Sunday, April 5, 2026

Ateísmo?... Si, por favor

 

¿De donde viene esa idea de que detrás del telón hay alguien  que creo y controla el universo? ¿De que vivimos en un mundo planificado que contiene una intención y propósito? Por milenios esta creencia ha dominado la mente humana...  pero no a todas. Algunas han adoptado una  actitud mas escéptica, algo así como una especie de ateísmo místico... no el rechazo humanista de la religión, sino el rechazo religioso de Dios.

 

De hecho es en la idea del propósito como categoría ontológica ultima donde la idea de Dios vive y respira, incluso cuando la palabra “Dios” esta ausente. La intencionalidad como fuente y medida insuperable de todo lo que sucede es la esencia de la idea monoteísta.

 

Según cuenta Brook Ziporyn, autor de “Experiments in mystical atheism”, la historia va mas o menos asi... Sin mayor exageración se podría decir que la conducta intencional es el origen de todo lo que sucede. Una creencia animista casi universal que concibe todo lo que ocurre como la acción de espíritus. Es la idea de que los eventos, cualquiera que estos sean, requieren un agente, un hacedor, al igual que nuestra propia capacidad de acción... deseo levantar mi mano, por ejemplo, y mi mano se levanta. La mente hace que las cosas sucedan ¿y para que levanto mi mano? Para alcanzar mi propósito. La causalidad ultima de todos los acontecimientos se busca, finalmente, en lo personal, en las intenciones con  propósitos ejercidos por seres conscientes... ¿Qué premisas permitieron que esta idea se arraigara como una explicación seria del mundo?

 

A pesar del hecho de que alguna forma de dios supremo, dios principal, dios gobernante o dios creador es una invención bastante común en el mundo antiguo, la verdadera invención de la idea clave del monoteísmo se encuentra en Platón, que permitió repensar los primeros versículos del Génesis de una manera que desde entonces ha ejercido una poderosa influencia.

 

Como generalmente se dice, la filosofía comenzó en Grecia cuando Tales de Miletus sugirió que el agua era el Arche de todos los demás elementos, lo que verdaderamente sustentaba y explicaba a todos. Anaximandro, discípulo de Tales, propuso el apeiron, lo ilimitado o infinito, como el origen de todo y que esta relacionado con el caos primordial, carente  de definición, medida, limite y orden. El apeiron sugiere la ausencia de cualquier posibilidad de exclusión de algo por algo, la falta absoluta de limites o reglas internas definidas que no admiten identidades fijas o definidas, ya sea  en su conjunto o en sus partes internas.

 

Sin embargo, esta interpretación rápidamente fue usurpada por Anaxágoras dándole un significado nuevo y contrario, que marca el inicio de la tradición teísta que roba y domestica la infinitud y el caos inagotable del hábitat natural. Según este pensador griego ninguno de los elementos materiales finitos puede ser el Arche. Ni el apeiron, el infinito puro de Anaximandro, ni el paradójico y fluido fuego del Logos de Heráclito, ni el amor y odio de Empédocles, ni la proporción armónica de Pitágoras pueden ser el Arche. Solo el Nous, la inteligencia, la consciencia o mente es el primer principio. En su significado mas simple y directo, es la mente en su modo activo y con propósito, como cuando se intenta lograr algo o resolver y guiar las acciones del cuerpo. coordinando los fines con los medios. En breve, es la mente al mando, mente como voluntad, mente como organizadora y diseñadora. Y por eso Sócrates la ve inmediatamente como un principio explicativo. En el Phaedo de Platón, a la víspera de su muerte, cuenta que tenia un libro de Anaxágoras en el cual leyó que la mente era la que dispone y causa todo, idea que le pareció admirable porque, si es la mente que dispone todo, lo dispone para bien colocando cada particular en el mejor lugar.  Este es el momento en que Platón, en esta obra, literalmente dramatiza la invención de la idea central del monoteísmo. Es aquí donde vemos las verdaderas implicaciones de la nueva concepción platónica de “Dios”. Lo que resalta en los pasajes del texto es la fusión de cinco conceptos... El Bien, la conciencia, la causa ultima, el propósito y la unidad. La premisa clave es una cierta experiencia de voluntad consciente que se identifica con ese aspecto de uno mismo que sabe de antemano lo que quiere e intenta lograrlo unificando todos los esfuerzos. El propósito se privilegia considerándolo como lo que realmente hace que las cosas sucedan.

 

Este es el modelo fundamental, según Ziporyn, en torno al cual giran la dialéctica del Parménides, la teoría de las Formas en la Republica y los otros diálogos intermedios y que continuará rondando mas allá, como ciertamente lo vemos en las tradiciones platónicas, en el anti trascendentalismo de Aristóteles y su reorientación neoplatónica, en las teologías negativas abrahmánicas y también, aunque parezca extraño, en el humanismo secular. Este modelo platónico es el núcleo, digamos la esencia misma, del monoteísmo, incluso si el Dios omnipotente aun no se ha formado plenamente.

