan rápidamente, lo que nos obliga a perseguirlos otra vez … ¿Vale la pena tanto esfuerzo por algo tan pasajero? La raíz del sufrimiento no es el dolor, la tristeza, ni siquiera el sin sentido de la vida. Es la inútil persecución de estos sentimientos fugaces que nos colocan en un estado de permanente tensión, frustración  y  descontento. La liberación del sufrimiento se produce cuando tomamos conciencia de la naturaleza impermanente  de los sentimientos y los deseos y renunciamos a su persecución.  Es  en ese instante cuando la mente se relaja.  El movimiento New Age  no entendió esto porque traslado el descubrimiento budista  a un marco liberal… “La felicidad no depende de factores externos. Depende de lo que sentimos interiormente y en lugar de perseguir riquezas y estatus debiéramos conectarnos con nuestros sentimientos”.  La visión budista es lo opuesto. La felicidad es independiente de nuestros sentimientos internos. El camino budista no solo deja de perseguir  riquezas y fama, sino mas importante,  abandona  el deseo y los sentimientos interiores.  El camino es llegar a  la verdad  de uno mismo…  ¿No es esta también la visión del oráculo de Delphis… “Conócete  a ti mismo”?  Freud no estuvo muy lejos de esta visión.

El problema con  la extinción budista de los deseos y los sentimientos que los acompañan es que se basa   en una noción negativa del deseo.  Desde la antigüedad hasta nuestros días  se ha pensado que es la carencia de algo en el sujeto lo que origina el deseo.  Para Sócrates  el amor solo existe en relación a un objeto ausente y Lacan, en nuestros tiempos, afirmaba que el deseo es el signo de una “menesterosidad ontológica”… ¿Que tal si se rompe con la tradición y se ve esto desde otra perspectiva? El deseo, dice Deleuze, es productivo, crea su objeto y, en lugar de implicar una relación determinada por la carencia, el deseo abre nuevas posibilidades. En el amor, por ejemplo, el deseo abre nuevas e infinitas oportunidades en un mundo  que
aparentemente se presentaba como algo cerrado. El deseo no se produce por el encuentro  fugaz con un objeto.  El deseo es una fuerza o flujo universal  que existe antes  de la distinción entre objeto y sujeto.  Cuando se libera de los prejuicios de la tradición,  la domesticación del Estado y la maquina consumista, se reconecta con nuevas aspiraciones que revitalizan el cuerpo y la mente y volvemos a sentir el flujo vital en toda su fuerza. Y esta es la fuerza  que el Poder  teme.

La afirmación de la vida es la fuente del goce y del sufrimiento, de la compasión y del amor, del miedo y del odio. Este es el doble vinculo al que estamos sujetos.


Nieves y Miro Fuenzalida.