Sunday, July 26, 2026

La fantasía política

 

Admiramos la fantasía en la literatura, en el despliegue fantástico de imágenes en la pintura y en la enigmática belleza de las metáforas poéticas. Pero no tanto en la política, cuyo veredicto a través de la historia ha sido mayormente negativo. Una larga cadena de pensadores que se inicia con Platón comparten la idea de que el proyecto de la filosofía implica un ataque contra el poder distorsionador y debilitante de la fantasía que impide tanto a los individuos como a la sociedad experimentar la verdad y, por tanto, la emancipación. Y, a pesar de la negación explicita de su dimensión política, la critica filosófica del pensamiento fantástico es, en verdad, implícitamente política en la medida en que impulsa a los sujetos hacia la consciencia de su posición dentro de la totalidad social. Es así, por ejemplo, como de acuerdo con esta critica, la acción política se convierte en un proyecto de lucha contra el poder de la fantasía y su papel como complemento de la ideología.

 

El inicio del asalto a la fantasía lo podemos ver con toda claridad en la famosa alegoría de la caverna de Platón. Los prisioneros de la caverna miran solo las sombras en la pared proyectadas por titiriteros que manipulan las marionetas a espaldas de los prisioneros que creen que la verdad no es nada aparte de esas sombras. Esta es alegóricamente, dice Sócrates, la situación de los individuos dentro del orden social cuando sucumben a la influencia de la dimensión fantasmática del “reino visual”. La tarea de la filosofía es facilitar la salida de la caverna a la luz del sol que es el bien. Es facilitar el abandono de la imagen y su reemplazo por el reino de las ideas, paso necesario que la libertad requiere.

 

Y es esta critica, en diferentes versiones, la que podemos ver en la filosofía moderna. Kant en la Critica de la Razón Pura intenta purificar la razón de su dimensión fantasmática y establecer los limites mas allá de los cuales la filosofía no puede especular. Nuestro pensamiento, dice, no puede trascender nuestra experiencia sin caer victima de la ilusión. Cuando intentamos usar la razón para pensar mas allá del ámbito de la experiencia, como en el caso de Dios, la libertad, el origen del cosmos o la inmortalidad, necesariamente nos vemos involucrados en pura fantasía. Cuando una formulación fantasmática nos seduce, el peligro político radica en como esta fantasía nos ciega ante los limites que realmente rigen el pensamiento. Solo podemos reconocer nuestra verdadera libertad mediante la consciencia de las normas a priori que rigen nuestra experiencia.

 

La fenomenología y la filosofía analítica incluso van mas allá al intentar  dejar de lado la tradición filosófica previa. La critica platónica de la fantasía, según dicen, no es suficientemente critica, sino que, de hecho, participa del tipo de fantasía mas profundo, que es la de la fantasía metafísica que concibe un reino accesible de ideas y un sujeto que vive fuera del tiempo. Husserl insta a los filósofos a regresar a las cosas mismas y a la experiencia porque un reino trascendente de ideas representa un engaño fantasmático que en realidad no existe. Todo intento de pensar fuera de la experiencia de las cosas resulta en la creación de un mundo ilusorio sin validez filosófica. Y la escuela analítica de Gott y Frege tratan de depurar la filosofía de su tendencia hacia la psicología. No pretenden reducir el sujeto a la experiencia, sino separa las reglas de la lógica de la actividad del sujeto que llega a estas reglas. Y A.J.Ayer, por su parte, sostiene que los intentos de quienes se han esforzados por describir la trascendencia se han dedicado a la producción del sin sentido.

 

Como nota Todd McGowan, en lo que respecta al papel de la fantasía en la experiencia del sujeto la filosofía occidental modernista parece tener un claro contenido y programa político cuyo intento es despojar al individuo de la seducción de la fantasía para familiarizarlo, no con la cruda realidad, sino con la forma en que la realidad se produce. Donde podemos ver esta critica con mayor claridad es en el ataque de Marx a la filosofía por su fracaso en ser políticamente eficaz. Los filósofos, dice, solo han interpretado el mundo de diversas maneras. De lo que se trata es de transformarlo. La filosofía ha fracasado en el deber central del pensamiento, que es tener un efecto practico en el mundo, por lo que es necesario romper completamente con ella para que el pensamiento se politice. Sin embargo, a pesar de su critica al fracaso de la filosofía para politizarse, el mismo adopta una versión filosófica de la política.