 

A diferencia de este modelo, no seria arriesgado afirmar que el infinito, a diferencia del propósito, es el principio explicativo y marcador inicial del ateísmo, como lo vemos inicialmente en el apeiron de Anaximandro, el atomismo de Demócrito y los epicúreos en los que el infinito es sinónimo de falta de forma o características determinadas y definidas. Un universo sin Dios, en ausencia de cualquier razón o propósito que lo justifique. Cuando el creyente ve la belleza de una flor ve la mente que quiso crearla, amarla y cuidarla. Es la manifestación de un propósito, de una inteligencia que realiza algún tipo de función. Cuando el ateo observa la flor, ve mas bien una concreción concentrada del azar, de la falta de propósito, de la no intencionalidad y ausencia de forma del infinito. Aquí uno podría decir que, como escuchamos a menudo, Dios también es infinito. Pero, la cosa es que la misma idea de Dios entra en conflicto con la idea de finitud. Dios es mente como causa e inteligencia, como elección y propósito que están necesariamente supeditados a la finitud. La esencia del propósito o preferencia es la exclusión de lo no preferido. Dios, inteligencia como causa es, desde el principio, la exaltación de la finitud. Dios, en buenas cuentas, es la conspiración en contra de la infinitud, de esa que abarca toda transformación y estado posible, la que produce la variedad infinita de entidades finitas no planificadas, pero que no se restringe a ninguna forma finita particular.

 

Lo novedoso y decisivo de la idea monoteísta no es solo que los eventos sean causados por mentes, como en el animismo, sino que el animismo se ha llevado al extremo al basarse en una forma especifica de unidad. Todas las cosas no solo son causadas por la mente, sino que todas son causadas por una sola mente. Lo que implica que, en ultima instancia, todas las cosas son parte de un sistema único de propósitos. En el hecho, lo que ha ocurrido aquí es que el propósito se transforma en la categoría ontológica suprema donde la idea de Dios vive y respira, incluso cuando la palabra “Dios” esta ausente.

 

¿Pero, entonces, cual es el problema que nuestras acciones o, incluso, la vida misma tengan un propósito? ¿No es esto lo que le da sentido a nuestra existencia? ¿Y no es obvio que los valores mismos se definen por su relación con un propósito?  

 

Lo paradójico es que los propósitos de control conscientes pueden, e incluso deben, interpretarse como un medio, pero el objetivo ultimo, el punto de referencia o ideal regulador que informa todos los propósitos es la ausencia de propósito, lo incontrolado e inconsciente como el verdadero lugar, o al menos la verdadera fuente del ser y valor... ¿como asi?

 

Con la idea del Dios monoteísta, el propósito se convierte en la fuente, fin y significado de todas las cosas. La categoría mas alta, en contraste con la falta de propósito que se minimiza y desprecia. El problema con esto es que una vez que aceptamos la idea de un propósito pre existente nos condenamos a un eterno retroceso de insatisfacción. Si el propósito de A es B ¿cuál es el propósito de B? ¿Es C? y, en ese caso ¿ cual es el propósito de C?  Un vez que empezamos a preguntarnos no podemos detenernos ¿cierto?... ¿cuál es el propósito del Universo? Y, mas aun ¿cuál es el propósito de Dios? Al parecer es el deseo de evitar el retroceso infinito. Según se dice Dios es “su propio propósito”. De lo contrario toda la cadena de propósitos perdería sentido. Lo que en verdad es bastante irónico. Todo el problema solo surge precisamente porque se ha priorizado absolutamente el propósito. El propósito crea la enfermedad y la deificación del propósito se ofrece como cura.

 

¿Hay alguna salida a esta forma de arreglar las cosas? Una seria privilegiar algunas experiencias propias que se consideran intrínsecamente valiosas, fines en si mismas que, al parecer, se presentan como una ruptura con la estructura de subordinación de los medios a los fines. En la versión atea secular de las culturas humanista, el propósito ya no se sitúa al comienzo de la existencia, sino al final de toda acción y es el criterio de todo valor. Cuando Dios desaparece de la escena, la obsesión con el propósito continua, ya sea en la forma de hedonismo sensual o en su forma mas refinada como en los logros culturales, tecnológicos o artísticos. En ambos casos la estructura es la misma... X existe para “el bien de” Y. La subordinación es la clave y el propósito consciente termina por dominarlo todo.

 

Aquí uno fácilmente  podría decir... por supuesto, de eso justamente se trata. Sin embargo, si no le tememos al supuesto nihilismo que niega la primacía ontológica o existencial del propósito y nos atrevemos a cuestionar la estructura misma del significado, del propósito, de la razón de ser de las cosas o el valor de los valores, se nos aparece un cuadro bien diferente. Si miramos bien las cosas, nos encontramos con que la falta de propósito posibilita los propósitos. Tener un propósito es preferir un resultado sobre otro y, en lo posible, eliminar los resultados no deseados. La falta de propósito, en contraste, no excluye el propósito. Al contrario, lo incluye, lo permite e, incluso, según la perspectiva taoísta, lo genera. Pero no se trata de uno solo sino de muchos, quizás infinitos, que permanecen integrados en una ausencia de propósito mayor, pero sin ser contradichos o socavados por ella. El cosmos monoteísta, en ultima instancia, excluye por completo la ausencia de propósito, la no dualidad y lo no personal. Es el intento de excluir todo aquello que no se ajusta a el. En cambio, la falta de propósito, en sentido ontológico o existencial, por definición, no excluye nada. Es mas bien la aceptación de resultados imprevistos, incontrolados e indeterminados. La falta de propósito es una apertura. Es lo que escapa al control de cualquier propósito individual, lo que desbarata cualquier intento de control monolítico, lo que abre cualquier propósito  a otros propósitos alternativos.

 

La falta de propósito, por ultimo, es la matriz fecunda de la que surgen los propósitos y la falta de propósito que escapa al control de cualquier propósito. En lugar de buscar respuestas definitivas, el místico ateo busca una manera de no tener tales respuestas. Es el cierre, lo definitivo, la naturaleza univalente del mundo a lo que se objeta y Dios es el que impone este cierre. El “Gran Otro” no existe, como decía Lacan, y este es el verdadero ateísmo.

 

Nieves y Miro Fuenzalida.