 

A lo largo de toda su trayectoria como analista y critico del capitalismo Marx sostiene que la fantasía fundamental del capitalismo es la de una existencia individual que no debe nada a la estructura social mas amplia en la que reside. Cuando profundizamos en la historia se hace evidente la dependencia del individuo de las fuerzas sociales que le permiten  actuar de manera aparentemente independiente. En la fantasía capitalista, por ejemplo, el éxito de una empresa se juzga únicamente por su rentabilidad y la ganancia es la razón del proceso de producción. Y la ganancia, según el capitalista, se produce en el acto de intercambio, en la compra y venta de la mercancía cuando, en realidad, la fuente de valor es el trabajo o, mas propiamente, la apropiación de plusvalía, que es la base de la ganancia. La mística de la ganancia, en verdad, no resulta de una manipulación consciente, ni siquiera inconsciente, por parte de la clase capitalista. Es inherente al sistema capitalista. Pero, en todo caso, su necesidad estructural no la hace menos fantasmal ni mística y la lucha política marxista consiste en combatir esta fascinación exponiendo el fundamento de la ganancia en la plusvalía.

 

La critica de Marx contra la mistificación inherente al capitalismo alcanza su apogeo con la critica del fetichismo de la mercancía que es la barrera fundamental para la consciencia de clase proletaria. Los sujetos capitalistas tratan la mercancía de forma fantasmática sin ser conscientes de ello. Actúan conscientemente con la mercancía de manera realista, como si fuera un objeto ordinario sin darse cuenta de que le están asignando un significado trascendente. La mercancía se convierte en un objeto fantasmático, completamente divorciado del proceso de producción y de las relaciones sociales que lo crearon. Las exigencias estructurales del capitalismo demandan que los sujetos interactúen con las mercancías como si tuvieran un poder mágico, incluso cuando son conscientes de que las mercancías no poseen intrínsecamente este poder. El intercambio de mercancías oculta implícitamente el papel que desempeña el trabajo en la creación del valor de la mercancía. Al generar consciencia sobre el fetichismo de la mercancía, Marx espera concientizar la fantasía y, por tanto, romper su dominio. 

 

Por supuesto, tanto la filosofía como el marxismo, tienen razón al enfatizar el papel que la fantasía desempeña en el enmascaramiento de nuestra parición social. El problema con esta concepción de la política, sin embargo, es que, al centrarse solo en lo que la fantasía oculta, no considera lo que revela. Como dice McGowan la fantasía nos ofrece  una experiencia trascendente, a pesar de su carácter ilusorio. Ofrece la posibilidad de no estar sujeto exclusivamente a las limitaciones de la estructura simbólica que habitualmente nos restringen. Es esta trascendencia fantasmática la que permite plantear un desafío fundamental a la autoridad de la estructura simbólica. Lo paradójico de la fantasía reside precisamente en el hecho de que la misma característica que la impulsa a promover la ideología que mantiene a los sujetos conformes con la estructura dominante, les brinda igualmente un espacio para pensar mas allá de ella, una alternativa al poder dominante, que de otra manera permanecería impensable dentro de dicha estructura.

 

Los análisis filosóficos de la fantasía indican con toda razón  que esta  suple la falta material de libertad, nos proporciona una vía de escape, pero solo a un nivel puramente ilusorio. Pero el problema es que si nos despojamos completamente de la fantasía, no podríamos ver mas allá de nuestra situación, considerar otras posibilidades y esto representa la barrera fundamental con la que se topa la política contemporánea. El ataque a la fantasía no nos permite trascender las limitaciones que la ideología prevalente nos impone. Al darnos una imagen ilusoria de trascendencia, la fantasía nos puede llevar mas allá de las limitaciones que el orden simbólico nos impone y abrir posibilidades que antes estaban cerradas. Es la posibilidad  de vislumbrar lo imposible.

 

Una de las principales maneras en que la ideología mantiene su dominio  es la de limitar lo que aparece como posibilidad. Hoy día, por ejemplo, la ideología contemporánea ha constituido al capitalismo como nuestro único horizonte. La gran victoria del capitalista tardío es la  idea de que una organización económica radicalmente diferente se ha vuelto impensable. Pero, si pensamos otra vez, resulta que el terreno de la fantasía es el punto débil de esta ideología. Según McGowan, la ideología se apoya en la fantasía para sostener su lado obscuro, para seducir a los individuos incluso en el ámbito privado, pero esta dependencia de la fantasía en si misma atestigua la vulnerabilidad fundamental de la ideología. A través de la fantasía es posible visualizar lo impensable, representar las posibilidades como las del fin de la hegemonía del capitalismo global. La fantasía, de esta manera, desmiente las limitaciones que parecen como insuperables para el sujeto contemporáneo. 

 

Lo dicho, sin embargo, tendríamos  que tomarlo con cautela. La fantasía nos ofrece una vía, como siempre lo ha hecho a través de la historia. Por algo el filosofo español José Ortega y Gasset veía al humano como un ser fantástico, como un animal con un cerebro lleno de fantasías. El problema es que, según todos los indicios, hoy día no sabemos que hacer o, peor aun, pareciera que la fantasía política ha entrado en remisión.

 

Nieves y Miro Fuenzalida.


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